CAPÍTULO 44

LA BURLA DEL DESTINO

BUENOS AIRES, MAYO

 

La Sala de Armas del Círculo Militar se hallaba casi desierta.

Solo dos esgrimistas se movían ágilmente en una pedana.

El sablista avanzó un paso y lanzó el golpe. Corte al pecho.

La punta de la hoja pasó a centímetros del cuerpo de su adversario, quien estiró su brazo en ataque y tocó fácilmente en la cabeza.

El sablista tocado se quitó la careta.

“Gustavo, ¿por qué siempre me quedo corto?”.

El coronel Olivares se rió.

“Porque a veces llevo la guardia más cerca del cuerpo y te dejo fuera de medida, Federico”.

“¿Y esa quién es?”, dijo el esgrimista mirando hacia la puerta, con la boca abierta.

Sweater y mini, vistiendo un cuerpo perfecto. Cabello negro con rulos cayendo sobre los grandes pechos. Ojos tristes.

 

“Hola, Gustavo”.

“¿Morena?”

Olivares se acercó a la mujer y la estrechó en sus brazos.

Tantos recuerdos.

“Soy yo, Gustavo. ¿A quién estás abrazando?”.

 “¿Qué estás haciendo aquí?”.

Por toda respuesta, Morena le alcanzó dos sobres.

“Te extraña, Gustavo”.

Olivares respiró profundamente.

“Me mintió, Morena”.

“Y vos a ella”.

“Pero yo no podía contarle….”

“Y ella menos. Además te salvó la vida.”

“Sí, lo sé”.

“Dos veces”.

“¿Cómo dos veces?”.

Morena lo miró, esperando que el coronel se diera cuenta solo.

A Olivares le tomó unos instantes.

“¿Mónaco?. ¿Fue ella en Mónaco?”

Morena asintió con la cabeza, “por eso llegó más tarde a Charles de Gaulle. Se jugó toda por vos. Siempre. Y te necesita.”

“¿Por qué no vino ella?”.

“Porque se cruzarían en el viaje”.

“¿Qué viaje?”.

Morena se acercó, lo abrazó y lo besó en la mejilla.

“Ya vas a entender, Gustavo. Tomá la decisión correcta”.

Morena se dirigió a la puerta, con la mirada de Federico pegada a sus caderas.

 

Olivares no podía esperar para abrir los sobres y se dirigió al vestuario.

El primero contenía pasajes a Europa. Lucibello.

El segundo contenía solo una foto.

Giselle asomándose al balcón de una casa medieval.

En el reverso, la caligrafía precisa de Giselle.

“But soft!, what light through yonder window breaks...”.

Olivares reconoció el texto de inmediato.

Romeo y Julieta. Acto II, Escena II.

Le tomó solo unos minutos decidirse.

Viajaría a Europa de acuerdo a las instrucciones, pero no con el fin que Lucibello imaginaba.

 

MILAN, MAYO

 

Olivares dejó a sus espaldas la Scala y entró a la Galería Vittorio Emmanuele II.

La cruzó sin prisa, desembocando en la Piazza del Duomo.

Una multitud de turistas llenaba la Plaza. Algunos se sacaban fotos con las palomas.

Olivares recorrió la plaza con paso tranquilo. Ya conocía la rutina.

Sentado en un banco, un turista con chaleco de fotógrafo daba de comer a las palomas, mientras terminaba su coctel de camarones.

 

Olivares se sentó a su lado.

Lucibello lo miró detenidamente.

“Está más canoso, coronel”.

“¿Es todo lo que se le ocurre decir, Lucibello? ¿Después de casi destruir mi país?”.

“En realidad casi todo el mérito es de ustedes. Nunca lo construyeron”.

“Lo que no puedo perdonarme es haber sido tan estúpido y no haberlo evitado”.

Lucibello se rió sin disimulo.

“Qué presuntuoso es usted, coronel. ¿Realmente cree que lo que usted hubiera podido hacer hubiera tenido alguna importancia? El destino de su país fue decidido hace décadas, antes de que usted naciera. Era una prueba por la que tenían que pasar. Aprobaron en el último minuto, como en las películas. Y usted tuvo algo que ver, según me contaron”.

Olivares ignoró la referencia a su persona.

“Aún no descubro cual es su motivación. ¿Fue sólo el dinero? No era tanto. ¿Cuánto le quedó?”.

“Coronel, no pensará que yo trabajé por su dinero, ¿o sí? Eso fue simplemente para gastos. Mi trabajo estuvo pago antes que usted me conociera. Y en cuanto a la cifra, créame que está más allá de su imaginación”.

“¿Y usted cree que yo estoy dispuesto a autorizar el último pago?”.

“No”.

“¿Cómo no? ¿No es para eso que me citó?”.

