CAPÍTULO 38
DÍAS DE FURIA
ARGENTINA, ABRIL, DÍA D+4
En el ambiente frío y tenso del Centro de Manejo de Crisis, el Director hablaba con sus hombres de confianza.
“¿Qué crees que es una guerra civil, Carlos?”, le decía Colombres.
“Es un conflicto interno, entre los habitantes del mismo país”.
“Sí, claro. Real Academia. Pero, ¿qué es en la práctica?”.
“A ver, decime vos”.
“Una guerra civil es un ajuste de cuentas. Es un brutal y generalizado ajuste de cuentas. Es la situación en la que una sociedad decide zanjar todas sus diferencias de décadas. De golpe y por la vía violenta”.
“Eso me suena más a anarquía generalizada”, dijo Ramirez.
El ingeniero continuó con su definición. “Llamale como quieras, Carlos, guerra civil, anarquía o kilombo pampa. La cosa es que todo el mundo aprovecha para vengar viejas afrentas y cobrarse antiguas deudas. Contra todos los demás. Los políticos ladrones. El hincha que se burló de mí cuando perdimos. El idiota que me rayó el auto. El fiscal que metió preso a mi hermano. No importa si mi hermano era un ladrón; ese fiscal se metió con mi familia. El vecino que me robó las manzanas. Y todos los tipos del consorcio que me molestan tanto”.
“¿Y cómo termina la historia?”, preguntó Ramírez.
“La sociedad se purifica. La guerra desnuda la verdadera naturaleza de la gente. Muchos mueren, y los que sobreviven quedan tan asustados y marcados por la experiencia que crecen de golpe y comprenden que las estupideces no son gratis, sino que cuestan vidas”.
“Según vos, al final es positivo. Eso no lo había escuchado nunca”.
“Mirá, yo soy un ingeniero, no un poeta. Me interesan los resultados. Estados Unidos y España tuvieron guerras civiles, se mataron y se pusieron de acuerdo. Y mirá como funcionan desde entonces”.
“De todo corazón, espero que no tengamos oportunidad de averiguar si tenés razón”.
“Yo también, pero creo que ya es tarde”.
“Fernando, esto no es un ejercicio teórico. Creo que algo tenemos que hacer y no se qué. Estamos aislados, no tenemos poder alguno y el país se cae a nuestro alrededor. Hay algo que podamos hacer?”.
Colombres se rascó la cabeza.
“Podemos pensar mejor que nadie. Eso suele ser una ventaja.Voy a poner a trabajar a todo el mundo en el análisis de posibles escenarios por disparatados que parezcan. Y nos reunimos cada cuatro horas para discutirlos. Vos, Rubén y yo. Y llamamos a quien necesitemos para consultar”.
Ramirez asintió, reconfortado.
Colombres lo miró desde la puerta.
“Carlos, ser los más inteligentes alguna vez debe servirnos de algo. Pero al final del día, no nos servirá de nada si no somos tambien los más decididos”.
De los medios de comunicación, solo algunas radios trasmitían. Pero podían ser escuchadas únicamente en los receptores portátiles y vehiculares. La red de celulares había colapsado.
La noticia de la muerte del presidente se había difundido de boca en boca.
Los políticos y funcionarios fueron los primeros en enterarse. Y en huir.
Sorprendentemente, entre tantos individuos ávidos de poder, no pudo encontrarse uno que osara hacerse cargo del poder vacante.
El caos y la anarquía se adueñaron de una nación aterrada.
“¿Quiénes son los responsables de esta catástrofe? ¿Quiénes nos condujeron a esta situación?”.
El diálogo inconfundible de Laurel y Hardy se escuchaba por la radio.
“¿Cómo es posible que los dirigentes en los que confiábamos nos hayan traicionado de esta manera?”.
“¿Donde están ahora que los necesitamos? Seguramente ya están huyendo para disfrutar de su dinero en el exterior. Nunca más los veremos. Ni a ellos, ni al dinero que se robaron”.
El mensaje grabado de Laurel y Hardy terminó de activar la furia de una sociedad tantas veces traicionada.
Al amparo de la oscuridad y ante la ausencia de la policía, las bandas armadas saquearon comercios y domicilios. Algunas veces encontraron lo que buscaban, otras, no. En su frustración entonces, alguien arrojó la primera antorcha.
Los bomberos concurrieron a los tres primeros incendios. Luego, comprendiendo que su capacidad había sido largamente rebasada simplemente cortaron los teléfonos. La ciudad comenzó a arder.
Cuatro countries fueron asaltados por pobladores de las villas cercanas. Los servicios de vigilancia privada no ofrecieron resistencia. No eran sus casas.
