CAPÍTULO 45
NOSOTROS, LOS ARGENTINOS
Las lágrimas se habían secado. La resignación había reemplazado al dolor.
El octavo país más grande del mundo no había llegado a cumplir su segundo centenario.
Tal vez era más fácil construir sobre los escombros.
De todos modos, no existía otra posibilidad.
Poco quedaba del pasado y nadie deseaba mirar hacia atrás.
“Cuando todo se ha perdido, aun queda el futuro”.
La Convención Constituyente se había declarado Soberana.
Sus miembros habían sido elegidos de la manera más democrática que se conocía. Un simple sorteo de la Lotería Nacional. No representaban partido alguno, sino al pueblo de la Nación. Sencillo y directo. Del bolillero a la Convención.
En su primera sesión, la Convención había redactado el Preámbulo de la nueva Constitución.
“Nosotros, el pueblo de la Nación Argentina”, comenzaba, a diferencia de aquel que dijera “Nos, los representantes”.
Una frase que representaba el pensamiento de la naciente Segunda República.
En un largamente esperado cambio de mentalidad, la vapuleada sociedad se había puesto de acuerdo en los principios y objetivos nacionales, para recién después elegir a aquellos destinados a cumplirlos.
Todos los canales de televisión mostraban el discurso del Presidente.
“No tendremos un futuro, mientras no nos hagamos cargo de nuestro pasado.”
Fernando y Mónica Colombres miraban el discurso desde la cama. Mónica apretó su cuerpo desnudo contra su esposo, solo temporalmente saciada.
“A las mujeres nos gusta ir a la cama con hombres poderosos. No lo sabía, señor Director del CMC?”
“Mónica, por favor, dejame descansar unos minutos. Dejame escuchar el discurso.”
“Ufff..”.
“Esto,” dijo Colombres, “es lo mejor que le ha pasado a este país.”
“Y vos, lo mejor que me ha pasado a mí. Sobre todo en la última media hora”.
"Cada familia argentina llora hoy la pérdida de alguno de sus miembros."
Su familia era la excepción. Pero por muy poco.
Aún convaleciente, Mariela Miranda miraba el discurso desde su cama de hospital.
Su comandante le había prohibido cerrar el estuche que descansaba sobre su mesa de luz.
La condecoración debía ser vista por todos quienes por allí pasaran.
La expresión "ascendida en el campo de batalla", musitada con silenciosa admiración, la seguiría donde fuera a lo largo de su carrera.
“No tendremos éxito, mientras no reconozcamos nuestros fracasos”.
Solo en su laboratorio, Rubén Lieberman terminaba de armar las cajas para una mudanza que lamentaba. En la oficina del Subdirector sus medialunas no estarían a salvo cerca de Colombres. Por un rato reinaba la tranquilidad ya que Fernando seguramente estaría con Mónica. Pero en cuanto dejara la cama iba a necesitar muchas medialunas para reponerse.
“No conseguiremos acertar, hasta que no reparemos nuestros errores”.
El general Giménez, nuevo Jefe del Estado Mayor Conjunto, no tenía tiempo que perder. Las Fuerzas Armadas debían estar integradas por soldados, marinos y aviadores, y no por universitarios, oficiales part-time. Nadie le pide a un médico que sea más que un médico. Entonces, ¿por qué un teniente tenía que ser más que un soldado? Al fin de cuentas, la defensa era la primera y más importante función del estado, ya que sin ella, no había nación. Recordó las palabras de Patton, “comparada con la guerra, toda otra actividad humana se achica hasta la insignificancia”.
A eso estaba ahora dedicado. Y todos los hombres y mujeres de uniforme con él.
Full-time.
“No volveremos a sonreír, hasta que no hayamos llorado nuestras faltas”.
Deborah McLean volvía a sonreír junto a su esposo. Su hijo corría por el parque de la nueva casa, fruto de la generosidad de alguien que había preferido permanecer anónimo. Ya no iba al club, porque le traía malos recuerdos. La marca del proyectil apenas se notaba, aún con bikini. Se quitó la gorra rosa, se desató la cola de caballo y dejó libre su cabello rubio. “Total, es mi pileta”, pensó. Y se zambulló de cabeza.
“Porque solo nosotros, los argentinos, somos responsables”.
Morena se dio vuelta en la cama, sacudió sus rulos y golpeó las costillas de Federico.
“Ufffff, ¿qué nos pasó? ¿Cómo terminamos aquí? No sos casado, ¿o sí?”.
“¿No es un poco tarde para preguntar?”. Se rió él, “no, no soy casado, ¿y vos?”.
“Tampoco, pero quiero cambiar eso pronto, así que cuidate”.
“Solo de nosotros es toda la culpa de lo sucedido”.
En Munich, en una cervecería frente a la Hauptbahnhof, los oficiales de Lucibello iban por la tercera salchicha y la segunda cerveza. Schiller y Armani miraban el discurso por CNN.
“Eso no es justo”, dijo Schiller, “nosotros también tuvimos algo que ver, ¿no?”.
“Nunca nos reconocen nuestros méritos”, se rió Armani, “es nuestro karma”.
“Justicia y pacificación son cosas distintas y excluyentes. Cuando se puede hacer justicia, no hay necesidad de pacificación. Pero cuando la sociedad toda es responsable, la justicia ya no es posible, y la pacificación es la única alternativa para prevenir una nueva tragedia”.