“No, claro. Su dinero son migajas. El último pago nunca estuvo pensado para mí”.

“No lo entiendo”.

“Usted no tiene idea de negocios. El acuerdo está concluido. La última cuota es para el intermediario. Siempre fue pensado así. Es el pago por su trabajo”.

El coronel se sintió a la vez asombrado e intrigado.

“Si no es por el dinero, ¿para qué me citó?”.

“Para conseguir mi último objetivo”.

“Creí que ya había conseguido todo. Y bien, terminemos, ¿cuál es?”.

“Usted, claro”.

“¿Yo?. ¿Quiere reclutarme? No puedo creerlo. Usted está loco de veras. Ya debería estar acostumbrado a su forma de pensar. Pero no somos todos iguales, Lucibello. No todo el mundo se compra y se vende”.

“Claro que no, y usted es un hombre honesto. Pero mírelo de esta manera. Usted está hoy parado en una encrucijada. Su carrera ha terminado, pero tiene la oportunidad de iniciar otra para la que ya sabe que está extraordinariamente dotado. Puede irse a su casa a dar de comer a las palomas o continuar en la actividad que lo apasiona”.

“¿Qué sabe usted de lo que me gusta?”.

“Sé exactamente lo que siente”.

“Ah, ¿sí? ¿Y cómo es eso?”

Lucibello se acomodó en el banco mirándolo de frente.

 “Voy a confesarle algo, coronel. Por favor, escuche y piense”.

La expresión de Lucibello era seria, como si fuera a revelarle algo muy íntimo.

“He saltado en paracaídas muchas veces, he esquiado en lugares donde solo se escuchaba el viento, he escalado montañas, he buceado y he saltado de un puente. Pero no existe sensación más plena, más profunda y más excitante que conducir hombres en combate. Comparado con eso, cualquier otra sensación es tibia e infantil”.

 

Olivares comprendió que, aun a su pesar, sentía lo mismo que su interlocutor.

“Coronel, sea sincero con usted mismo. Usted ha tenido un fugaz vistazo de la verdadera cara del poder. Hay gente interesada en usted. Usted tiene ante sí una oportunidad que muy pocos tienen. La de jugar en el tablero del mundo. Para tener algo de influencia debe estar adentro, no afuera. La Hermandad lo estará observando, coronel, y cuando crean que está listo se pondrán en contacto con usted.”.

“¿La Hermandad? Suena como Tolkien”.

“No se burle, coronel. Manejan el mundo. El poder real es invisible, porque la invisibilidad es condición para la supervivencia. Fue la Hermandad la que frenó la operación cuando consideró cumplido el objetivo de mínima”.

“¿Derribar un gobierno corrupto de la manera más sangrienta? No era tan difícil”.

“Cambiar un gobierno por otro no hubiese solucionado nada. El objetivo era la eliminación de toda la clase política, por parte de la propia sociedad. Salió muy bien, por supuesto. Vea cómo ha cambiado su país. En pocos meses lo pondremos de nuevo dentro del mundo”.

 “En nuestra profesión,”, continuó Lucibello remarcando el nuestra, “el dinero no puede ser una limitación. Se gasta lo que sea necesario. No puede estar disparando y contando los centavos. Además, todos establecemos un fondo de retiro. Nadie se jubila de esto, coronel. El fondo cumple otra función. Es un seguro en caso de emergencia. Si usted no retira el dinero, simplemente el banco se lo quedará. Sin los estúpidos pruritos que lo limitan a usted. Y por último, puede usted necesitarlo.”

“¿Necesitarlo para qué? No sé que voy a hacer a partir de mañana.”

Lucibello se veía genuinamente divertido. “Cómo solía decirme un amigo, yo sé algo que tú no”.

Olivares no entendía a qué se refería y se encogió de hombros.

“Haga una cosa, coronel. Tómese un tiempo y descanse.”

“Hay algo que debo hacer primero, Lucibello. Esto que pasó, o que casi pasó. Esto debe saberse. Creo saber lo que voy a hacer. Voy a contar todo”.

“¿Oh?”. Lucibello levantó las cejas.

“Voy a contar todo a un amigo. Tal vez quiera escribir un libro”.

Lucibello soltó una carcajada.

“Que lo haga. Nadie lo publicará. Y si lo publican, nadie lo creerá”.

“Ya lo veremos”, dijo Olivares, y se alejó.

 

VERONA, MAYO


Encontró la casa enseguida. La estatua de Julieta en el patio y el balcón a la derecha.

“But soft!, what light..”.

 

Si la primera vez había quedado encandilado por la belleza de Giselle, esta vez la sensación fue aun más intensa.