Los moradores estaban armados y se luchó casa por casa. Primero solo los hombres pero, al hacerse evidente su inferioridad numérica, se les unieron las mujeres, y luego los chicos. Quien no podía sostener un arma se encargaba de la munición. Se combatió torpemente, con armamento dispar; pistolas, revólveres y escopetas, impulsados más por el instinto que por la técnica. Cuando se agotó la munición, se usaron los cuchillos de cocina, luego los palos y finalmente hasta las tijeras.
En el country “Prados del Virrey”, uno de los moradores era un ejecutivo que había leído un informe reciente del CMC. Advertido de la posible catástrofe había reunido a un grupo de vecinos y había concurrido a dos armerías cercanas.
Sí, desde luego que pagarían por todo cuando la situación se aclarase, pero mientras tanto se habían llevado todo el armamento y la munición que encontraron.
Cuando la noticia de la ocupación de un country cercano llegó hasta ellos, los vecinos no dudaron. Esa noche, seis vehículos 4x4 ingresaron a sangre y fuego a la villa “El sapo”. Disparando contra todo lo que se movía, sus ocupantes bajaron los bidones de nafta y rociaron las precarias viviendas.
Una hora más tarde, el humo denso y las llamas marcaban el lugar donde había estado la villa.
“Mejor prevenir que curar. Esos, seguro que no nos molestan más”, fue el comentario.
Las estaciones de servicio y los supermercados sufrieron las primeras aglomeraciones. Y estos últimos, los primeros saqueos.
Muy pocos surtidores funcionaban de todos modos.
La cadena de distribución de alimentos colapsó, y los centros urbanos pasaron a depender de alimentos no perecederos y enlatados.
Pero el problema real era la energía.
La población urbana llegó a comprender de golpe que su vida dependía de la electricidad.
Los tanques de agua de los edificios se vaciaron en horas. Las bombas no funcionaban para llenarlos de nuevo. De todos modos, el sistema de distribución de agua potable no funcionaba sin energía eléctrica.
No todos los hospitales disponían de grupos electrógenos y de aquéllos que tenían, muchos no funcionaban. La desbocada corrupción del gobierno en todos sus niveles, golpeó finalmente a la sociedad.
La disponibilidad de electricidad se daba por descontado y nadie ponía atención al mantenimiento de los equipos.
Pero aún los que consiguieron restablecer su energía para los servicios esenciales, tenían un problema mayor. No tenían agua.
Los equipos médicos, agobiados de trabajo y sin medios pasaron de la desesperación a la resignación. La gente se moría. No había nada que hacer.
Sin bomberos y sin agua, los incendios se propagaban sin control. Buenos Aires se asemejaba a Roma bajo Nerón.
Los barrios más pobres y las villas fueron las víctimas preferidas del fuego. Cuanto más precarias las viviendas, más fácilmente ardían.
Las otras grandes ciudades siguieron rápidamente el camino de las llamas.
Los países limítrofes cerraron preventivamente sus fronteras para impedir el éxodo masivo de refugiados.
En una medida más instintiva que racional, el Frente Armado de Liberación Bolivariano (FALB) tomó el control de varios aeropuertos y puentes. Aún no sabían para qué, pero sabían que eran puntos de importancia estratégica. Algunos comandantes locales comenzaron a cobrar peaje a quienes pretendían pasar por sus feudos.
La población, acostumbrada a buscar culpables antes que soluciones, volvió sus ojos hacía los presuntos responsables.
La primera víctima de la crisis fue la propia clase política.
Muchos de ellos confiaban en los fondos que habían desviado hacia sus cuentas del exterior. Era de conocimiento público que el propio presidente disponía de una considerable fortuna en bancos de Luxemburgo y las Islas Cayman, originada en un enorme y nunca investigado desfalco durante su gestión como gobernador.
La súbita muerte del presidente había disparado una fuga masiva de la dirigencia, aterrorizada ante el riesgo de morir y no poder disfrutar del dinero acumulado.
Pero la oportunidad y la rapidez con la que se extendió el conflicto impidió a la mayoría de los funcionarios llevar a cabo sus planes de escape del país y cayeron víctimas de la furia popular.
En los días que siguieron, dirigentes de todos los signos políticos, funcionarios, jueces, y a veces hasta simples empleados estatales, fueron perseguidos y linchados en las calles por una muchedumbre enardecida y fuera de control.
El relato histórico diría que no se había producido una eliminación tan completa de la clase dirigente de un país desde la Revolución Francesa.
Días de furia, de fuego y de sangre.
En su nueva versión de Contrapunto, Laurel y Hardy comentaban los trágicos acontecimientos de su país. Sabían que en Argentina muy pocos podían verlos en sus pantallas, por lo que parte del programa estaba dirigido a una audiencia internacional.
Les costaría un poco adaptarse a Colonia, una ciudad preciosa aunque mucho más chica que Buenos Aires, pero no la pasarían mal. Calculaban que pasaría mucho tiempo hasta que pudieran regresar. Si es que alguna vez lo hacían.
Tomando ejemplo de los sabios roedores, su avión había sido de los primeros en abandonar el país.
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