CAPÍTULO 42
CONQUISTAR Y MANTENER
ARGENTINA, ABRIL, DÍA D+10
El monótono zumbido de los motores turbohélice del Hércules solía sumir a Olivares en una dulce modorra.
Pero no esta vez.
El coronel maldecía los sucesivos cambios y reducciones de personal que habían llevado al Ejército a una situación extrema, sometiendo al país a riesgos inaceptables.
La situación general, aunque grave, podía ser controlada, salvo en dos o tres lugares críticos.
Hacia uno de ellos, a 600 kilómetros por hora, volaba el C-130 del coronel Olivares, con la sección de paracaidistas de la teniente Miranda.
“La Primera Sección (+) de la Compañía A del Regimiento de Infantería Paracaidista 2, atacará el puente Santo Tomé-Sao Borja, sobre el Río Uruguay, para conquistarlo antes de la hora H y mantenerlo hasta H+72 horas, a fin de bloquear el acceso de fuerzas extranjeras al territorio nacional”.
La sección de Miranda había sido reforzada con un grupo de ingenieros paracaidistas, especialistas en demoliciones, y cuatro tiradores especiales de la Compañía de Comandos.
Hacía dos días que una facción del FALB, fuerte en doscientos hombres, había ocupado el puente y sus inmediaciones, cobrando peaje a los vehículos que pretendían cruzar.
Tras un fugaz intercambio de disparos con la policía local, los milicianos habían establecido un perímetro defensivo alrededor del acceso al puente del lado argentino. Luego de que un segundo intento de la policía por desalojarlos fuera rechazado con fuego de ametralladoras y lanzacohetes, la calma había descendido sobre el lugar.
El puente debía ser reconquistado antes de que fuera alcanzado por la columna blindada de la Fuerza de Paz, pero los reducidos efectivos del arma de ingenieros que se encontraban en el lugar no se consideraban suficientes para vencer la resistencia del FALB en el poco tiempo disponible.
El general Giménez confiaba que el refuerzo de los paracaidistas y la experiencia de combate de Olivares le darían la ventaja que necesitaba. Los tanques estaban en camino hacia el puente y el tiempo era el factor decisivo.
Había algo más. Los paracaidistas le daban a Giménez una posibilidad adicional. Era una carta que el general no quería jugar, pero los últimos informes estaban obligándolo a hacerlo.
A las cuatro de la mañana, en marcha sobre la BR287, el coronel Kozlowski miró su reloj. Tiempo de hacer un alto en la marcha para control y mantenimiento de los vehículos, y descanso del personal. Ordenó a la columna hacerse a un lado de la ruta y detenerse.
Descendió de su vehículo blindado y caminó por la banquina, estirando las piernas.
Sus botas se hundieron en la tierra roja de Rio Grande.

El coronel polaco llenó los pulmones con el aire del sur de Brasil . La atmósfera era cálida, húmeda y pesada.
Contempló el cielo con curiosidad. Tan claro y tan poco familiar. La Cruz del Sur. Estrellas desconocidas. Un cielo tan distinto al de su tierra natal.
“¿Por qué nos detenemos, coronel?”, preguntó el marroquí, con los ojos hinchados de sueño.
“Descanso de las tropas y control de los vehículos, doctor”.
“¿Otra vez?. ¿De qué se cansan?”.
“No todos viajamos en Mercedes, doctor”, respondió Kozlowski, frenando un impulso de enterrar al marroquí en la tierra roja.
“De todos modos, estamos adelantados respecto del plan”, agregó.
El jefe de lanzamiento, con una gorra roja con orejeras en la cabeza, se acercó a Olivares.
“El comandante por la radio, mi coronel”.
“Olivares, los tanques de la Fuerza de Paz cruzaron la frontera en Formosa. Tenemos dos problemas en su puente. Los blindados se acercan más rápido de lo previsto, y el FALB ha reforzado sus posiciones sobre el puente, del lado argentino. Prevemos que pueden resistir un par de horas. Ese es un tiempo que no tenemos. ¿Entiende lo que quiero decirle, coronel?”.