Giselle se veía radiante, su piel bronceada resplandecía y su cuerpo se veía más deseable que nunca. A pesar de la gravedad de la situación, Giselle parecía la imagen de la felicidad.

“¿Qué le ocurre?”, se preguntó Olivares. Cómo deseaba, cómo amaba a esta mujer.

Y estaba a punto de perderla.

Basta. Tiempo de decisiones. Conquistar y mantener.

Se adelantó un paso y la tomo en sus brazos.

La besó con la pasión reprimida y alimentada durante semanas de incertidumbre.

Nunca más la dejaría escapar.

En la cálida primavera de Verona, Gustavo Olivares iniciaba una nueva etapa. Pero si el coronel creía que todo estaba bajo control, se equivocaba.

Salieron de la casa y caminaron hacia la Arena. Tomados de la mano y deteniéndose cada diez pasos para besarse fugazmente.

Hasta que Giselle le pidió que se detuvieran. Estaba cansada.

“¿Te sentís bien?”, le preguntó Olivares, un poco preocupado.

“Muchas emociones para un solo día. Sentémonos y hablemos”.

Se instalaron en un pequeño bistrot a dos cuadras de la Arena.

 

 

Entre recuerdos, sueños y promesas pasaron dos horas.

Giselle lo miraba sonriente.

“¿Cómo te fue con Lucibello?”, preguntó.

“Nunca me sentí tan insultado, Giselle. Lucibello insinuó, no, no insinuó, me dijo claramente que tomara el dinero que quedaba. Este hombre cree que soy como él”.

“Gustavo, Lucibello no deja de tener algo de razón. No tenés nada y podés necesitarlo”.

“No lo creo. Algo podré hacer. No lo necesito”.

“Tal vez vos no, pero pensá en el futuro. Pensá en una familia. Pensá en tus hijos”.

Olivares la miró con expresión un tanto apenada. “Giselle, debemos hablar. Una familia no está en mis planes inmediatos. Ahora quiero disfrutarte sin las responsabilidades de la paternidad”.

Giselle suspiró y lo encandiló con su sonrisa. “Es un poco tarde, Gustavo. Apurate a disfrutarme porque te quedan cinco meses”.

 

Olivares contempló como Giselle, Helena de Troya, pasaba lentamente la mano por su vientre, y comprendió que el círculo se había cerrado. La última pieza del rompecabezas de su vida había caído del cielo y había encajado con perfección en el lugar vacío.

Se tomó la cabeza, tratando de asimilar la noticia.

“¿Durban?”, preguntó en voz baja, ”¿la playa?”.

Giselle asintió sonriente. “Made in South Africa”

“Lucibello lo sabía, ¿verdad?”, dijo, más como una afirmación que como una pregunta. Yo sé algo que tú no.

Giselle asintió.

“¿Por qué lo sabe, Giselle?, ¿cuál es tu relación con él?. Por favor, decime que no dormiste con él”.

“Claro que sí, muchas veces”, respondió Giselle con naturalidad.

“No te creo. No podés ser tan descarada”.

“De chica no era como ahora, Gustavo. Te costará creerlo pero tenía mucho miedo de noche”.

“¿De chica? ¿Cómo de qué edad?”. La incredulidad había dejado lugar a la curiosidad.

“Dos o tres años”.

El coronel se había quedado sin habla.

“Cierra la boca, tonto. No, no es mi padre”.

“¿Entonces?”.

“Lucibello y su esposa eran los mejores amigos de mis padres. Viajaban en el mismo auto el día del atentado y él fue el único que sobrevivió. Yo quedé sola y él quedó muy afectado. Me llevó con él, me protegió, me envió a los mejores colegios y me enseño todo lo que sé. Las cosas que ya viste”.

“Ya no sé qué pensar. Al menos no es tu padre”.

Giselle se rió.

“Pero Lucibello no es su nombre, ¿verdad?”.

“Claro que no. En la escuela primaria tenía una maestra de familia italiana que le llamaba así, Lucibello, Luzbel. Luego siguieron llamándolo así su familia y sus amigos. Cuesta creer que alguna vez fue un chico, ¿no?”.

“Parece que hubiera nacido a los cuarenta años”.

“Luego del atentado, creo que decidió que debía tomar el destino del mundo en sus manos. Y eso ha hecho desde que lo conozco. Sé que estuvo en Angola en 1987, entrenando a la guerrilla de UNITA contra el régimen marxista del MPLA. Pero para entonces yo ya estaba en Suiza, en el colegio. Cuando terminé, fui yo quien le pidió que me enseñara. Me llevó a Oudtshoorn, en Sudáfrica y me entrenó. Soy su mejor alumna”.

“De eso no necesitás convencerme”.

 

 “En cuanto a vos, sé que no te gusta y que rechazás sus métodos, pero le caíste bien el día que te vio”, continuó Giselle.

