CAPÍTULO 40

GUARDIÁN ALADO

CÓRDOBA, ABRIL, DÍA D+9

 

La segunda reunión en el Edificio Libertador había sido convocada de urgencia, pero la masa de los oficiales superiores de las Fuerzas Armadas y de Seguridad se hallaban presentes.

“Se ha presentado un nuevo elemento que modifica sustancialmente la situación”, dijo el general Robles.

Enseguida, procedió a explicar con la ayuda de fotos satelitales la información recibida del CMC.

La reunión se desarrolló en medio de una creciente tensión. A la crisis interna y a las limitaciones legales para el acionar de las Fuerzas, se sumaba ahora la amenaza de intervención de una Fuerza de Paz de las Naciones Unidas, con consecuencias imprevisibles para el destino del país.
“Señores generales, tengo la seguridad de que si no encontramos una solución rápida, la intervención externa será inevitable”.

La discusión que siguió fue áspera.

“Esto no cambia el hecho de que cualquier cosa que hagamos será ilegal”, dijo un brigadier, “la Constitución limita todas nuestras acciones aun aquellas destinadas a evitar la destrucción del país. Esto deberá ser modificado o no actuaremos”.

“¿Cuanto tiempo tenemos hasta la posible intervención?”, preguntó un almirante.

“Entre veinticuatro y setenta y dos horas, respondió Robles.

Hasta ese momento, solo habían hablado los generales, almirantes y brigadieres.

Robles quería saber la opinión de los coroneles.

“Quién es el coronel más antiguo?”, preguntó.

Los coroneles se miraron. La noticia de la movilización de algunos coroneles retirados  había creado un fugaz desconcierto.

Finalmente, un coronel se puso de pie.

 

“Coronel Olivares, todo ha quedado aparentemente reducido a dos opciones. Cuál es su opinión?”.

El coronel no necesitaba mirar alrededor. Sentía el peso de todas las miradas clavadas en él.

Olivares sabía del prestigio que gozaba entre sus camaradas, pero nunca había imaginado que iba a encontrarse en la posición de ejercer tanta influencia.

Sintió que su opinión inclinaría la balanza y arrastraría a la mayoría de los coroneles.

Sopesó cuidadosamente su respuesta, y, con voz clara y firme, contestó.

 

“La supervivencia de la Nación está por encima de cualquier otra cuestión y su existencia no puede estar limitada ni siquiera por una constitución y leyes que desaparecerán con ella.

Nuestra lealtad es hacia la Nación histórica; hacia la Argentina de ayer, de hoy y de mañana.

Cada cual, civil o militar, cargará luego con su pequeña o gran conciencia, pero este es nuestro momento de elegir entre la grandeza o la ruindad, sin importar las consecuencias personales.

Lo que diga la historia me importa poco, porque si no hacemos nada la historia de nuestro país termina acá.

Esta es la hora decisiva.

Esta es la decisión que separará a los hombres de los niños”.

 

Olivares durmió todo el vuelo de Buenos Aires a Córdoba, y al mediodía ya estaba alojado en su antigua habitación del Casino de Oficiales de la Cuarta Brigada Paracaidista.

Aun no sabía para qué lo necesitaba el general Gimenez.

Foto Google

 

La Brigada tenía sus cuadros completos, pero el comandante había ido a buscarlo personalmente.

“Para lo que vamos a hacer, necesito un coronel, no un capitán”, le había dicho Giménez.

Bajó a almorzar.

El bullicio del salón lo sorprendió. El aplauso también.

Los oficiales se pusieron de pie y se acercaron a saludarlo.

Otra vez en casa.

Se sentó en una de las mesas con un capitán, dos tenientes y dos subtenientes, quienes lo bombardearon a preguntas. No sabía mucho más que ellos, y lo que sabía no podía decirlo.

 

A la tarde, en el salón que albergaba la gran mesa de arena, tuvo lugar una reunión de mandos de la Brigada.

Olivares odiaba los incómodos asientos de madera que rodeaban la mesa, pero pensaba que tenían la finalidad de mantener atentos a los cansados oficiales.

En la reunión, Olivares entendió la idea del general Giménez, y la razón de su convocatoria y movilización. La misión no solo requería de valor y decisión, sino también de experiencia y equilibrio. Y llegado el caso, la jerarquía podía ser decisiva.

El coronel pasó el resto del día estudiando mapas y fotos, diurnas y nocturnas.

No necesitó mucho tiempo para estudiar la operación. Los últimos comandantes de la Brigada se habían caracterizado por su apego a los ejercicios y maniobras.

La brigada estaba entrenada para todo tipo de operaciones de paracaidistas.

 

Esa noche, Olivares trató de no acordarse de Giselle. Le costaba dormir.

El día siguiente podía ser el más importante de su vida. O el último.

O, como suele ser el destino de un soldado, ambas cosas a la vez.

Abajo, en el comedor, los oficiales cantaban antes de retirarse a dormir.

Última noche antes del combate.

 

CENTRO DE MANEJO DE CRISIS, DÍA D+10

 

A medianoche, el general Robles llamó al director del CMC para trasmitirle la opinión de los mandos. Veinte minutos después, Ramírez ordenó al Jefe de Comunicaciones tomar el control de todos los medios de comunicación que estaban saliendo al aire y entrar en cadena.

A la una de la mañana, el director invocó el Decreto Secreto de creación del Centro de Manejo de Crisis, poniendo a todas las fuerzas armadas, de seguridad y policiales bajo el control operacional del CMC.

