CAPÍTULO 43
EL PUENTE
ARGENTINA, ABRIL, DÍA D+10


 

En el aire, Olivares ubicó las luces del puente y giró su paracaídas en dirección a la orilla y al terraplén de la Vía de Acceso.

El terreno que circundaba al terraplén solía inundarse en época de crecida del río, pero el último informe indicaba que podía descender allí sin peligro.

Habían salido del avión en veinte segundos, lo cual significaba que había un kilómetro entre el primero y el último de sus hombres. Tendrían casi cuatro minutos en el aire para acercarse.

En el cielo se insinuaba una tenue claridad.

El comienzo del crepúsculo matutino. El sol saldría en poco más de veinte minutos y en una hora todo estaría definido.

El coronel vio los hongos de tela de los paracaídas siguiendo su rumbo en el aire.

Habían saltado a suficiente altura como para llegar reunidos, pero era consciente del peligro que representaba permanecer tanto tiempo en el aire. Si solo pudiesen llegar a tierra antes que el cielo aclarase. Un par de minutos de oscuridad podían marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.

Detrás, observó a un paracaidista soltar lentamente la cuerda de la que pendía la funda de la ametralladora MAG hasta dejarla colgando unos metros debajo. La ametralladora tocaría tierra un segundo antes que el hombre, para evitar hacer más violenta su caída.

  

En marcha, por la BR287, el coronel Kozlowski escuchó el ruido de aviones.

Llegaría a Sao Borja con las primeras luces y cruzaría el puente.

La primera claridad insinuaba los distintos tonos de verde de la lujuriosa vegetación sobre los morros. En los terrenos más bajos, las copas de las arboledas emergían como islas en medio de la niebla matutina.

El Mercedes del diplomático marroquí se mantenía cien metros delante de su AMV. El observador de las Naciones Unidas tenía toda la intención de cruzar primero el puente.

Kozlowski tenía el control operacional sobre su unidad, pero ante situaciones imprevistas tenía órdenes de consultarlo. Al fin de cuentas, era una misión de paz, no una guerra.

 

Olivares ya estaba a cien metros del terraplén. El cielo aclaraba lentamente.

Solo un poco más de oscuridad y llegarían.

Un súbito chisporroteo en medio de la noche, le indicó que habían sido descubiertos. Del lado argentino, el puente se encendió con los disparos de las armas. Inmediatamente escuchó el “poc-poc-poc” de las armas automáticas y el silbido de los proyectiles pasando a su lado. Ya estaba tan cerca.

 

Se concentró en su objetivo y tensó sus piernas para el impacto.

El coronel tocó tierra violentamente a dos metros de la base del terraplén y rodó hacía abajo. Mientras se desembarazaba del paracaídas, miró al resto de los paracaidistas descender dentro de un radio de doscientos metros del terraplén.

 

Olivares dejó el paracaídas, cargó su fusil y trepó hasta la Vía de Acceso al puente. La única oposición habían sido los disparos del lado argentino y no sabía si había tenido bajas en el descenso.

Aún estaba oscuro pero el cielo ya tenía una tonalidad grisácea.

Un minuto más tarde, la teniente Miranda llegó sin aliento trayendo con ella a una docena de hombres.

Eran suficientes. El resto los alcanzaría sobre el puente.

Olivares se lanzó a la carrera hacia el lado argentino. El tiempo era vital.

Detrás de él, el apuntador de una ametralladora MAG corría con las largas bandas de munición enrolladas alrededor del cuello.

Había recorrido quinientos metros cuando escuchó el fuego de los milicianos del FALB, apostados sobre en el puente. Enseguida, el fuego fue respondido por dos Comandos, tiradores especiales, que habían saltado con los guías y habían tomado posición a los costados del puente. La cadencia de fuego de sus M-24 era lenta y pausada, como siguiendo una rutina. Ubicar el blanco en el retículo verdoso de sus visores nocturnos, disparar dos veces, buscar otro blanco, disparar.

Escuchó los gritos de los milicianos.

“¡Por el puente! ¡Los paracaidistas vienen por el puente!”.

Y una nueva demostración de pirotecnia cuando las ametralladoras de ambos lados abrieron el fuego.

El hombre que corría al lado de Olivares pareció detenerse en plena carrera y rodó por el suelo.

“¡Adelante!. ¡No se paren!”, gritó a sus hombres.

Pero dos hombres más cayeron enseguida y, a doscientos metros del límite internacional, el coronel comprendió que debía responder el fuego o serían diezmados.

“A los costados. ¡Posición!”, ordenó.

El apuntador de la MAG entró en posición y abrió el fuego.

 

Un cohete de RPG-7 pasó por el medio de su tropa y estalló doscientos metros más atrás. Un segundo cohete también pasó de largo y fue a estallar contra el terraplén que acababan de dejar.

“¿Cuantos milicianos había sobre el puente?”, se preguntó Olivares. Calculó que no más de veinte, parapetados detrás de bolsas de arena. Ya estaban a menos de cien metros de sus posiciones.