“No del todo, mi general. No creo poder hacerlo más rápido”.
“Hay una manera, coronel. Hay una orden que yo no puedo darle por radio sin provocar un incidente internacional, pero trate de entenderla. Recuerda nuestra conversación. ¿Cómo se toma un puente?”.
Olivares la recordaba perfectamente. “Por los dos lados”. “Dios, ¿qué vamos a hacer?”, pensó.
“Trate de que todo sea pacífico, pero recuerde que el destino de la nación es más importante que los buenos modales. Piense como el gran Federico. No puedo decirle más por este medio. Está claro, Gustavo?”.
Las palabras de Federico el Grande sonaban en su mente. “L´audace, l´audace, toujours l´audace”. La audacia, siempre la audacia.
Si en alguien confiaba el coronel Olivares era en su comandante. A lo largo de treinta años de dura e impecable carrera, el general Giménez se había ganado el respeto y la admiración de todo el Ejército. “Es un soldado”, se decía de él en todas partes. Pero ahora actuaba como estadista.
“L´audace…”.
“Tal vez, con un poco de suerte...”, pensó Olivares.
“¿Cómo está el viento?”, preguntó al jefe de lanzamiento.
“Muy leve. Del norte, a tres kilómetros por hora”.
Faltaba todavía una hora. Olivares discutió brevemente con el jefe de lanzamiento, y este habló con el piloto. El lanzamiento se efectuaría sobre el río, a cien metros de la orilla brasileña, y a suficiente altura como para que los paracaidistas alcanzaran la costa.
A diez minutos de la zona de lanzamiento el C-130 bajó a 900 metros de altura y tomó rumbo noreste, dirigiéndose perpendicularmente hacia el puente.
Los guías paracaidistas se prepararon para saltar. Eran los responsables de la señalización de la zona de lanzamiento. Con ellos saltaría el Equipo de Control Aéreo (ECA), perteneciente a la Fuerza Aérea, que guiaría al avión en su pasaje final de lanzamiento.
Sus paracaídas planos eran muy maniobrables y tenían una gran velocidad horizontal. A la altura que saltarían, no tendrían problemas en llegar a su objetivo. La preocupación de Olivares no eran ellos, sino el resto de su tropa, que saltaba con MC-1. Este paracaídas tenía una velocidad de descenso de cinco metros por segundo y una velocidad horizontal algo menor, de cuatro metros por segundo. El coronel confiaba en que podría reunirlos suficientemente rápido como para tomar por asalto el puente antes de que los milicianos del FALB supieran lo que pasaba.
Un miembro de la tripulación del avión se acercó a la puerta, tiró de ella y la deslizó hacia arriba. Luego pateó hacia fuera el escalón donde se pararían los paracaidistas para saltar. Olivares escuchó más fuerte el sonido de los motores y una súbita corriente de aire frío lo golpeó.
Afuera aún era de noche.
Los guías paracaidistas se acercaron a la puerta y con un “swoooshhhh…” desaparecieron en la noche.
“Alea jacta est”, pensó el coronel, “ya no hay vuelta atrás”.
Hércules comenzó un perezoso viraje. Debía dar tiempo al ECA para instalarse y a los guías para marcar la zona.
El segundo Hercules ya volaba sobrre la orilla argentina.
Frente al coronel, Mariela Miranda arreglaba prolijamente la cuerda de su cuchillo de paracaidista, colocado sobre su paracaídas de pecho.
La teniente tenía edad como para ser su hija y Olivares estaba llevándola al combate.
El coronel la observó detenidamente. Su frente brillaba. ¿Tendría miedo?
La teniente se sintió observada y levantó sus ojos hacia el coronel.
No, no era miedo. Solo la preocupación natural de un jefe. La chica lo haría bien.