En menos de media hora, ya habían llegado las respuestas de las Fuerzas.

 

“Carlos, ¿qué corno estás haciendo?”, preguntó Colombres preocupado. “¿Qué es el Decreto Secreto?”.

“No existe, Fernando. Pero de aquí a que alguien pueda averiguarlo ya habremos restablecido el orden”.

“¿Te volviste loco? ¿Todo esto es ilegal?”, se sobresaltó el ingeniero.

“Digamos que no es legal, pero nadie lo está cuestionando”.

Colombres se tomó la cabeza.

“Vamos a ir todos al infierno”, comentó.

“Tal vez”, dijo Ramírez, pero no por esto. No por salvar vidas”.

Y agregó. “Fernando, sucede que a veces uno se prepara toda la vida para tomar una sola decisión. Para mí, este es ese momento”.

Colombres, quien no se caracterizaba por su timidez, estaba preocupado.

 “Decime, Fernando, ¿alguna vez te sentiste en una situación en la que cualquier cosa podía suceder, en la que todo era posible?

Colombres pensó un momento. “Sí”, dijo.

“¿Y cómo salió?”.

“Mejor de lo que había imaginado”, respondió el ingeniero, “¿qué es esto? ¿Napoleón preguntando a sus generales si son hombres de suerte?”.

“Mirá, Fernando, creo que ésta es una situación así. La balanza va a inclinarse para un lado o para el otro por gramos. O por minutos.”.

Ramírez alcanzó a Colombres un informe de la situación de las unidades militares.

“Están tratando de estabilizar su propia situación. No todos estuvieron de acuerdo en la reunión de ayer. Varios jefes de unidades fueron relevados inmediatamente y se puso a cargo a sus segundos. O a quién estuviera decidido. En general, están bien. Pero estas tres guarniciones frente al Río Uruguay me preocupan. Es como si las hubiesen desmantelado a propósito. Aquí había dos batallones y ahora hay menos de doscientos hombres”.

“¿Por qué hicieron semejante cosa?”.

“Por problemas de reducción del presupuesto. Los genios del Ministerio de Defensa”.

 

“Fernando, te das cuenta que este es mi último acto como Director del CMC, ¿ verdad?. Despues de esto, no puedo quedarme. Voy a extrañar este lugar, pero esto es lo que debo hacer”.

“Si te parece que esto es lo que debe hacerse, lo seguimos hasta el final”, dijo el ingeniero.

 

 

La puerta se abrió de golpe.

“Jefe”, dijo el Jefe de Turno con tono alterado, “¡Los tanques blancos  se han puesto en marcha en dirección a la frontera!”.

 “¿Ahora qué vas a hacer?”, preguntó Colombres.

“Estoy cansado de este juego. Estoy harto de ir en desventaja”.

Miró fijamente a sus dos amigos y colaboradores.

“Se acabó, Fernando, se terminó. Esta la voy a ganar”.

“Jefe de Turno, comuníqueme con el comandante de los paracaidistas, en Córdoba”.

 

Los golpes en la puerta despertaron instantáneamente a Olivares.

Saltó de la cama y abrió la puerta sin vestirse.

Los profundos ojos oscuros de la teniente se abrieron como platos. Los del coronel, también.

“Lo siento, mi coronel, no sabía....”, la teniente Mariela Miranda, vestida con uniforme de combate, ensayó una disculpa.

“¿Qué pasa, teniente?”, preguntó Olivares, ocultándose disimuladamente detrás de la puerta. “Esto no pasaba cuando yo era subteniente”, pensó.

“Algo está pasando, mi coronel”, dijo, “lo llama el comandante, urgente, creo que todo se ha adelantado”.

Mientras Olivares se vestía como en un alistamiento, la teniente se apresuraba a volver con su compañía.

“Ufff, qué calor”, dijo, abanicándose la cara con la mano.

 

A las tres de la mañana, Olivares observaba los dos pallets con la carga rodar sobre los rodillos de la rampa hasta el interior del C-130. Sobre uno de los pallets, acondicionado en forma transversal al eje del avión, se ubicaba un Lohr, un pequeño vehículo aerotransportado de cuatro ruedas usado generalmente para transportar munición o tirar de un mortero de 120 milímetros.

La teniente Miranda inspeccionaba por enésima vez el armamento y equipo de su tropa. Estaba al mando de una sección reforzada, en lo que sería su primer salto de combate. Algunos de sus hombres vestían boina verde. Olivares había pedido a la Compañía de Comandos que le asignaran cuatro tiradores especiales.

 

Giménez le había dado malas noticias.

Se había detectado el encolumnamiento y puesta en marcha de unidades blindadas en dirección a la frontera. La particularidad era que los vehículos estaban pintados de blanco. Naciones Unidas.

El Ejército debía sucesivamente desalojar a las fuerzas del FALB de los lugares de pasaje, y luego bloquear el ingreso de toda fuerza extranjera al territorio nacional.

Era mucho más fácil decirlo que hacerlo. Sobre todo en el lugar que le había tocado a Olivares.

 

A las cuatro de la mañana, los dos Hércules carretearon por la pista y despegaron.

Al dejar el suelo, los paracaidistas cantaban su marcha.

“Guardián alado de nuestras fronteras,

Escuda la Patria tu garra de león.

Audaz y altivo, te impulsa el Pampero

Y pugna doquiera, como el Aquilón”.

 

Todos eran conscientes de que algunos de ellos no volverían a caminar sobre la tierra.

 

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