Del lado de las posiciones del FALB ascendió una bengala, que describió una corta parábola y comenzó a bajar lentamente sostenida por su pequeño paracaídas.

De golpe, el cielo se iluminó con más bengalas y, en el otro extremo del puente, se escuchó el fuego de varias armas automáticas.

Los efectivos de la guarnición de ingenieros y los ingenieros paracaidistas habían iniciado el ataque por el lado argentino.

 

A la entrada de Sao Borja, el Mercedes se detuvo y el diplomático marroquí se bajó y señaló el cielo sobre el puente.

Las ráfagas de la munición trazante luminosa se curvaban en gráciles trayectorias como chorros de aguas danzantes en el cielo ya claro.

“¿Qué pasa?”, preguntó Kozlowski al marroquí, “¿por qué nos detenemos ahora?”.
Están combatiendo”, explicó innecesariamente el diplomático, “debemos averiguar cómo está la situación”.

“Doctor”, dijo Kozlowski, “Debemos apurarnos”.

“No intentaremos cruzar el puente sin saber lo que está pasando”, dijo el marroquí.

“Doctor, si no cruzamos ahora, tal vez no crucemos nunca”.

“Pero esta es una Fuerza de Paz. ¡No podemos empezar una guerra!”.

“Creo, doctor, que alguien allá”, señaló el puente, “ya se le ha adelantado”.

 

“¡Mi coronel!”, gritó el radio operador en medio del estruendo del combate, “¡los tanques entraron en Sao Borja!”.

Ya no había tiempo.

“¡Teniente!”.

La teniente Miranda estaba a su altura, de la otra mano del puente.

Le hizo una señal con la mano y gritó, “¡Armen!”.

La teniente repitió la señal a sus hombres, tomó el cuchillo bayoneta tubular y lo engarzó en el cañón de su fusil.

“Aún con tanta tecnología”, pensó Olivares,”al final solo cuentan las bayonetas”.

Listos.

El coronel levantó la mano y ordenó.

“¡Al asalto!”.

En medio de una lluvia de proyectiles, y con los fusiles en tiro automático, los veintitantos paracaidistas se incorporaron e iniciaron su carrera final hacia las posiciones del FALB.

Varios de ellos cayeron en el camino, pero el resto ya estaba sobre las posiciones de defensa.

Olivares, corriendo cinco metros delante de sus hombres, saltó las bolsas de arena y cayó dentro de la posición, sin dejar de disparar.

La teniente Miranda saltó detrás de él.

Un corpulento miliciano levantó su fusil pero no llegó a disparar.

Mariela Miranda clavó su bayoneta en el pecho del hombre, y en un fluido movimiento la sacó y golpeó con la culata a otro miliciano que se acercaba.

El disparo la sorprendió y la hizo girar sobre sí misma.

La teniente cayó sobre el cuerpo de su enemigo tomándose el hombro, pero sin soltar su fusil. Unos metros más allá, vio al coronel disparar series de dos y tres disparos sobre los defensores. Rápido, pero con absoluta calma.

“Lo hace como si estuviera en el polígono de tiro”, se maravilló, en su dolor.

Unos minutos más tarde las bayonetas terminaron el trabajo de los fusiles y el puente quedó en manos de los paracaidistas.

 

El Lohr cargado de explosivos cubrió rápidamente los trescientos metros hasta el lugar indicado por Olivares. Los ingenieros se deslizaron por las cuerdas a los costados del puente y comenzaron a adosar las cargas a los delgados pilares.

El capitán de ingenieros se acercó al coronel y le indicó los dos Unimog que había llevado hasta el extremo del puente. Olivares asintió y el capitán hizo señas a los vehículos cargados de explosivos para que avanzaran.

 

El hombro le dolía horriblemente y la teniente temía desmayarse, pero se tranquilizó al ver a Olivares trotar hacia ella. Al menos el coronel estaba bien.

El equipo de sanidad llegó hasta ella.

Vio la jeringa con morfina y detuvo al médico con un gesto.

Olivares se arrodilló a su lado y le tomó la mano.

“Mi coronel, ¿mis hombres?”, preguntó la teniente con voz débil. Sus labios se apretaban de dolor.

“Tuvimos muchas bajas, pero el puente es nuestro. Estamos colocando las cargas”.

“Atiendan a mis soldados”. Su mirada se nublaba.

“Ya lo estamos haciendo, teniente. Ahora descanse. Va a estar bien, pero para usted, el día terminó. Repóngase rápido para mañana”.

La jeringa entró en su brazo y una cálida sensación de bienestar la invadió.

Mariela Miranda había ganado su guerra. Cerró los ojos y se durmió.

 

Olivares vio la señal de los ingenieros. Las cargas aún no estaban listas.

Dos de los pilares del lado argentino estaban listos para ser volados, pero Olivares quería asegurarse.

Con dos pilares destruidos el puente tal vez caería. Destruyendo cuatro, colapsaría sin remedio.