En la helada soledad de su departamento, el ex juez Manfredi no escuchaba el discurso del Presidente. Aislado de su familia, sumido en una profunda depresión e imposibilitado de trabajar, había dejado su cargo.
Sobre su mesa de luz había una foto de su hija mayor. La que aún estaba viva, la que aún conservaba su cabeza. Manfredi no soportaba ver fotos del rostro sonriente de la otra.
“¿Cómo con toda mi inteligencia y mi conocimiento, llevé la muerte a mi familia?. ¿Cómo en mi soberbia me creí intocable?”.
Tomó una pastilla y la puso en su boca. Lo ayudaría a pasar un día más. Con suerte, el resto de sus días también pasarían rápido.
Con lágrimas en los ojos, el ex juez Manfredi se durmió.
“Recién a partir del humilde reconocimiento de nuestra imperfecta naturaleza, comenzaremos a construir una nación que nos albergue, que nos proteja y que sea una digna herencia para nuestros hijos”.
En Oudtshoorn, Jos van Ditmar esperaba una visita.
Su recientemente adquirida finca tenía suficiente espacio para que los cheetahs crecieran, corrieran y cazaran.
Jos van Ditmar tenía alma de cazador, y ahora criaría cazadores.
Al menos, mientras sus otras habilidades no fueran requeridas.
Van Ditmar quería mostrarle a su visitante su nuevo polígono de tiro. Stamp ahora jugaba tenis cuatro veces por semana, pero no había olvidado sus viejos gustos. Luego, saldrían en un safari de tres días. Stamp disfrutaría las caminatas y las noches bajo las estrellas de África.
África tiene un problema. Es muy difícil no enamorarse de ella.
“Dicho esto, y sin olvidarlo, es hora de dejar atrás nuestro pasado y comenzar a construir nuestro futuro”.
Patricia María Hernández escuchaba desde su asiento en el costado del podio.
Sus manos aún temblaban de la emoción.
La joven jueza reflexionaba sobre los violentos cambios que su vida había experimentado en los últimos meses.
Del filo del cuchillo que casi terminara con su vida, a su privilegiado asiento de este día.
Un amigo de su infancia la había salvado del primero. ¿Quién le había dado el segundo?.
Pasara lo que pasara más adelante, éste sería un día inolvidable.
Patricia María Hernández acababa de tomar juramento al nuevo Presidente. Su primer acto como Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
"Debemos alcanzar una humilde, pero firme confianza en nuestras capacidades".
La cúpula proyectaba su sombra sobre las mesas del patio de la confitería.
La tradicional iglesia, símbolo del barrio de Belgrano, no había sufrido daños.
La "Redonda" duraría muchos años más.
En el interior de Capisci, su lugar de trabajo habitual, el ingeniero no
escuchaba el discurso. Su vista estaba fija en la pantalla de su notebook.
Nunca había hecho algo como lo que su amigo le pedía. Su tema eran las
ecuaciones, no la literatura, y dudaba de estar a la altura del compromiso.
Pero debía hacerlo. De la mejor manera que pudiese.
No sería literatura. Sería una historia con el ritmo de la televisión. Una
novela ágil. Un thriller de acción.
Aislándose del bullicio de la confitería, el ingeniero abrió el correo y envió su respuesta.
“Es hora de imponernos objetivos realistas, para poder ser exhaustivos en su cumplimiento, sin dejar cabos sueltos”.
El blanco había recibido una docena de proyectiles. El jefe del Equipo MIKE guardó su Heckler&Koch MP7 en el bolso, salió del edificio y se subió al vehículo. No tenía idea de quien había sido Damián Giacomini. Solo sabía que Lucibello no olvidaba nada. Ni amigos, ni enemigos.
“Schiller: Gangster out. MIKE”. Click.
“Cuatro años alcanzan para concretar un proyecto de gobierno. Qué nadie ceda a la tentación de pedir más tiempo. Ni el pueblo a dárselo. Quién ha cumplido sus objetivos en su período debe pasar la antorcha. Quien no lo ha hecho, ha fracasado y debe dejar su lugar a otro”.
Los informes estaban listos. Los legajos también. Cuatro años serían suficientes. El plan ya estaba en marcha.
En el Millenium Institute, el profesor Alexeiev cerró la carpeta y la guardó en su caja de seguridad. El proyecto de su vida. La Cima del Mundo.
Afuera, los guardias levantaban sus solapas para protegerse del viento helado. Sus botas hacían crujir la nieve de Siberia.
“Restableceremos la relación armónica con los países vecinos y amigos”.
La pared estaba cubierta de fotografías satelitales. El desierto, el Aeropuerto Internacional Imam Khomeini y la costa del Golfo. Y una extraña y nueva instalación.
Mientras sus ojos recorrían las fotos, su mente analítica procesaba la información. “Los malvados no descansan”, pensó Lucibello.
“Solo les pido, Argentinos, que no olvidemos esta amarga lección. Que su recuerdo nos persiga cada día. Unamos nuestras manos y nuestros corazones para que nunca más nos suceda. Gracias”.
En el pequeño recinto, los pocos y flamantes legisladores se pusieron de pie y, por primera vez, aplaudieron a Carlos Alejandro Ramírez, Presidente de la Nación.