“¿En Mónaco?”.

“En Córdoba. En la Mezquita”.

“¿Estuvo en la Mezquita?”.

“El día que creíste que sería tu último salto, el día que te reuniste con el doctor Saldaña, él estaba ahí. Luego habló con vos en Mónaco. Le interesaste mucho. Por eso me asignó tu custodia”.

“¿Cómo qué puedo interesarle? Como Schiller o Armani?”.

“En principio, sí. Pero hay algo más profundo. Habla de vos cuando se refiere a una escuela”.

“¿Una qué? ¿Me quiere de maestro de escuela? ¿Está loco? ¿Qué clase de escuela?”.

“No lo sé. Es algo tan secreto que ni a mí me cuenta. Sé que se llama la Cima del Mundo. No sé más”.

“Hay algo que no entiendo. ¿Cómo sabía que ibas a tener éxito conmigo?”.

Giselle se rió. Olivares no se cansaba de mirarla reír.

“Lucibello conoce a la gente, Gustavo. Y vos estabas maduro para una relación. Pasado ya, diría yo”.

“¿Qué significa eso?”.

“Significa que eras un hombre en edad madura, en peligro de muerte, y sin descendencia. La naturaleza pensó por vos, Gustavo. No había invertido tanto en una persona como para que desapareciera sin dejar nada. No sabemos por qué nos enamoramos de alguien, pero tu cerebro primitivo sabía que ya habías tentado al destino demasiadas veces. Estabas listo para enamorarte de alguien. De cualquier mujer más o menos atractiva”.

“No es cierto. Yo mido mis relaciones”.

“¿Es una broma?. ¿De verdad crees eso, soldado?. Era a Morena a quien le mirabas el escote. Si no hubiese aparecido yo, no sé que hubiese pasado”.

“¿Lucibello las envió a las dos?”.

“Claro. Una morocha y una rubia. El equipo JULIET. Él no deja nada al azar”.

“¿Y vos no tuviste nada que decir?”.

“Para mí era solo otro trabajo, pero creo que él sabía desde el principio que me enamoraría de vos”.

“¿Siempre manipula así a la gente?”.

“Sí”.

“Sí, ¿qué?”.

“Sí, lo hace, y cuando puede también manipula los países”.

Olivares se tomó unos instantes para pensar.

“Decime, ¿por qué te parece que le caí bien desde un principio?”.

“No voy a decirte porque no va a gustarte”, dijo Giselle, frunciendo la boca.

“Ah, como que soy tan frágil.”, la desafió él.

“Está bien. Ahora aguántate. Le caíste bien porque te vio parecido a él”.

“¿¿Yo, parecido a Lucibello??. Qué cosa tan ridícula.”, dijo Olivares, indignado.

Giselle soltó una carcajada.

“Te dije que no iba a gustarte”.

“Él y yo no tenemos nada en común. Nada”.

“No te gustarán sus métodos, pero en otras cosas…..”

“En otras cosas, nada.”, dijo Olivares enojado.

Giselle se rió otra vez.

“Mira. A mí no me mientas, soldado. Yo te vi. Yo te vi en ese puente. Saliste en la televisión mundial. Yo te vi parado ahí, más grande que el sol, enfrentando a media docena de tanques. Y vos, solo. Con tu uniforme de combate manchado con la sangre de tus enemigos, y con un detonador en la mano. Muy dispuesto a no dejar una piedra sana. Me dio celos. Todas las mujeres en Francia suspiraban por vos. Hablaron de vos una semana.”, se rió Giselle. “Yo te vi, Gustavo. Tenías el destino del país en tus manos y te encantó. Estabas fascinado escribiendo la historia. ¿Y decís que no te parecés? Qué gracioso. ¿Cuánto tiempo va a pasar hasta que quieras hacerlo de nuevo?”.

Giselle tenía razón. Siempre lo había interpretado como la satisfacción por el cumplimiento del deber, pero ese otro sentimiento también había estado presente.

La sensación de poder torcer el curso de la historia.

 

Ese era uno de esos momentos.

“Giselle, hay algo que debes saber. Le dije a Lucibello que iba a contar todo. Y hasta es posible que un amigo quiera escribir un libro”.

“¿Quién? ¿Ese ingeniero canoso y antipático de Buenos Aires? ¿Ese que se cree sexy?”.

“Ese mismo. ¿Te preocupa?”.

“Para nada. ¿Qué te dijo Lucibello?. Se rió, ¿no es así?”.

“Sí. Tal cual”.

“Si te parece que debés hacerlo, hacelo. Igual, ya estás decidido”.

 

El coronel se paró. Giselle nunca lo había percibido tan alto.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "Nosotros, los Argentinos"