EPÍLOGO

 

La visión del cuerpo desnudo de su esposa lo perturbaba.

El coronel Olivares necesitaba terminar su trabajo, pero no podía apartar la vista de la ventana abierta.

En la amplia terraza, Giselle dormitaba bajo el tibio sol de Sudáfrica.

Desde hacía unos meses su cabello se había oscurecido levemente.

Sus brazos descansaban por sobre su cabellera y su suave respiración elevaba rítmicamente sus hinchados pechos. Su cuerpo no mostraba marca de breteles.

Brenda Olivares dormía plácidamente en su cuna.

Tenía los ojos verde azulados como la madre, y su manito derecha jugueteaba en sueños con el piquito de su oreja.

Aún le faltaba una hora para despertarse y reclamar la atención de su madre.

Giselle se desperezó soñolienta. Lentamente se volvió de costado. Sus pechos acompañaron el movimiento con pesada fluidez.

Olivares meneó la cabeza y suspiró resignado. Luego estiró el brazo y bajó la cortina.

Miró la pantalla, más con alivio que con satisfacción.

Ya había trasmitido toda la información a Buenos Aires.

Su amigo había prometido escribirlo.

“Nadie lee algo documental”, le había dicho, “tal vez sería mejor que lo escribiera como novela. Un thriller. Solo enviame la dedicatoria y el prólogo. Yo me encargo del resto”. Olivares había estado de acuerdo.

“¿Cuando te ponés a escribir?”, le preguntó.

“Dame tiempo, Gustavo. Cuando yo me pongo a escribir es porque el libro está terminado”.

Las palabras de su amigo le resultaron vagamente familiares. ¿Dónde las había escuchado?

 

Un sinnúmero de interrogantes lo acosaban desde el fondo de su mente.

¿Cómo sería su vida a partir de ese momento? ¿Existía realmente La Hermandad? ¿Eran los buenos tan buenos y los malos tan malos o solo era su visión en blanco y negro?

Decidió dejar que la gente lo decidiera por sí misma.

 Una novela. ¿Un thriller?

“¿Alguien lo creerá?”, se preguntó, “¿quién tendrá razón al final, Lucibello o yo?”.

Lo sabría en poco tiempo.

 

Escribió la dedicatoria:

 

“A los guerreros que llegan del cielo. A las mujeres y hombres de las tropas paracaidistas que tantas veces torcieron, y seguirán torciendo, el curso de la historia”.

 

 

Escribió el Prólogo:

 

Alguien debe contarlo. Y si nadie más lo hace, debo hacerlo yo.

Porque fuimos los responsables de la catástrofe.

Porque fuimos los culpables de la muerte de miles.

Porque, con las mejores intenciones, desencadenamos la tragedia.

Porque no lo pensamos, no lo medimos y no nos dimos cuenta hasta que fue tarde.

Porque nosotros lo creamos, lo alimentamos y lo albergamos en nuestros corazones hasta que se convirtió en nosotros.

NOSOTROS, LOS ARGENTINOS.

NOSOTROS, EL TERROR.


 

 De: Olivares

Para: guillermo@martinezfunes.com

Asunto: “Nosotros, el Terror. Sólo un thriller.”

Adjunto: thriller_prologo.doc

Texto:

Guillermo, tenés amplia libertad para contar esta historia como mejor te parezca.

Buena suerte.

Gustavo.

 

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