CAPÍTULO 37
CÓNCLAVE
BUENOS AIRES, ABRIL, DÍA D+1

“Olivares”, dijo la voz.

Era un sueño.

Dos personas hablaban entre sí.

“Por favor, entienda que todo el sistema hospitalario colapsó ayer. Muchísimos heridos graves y sin electricidad. Tuvimos que poner pacientes en los pasillos y todo a oscuras. Creemos que lo trajeron ayer de otro hospital, pero, a decir verdad, no estamos seguros. Estaba cubierto de sangre que resultó no ser de él. Tuvo mucha suerte. En realidad no tiene nada. La tomografía muestra todo normal. Cuando se despertó aún estaba mareado por el golpe y quería irse. El médico no quiso correr riesgos y le dio un sedante. Solo está dormido”.

“Coronel Olivares, ¿puede oírme?”.

Abrió lentamente los ojos. Y volvió a cerrarlos.

Solo un sueño.

“Olivares”.

¿Por qué lo molestaban en su sueño?

“Coronel, soy el general Giménez. ¿Puede oírme?

¿Giménez? Su antiguo comandante. ¿Qué hacía en su sueño?

“Coronel Olivares, lo necesitamos”.

Qué tontería. ¿Para qué podrían necesitarlo?

“Está sonando el clarín, coronel, y usted está durmiendo.”

 

Abrió los ojos y la luz lo cegó.

Lo primero que distinguió fue el rojo.

Boinas.

Dos hombres con uniforme de combate y boinas rojas estaban parados junto a su cama.

Un médico hablaba con ellos.

“¿Giselle...? ¿Qué pasó?”

Los hombres lo miraron y sonrieron.

“Ah, lo tenemos de vuelta, coronel”

“¿Qué pasó? ¿Donde está Giselle?”

“Alguien llamó a la policía. Cuando llegaron hallaron siete hombres muertos y usted desmayado. Nadie más”.

Olivares cerró los ojos otra vez.

“¿Coronel, está bien?”.

“Creo que sí. No sé, me siento mareado. Y con sed. Siento un gusto raro en la boca”, musitó.

“Es la medicación”, dijo el médico, “lo encontraron cubierto de sangre y pensamos que estaba herido. No había tomógrafo y usted quería irse. El médico le dio un sedante. Lo siento, coronel. Se le pasará en una noche de sueño.”

“¿Puede irse?”, preguntó el general Giménez al médico.

“Solo si alguien lo lleva. Lo revisamos hace un rato. No tiene nada. Que duerma bien esta noche y mañana estará como nuevo.”

“Afuera ruge el cañón, coronel. ¿Qué va a hacer?”, exageró Giménez. Tal vez eso lo movilizaría.

Las palabras mágicas.

Olivares pidió su ropa. El médico señaló una bolsa con ropa aún manchada de sangre.

“No tuvimos tiempo”, explicó el médico.

“Regálela”, dijo Giménez, “ya le trajimos ropa”.

El ayudante del general abrió el bolso y lo puso sobre la cama.

Olivares miró el contenido y no comprendió.

“Acaba de ser movilizado, coronel. Uniforme de combate”.

Quince minutos después, el aún mareado coronel Olivares se paró con dificultad frente al espejo. Se acomodó las insignias sobre el uniforme de combate, enganchó su cinturón de galón, palmeó su cuchillo de paracaidista, y se calzó la boina roja.

El coronel enderezó su cuerpo y miró su propia imagen.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Este soy yo”, pensó, “ y para esto he nacido”.

 

 

El médico tenía razón. Una larga noche de sueño había hecho maravillas. Olivares había dormido once horas.

Se sentía bien, aunque con un hambre atroz. El sabor desagradable había desaparecido. La tristeza, no.

Olivares trató de hacer a un lado sus sentimientos.

“Giselle, ¿por qué?”. Había vivido una fantasía. ¿Quién era ella en realidad?

El coronel trató de quitarla de su mente.

Debía prepararse para la próxima tarea. Cualquiera fuese ésta, Olivares estaba seguro que no iba a ser rutina.

 

EDIFICIO LIBERTADOR, DÍA D+3

 

Era una reunión extraña la que tenía lugar en el Edificio Libertador.

Ciento sesenta oficiales superiores de las tres Fuerzas, Gendarmería Nacional y Policía se habían convocado en un cónclave que, dada la trascendencia del temario, no tenía precedente.