Dos clases de dispositivos, eléctricos y pirotécnicos, aseguraban la detonación.

Caminó hacia los camiones con explosivos que estaban atravesados bloqueando el puente.

Sus ojos estaban húmedos. La chica lo había hecho más que bien.

Tiempo de decisiones.

Olivares se quitó el casco y se calzó la boina roja. Si debía morir, iba a hacerlo vestido como quisiera.

 

El Mercedes se detuvo a la entrada del puente.

El marroquí se bajó y miró nervioso tanto el puente como la camioneta de la televisión que se acercaba a toda velocidad.

Kozlowski ya estaba cansado del marroquí y ordenó a su AMV que se adelantara.

Los seis vehículos blindados a rueda entraron al puente y avanzaron hacia los Unimog que bloqueaban las dos manos.

Frente a los camiones se encontraba un soldado alto con boina roja.

No era lo único rojo en su aspecto.

Su uniforme de combate estaba manchado de sangre.

“No, no manchado”, se corrigió Kozlowski, “está mojado con sangre aún fresca”.

Este era un guerrero, no un soldado de juguete.

 

Los dos hombres se encontraron en el límite internacional, casi en medio del puente.

“Violó la integridad territorial de otro país, coronel”.

“Un accidente, coronel. El viento nos llevó más lejos de lo previsto. Por suerte ninguno de mis hombres cayó en el río y pudimos regresar de inmediato a nuestro territorio. Es responsabilidad mía y del piloto. Nuestro país hermano recibirá las más profundas disculpas diplomáticas.”

Fait accompli. No era un problema del coronel polaco de todos modos. Solo lo mencionaba, pero no estaba en su esfera de responsabilidad.

El coronel Kozlowski pensaba que para hacer algo así el paracaidista debía estar loco, aunque íntimamente sabía que él mismo no hubiera dudado en hacer lo mismo.

“Usted sabe que si recibo la orden de avanzar tendré que hacerlo, ¿no es así?”.

“Y usted sabe que yo voy a volar el puente cuando el primer vehículo cruce el límite. ¿Sus tripulantes saben que morirán, coronel?”

“Lo saben. Y avanzarán igual cuando reciban la orden”, respondió el polaco.

“Ese no es el punto”, dijo Olivares, “la cuestión es si usted va a dar esa orden.”

“Creo que sí”, dijo el polaco.

Olivares lo miró con detenimiento.

“Usted no va a ordenar a sus hombres nada que no esté dispuesto a hacer usted mismo. El primer AMV es el suyo, ¿verdad, coronel?”.

El polaco asintió en silencio.

“Coronel”, dijo el polaco. “Aunque usted vuele el puente y mis hombres se queden sin jefe, tarde o temprano cruzarán por algún lado”.

“Pero no por aquí. El río tiene ochocientos metros de ancho y yo domino un lado. Y aún cuando lleguen a la orilla, combatiremos por cada metro de terreno hasta que no quieran avanzar más”.

“Eso sería doloroso para todos, pero los dos somos soldados y cumplimos órdenes”.

“Todo se reduce a un punto, coronel”, dijo Olivares, “¿de qué color están pintados sus vehículos y de qué color los míos?”.

El coronel polaco no necesitaba mirar a sus tanques blancos y a los dos Unimog verdes  de Olivares para entender la diferencia.

“Mis órdenes son ocupar el territorio pacíficamente”, dijo.

“Y eso ya no será posible, ¿verdad?”.

El polaco reflexionó.

“Obviamente no, ya que usted no parece dispuesto a moverse.”

“Ni usted dispuesto a irse. Me parece que los dos necesitamos nuevas órdenes”.

Kozlowski vio una posibilidad. Tal vez, si el paracaidista tuviera algo de cordura.

“Espéreme un momento, por favor”, dijo Kozlowski y se dirigió veinte metros más atrás, donde el marroquí se movía inquieto tratando de no pisar la sangre.

A Olivares le llamó la atención. El hombre no parecía un soldado y para ser de raza negra se lo veía bastante pálido. Kozlowski le sacaba una cabeza en altura.

Olivares observó el breve intercambio. El marroquí parecía asustado y negaba enérgicamente con la cabeza. Luego asintió, de manera igualmente enérgica.

Kozlowski volvió con Olivares.

“Si yo retiro mis vehículos cuatrocientos metros, ¿usted retirará los detonadores?”.

“Si usted retira sus vehículos un kilómetro, yo retiraré algunos detonadores, y cuando se haya retirado tres kilómetros retiraré más”.

El polaco asintió lentamente. “El representante de las Naciones Unidas debe solicitar nuevas instrucciones. Voy a retirar los vehículos antes de que alguien se ponga nervioso.”

“Es un día difícil, coronel. ¿Se da cuenta que, al final, el destino de las naciones lo deciden dos soldados en mitad de un puente?”, dijo Olivares.

“¿Y cuándo ha sido distinto?”.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "La burla del destino"