Olivares le sonrió y levantó el pulgar de su mano derecha. La teniente respondió de misma manera. En sus ojos había agradecimiento por la confianza que su jefe le trasmitía.
“¿Por qué no tengo una hija así?”, se preguntó, “¿qué estoy esperando?”.
El jefe de los milicianos del FALB escuchó el lejano sonido del avión. Seguramente no lo bombardearían de noche. Pero más por intuición que por conocimiento, ordenó reforzar las guardias.
A ochenta kilómetros de Sao Borja, el Mercedes que se había colocado al frente de la columna hizo señas de luces y se detuvo.
La columna blindada de la Fuerza de Paz se detuvo detrás.
“¿Y ahora qué?”, se preguntó el coronel Kozlowski, quien ya estaba molesto por la actitud de mando del marroquí. “Estos diplomáticos quieren ser comandantes sin haber sido nunca soldados”.
El observador de las Naciones Unidas descendió del Mercedes y se dirigió al encuentro de Kozlowski.
“He recibido un mensaje avisando de actividad en la zona del puente. Debemos apurar la marcha”.
Kozlowski ordenó a sus AMV que tomaran la cabeza de la columna. La diferencia de velocidad entre sus vehículos a rueda y los transportes de personal M-113 a oruga, era de 30 kilómetros por hora.
Seguiría solo con los AMV, y que los M-113 lo alcanzaran cuando pudieran.
Avanzar sin infantería era un riesgo que Kozlowski no hubiera querido correr, pero no tenía opción.
“¡Un minuto!”.
El jefe de lanzamiento vociferó por sobre el ruido de las turbinas del C-130 Hércules y levantó el dedo índice indicando el tiempo que faltaba para el salto.
El coronel Gustavo Adolfo Olivares movió la correa que conectaba su paracaídas con el cable de acero para comprobar que corriese sin trabas.
El jefe de lanzamiento le hizo una muda pregunta abriendo y cerrando el pulgar y el índice, “¿Puerta larga o puerta corta?”.
¿Llegarían a tiempo? ¿Dónde estaban los blindados? Olivares recordó las palabras de Boy Browning, en la Operación Market-Garden, “Siempre pensé que tratábamos de alcanzar un puente demasiado lejos”.
Luz roja.
“¡A la puerta!”.
En medio de la oscuridad, Olivares no lograba ver su objetivo.
El puente que debía “conquistar y mantener”.
El coronel iba a saltar en la orilla que no debía.
En el último instante antes de saltar, Olivares recordó las palabras de Lucibello en África. “Una última cosa, coronel, para que la recuerde cuando tenga que tomar una decisión difícil. Es más fácil pedir disculpas que pedir permiso”.
Abajo, de golpe, aparecieron las luces del puente.

Luz verde.
“¡Salte!”.
Se impulsó hacia adelante.
“¡Treinta y uno!”. El coronel estaba en el aire.
Conquistar y mantener.
Lo que Olivares no había logrado con Giselle, lo haría con el puente.
El coronel Kozlowski ordenó reanudar la marcha. Liberados de la compañía de los blindados a oruga, los AMV arrancaron a sesenta kilómetros por hora. Una velocidad normal para sus vehículos, pero peligrosa para una marcha nocturna. Cien metros delante, el Mercedes del marroquí parecía flotar sobre la ruta.
El jefe de lanzamiento se acostó en el piso del avión con la cabeza fuera de la puerta y miró hacia abajo y atrás. Siempre contaba los paracaídas abiertos, pero esta vez no veía nada.
Hércules inició su viraje para lanzar las cargas y el grupo de ingenieros paracaidistas sobre la orilla argentina.
El Jefe de Turno del Centro de Manejo de Crisis irrumpió en el despacho de Ramírez.
“Jefe, ¡los paracaidistas están saltando sobre los puentes!”.
“¿Del lado argentino?”.
“¡De los dos lados!”.
“Vamos a ir todos al infierno”, repitió Colombres.
SIGUIENTE CAPÍTULO: "El puente"