Presidía la reunión el general Robles, el más antiguo de los generales luego de la sorpresiva solicitud de retiro del Jefe del Estado Mayor General del Ejército.

Robles había llegado a esta posición merced a una curiosa serie de coincidencias y se sentía incómodo.

De carácter afable y natural modestia, Robles sentía que había otros generales más capacitados que él para guiar a la institución en un momento tan difícil.

Pero el destino lo había llevado hasta allí, y el general cumpliría su función como lo había hecho en las últimas cuatro décadas. Correctamente y sin estridencias.

Su tarea principal era informar a los mandos sobre la situación, aclarar las dudas y presentar las opciones.

Robles sabía que su liderazgo era solo nominal y que la decisión final afortunadamente no estaría en sus manos.

 

Al cabo de tres horas, el general se sentía satisfecho. La reunión había cumplido su objetivo. Los rostros preocupados y pensativos de los oficiales así lo demostraban.

“Señores”, resumió Robles, “el país se encuentra sumido en el caos. Los poderes del estado ya no existen. Nadie parece dispuesto a hacerse cargo en la actual situación. Son circunstancias extraordinarias. Debemos determinar cual es nuestra responsabilidad y elegir un curso de acción en consecuencia. Pero antes que nada quisiera confimar nuestras capacidades”.

Recorrió la audiencia con su mirada y preguntó.

“¿Estamos en condiciones de restablecer el orden en el país?”.

Los oficiales se miraron. La idea general era que la respuesta era afirmativa, pero que cualquier acción tendría un costo elevado”.

“Por supuesto”, contestó un general de caballería,”deme la orden, saco los tanques y pongo orden en doce horas”.

Muchas cabezas asintieron. El general estaba en lo cierto. La experiencia de la plaza de Tiananmen, en 1989, había demostrado la aplastante capacidad de los blindados para restablecer el orden.

“Usted sabe que no tengo atribuciones para darle esa orden. Por ahora, todo esto sigue siendo responsabilidad de la policía”.

“General, hablo en nombre de mi institución y de las policías provinciales”, dijo el Jefe de la Policía Federal. ”En las condiciones actuales, la policía no está en capacidad de imponer el orden. No es un problema de personal, sino que tenemos serias limitaciones legales para aplicar la fuerza. Para disparar un tiro necesitamos una orden de un juez. Si no, vamos presos nosotros. Simplemente, no puedo ordenar a mi gente que reprima”.

“Mi general”, dijo el general de caballería, “en una situación como ésta, el orden solo puede restablecerse a cañonazos. Así lo hicieron los soviéticos en Budapest en 1956 y les salió tan bien que en 1968 entraron en Praga sin resistencia. Ni hablar de los chinos, que barrieron a medio millón de estudiantes de la Plaza de la Paz Celestial en menos de un día”.

“¿Está usted proponiendo apagar el incendio con nafta?”, preguntó Robles.

“Los incendios en pozos de petróleo se apagan con explosivos, mi general. Pero no, no estoy proponiendo eso. Lo que estoy advirtiendo es que esa es la única manera y que si no lo hacemos nosotros alguien más lo hará, con mucha menos delicadeza”.

 “Este es un problema de la sociedad civil y nosotros no tenemos nada que ver”, dijo uno de los generales más antiguos. “No hemos recibido ninguna orden del Poder Ejecutivo, por lo tanto cualquier cosa que hagamos, por bien intencionada que sea, va a ser juzgada en el futuro como ilegal”.

“General”, contestó un almirante,” no hay órdenes porque el Poder Ejecutivo ya no existe. Ni ninguno de los otros dos poderes”.

“Ah, claro”, dijo el general con un dejo de sorna,” y cuando vuelvan a funcionar seguro que van a felicitarnos por haberles cuidado el sillón, como lo han hecho siempre”.

“Si no restablecemos el orden pronto, no va a haber poderes, ni tampoco país”.

El general sacó un pequeño libro y lo mostró a la audiencia.

“Constitución Nacional, artículo 36”, dijo, y leyó.

“Esta Constitución mantendrá su imperio aun cuando se interrupiere su observancia por actos de fuerza contra el orden institucional y el sistema democrático. Y prevé sanciones para quienes la violen.”

“Pero, general, esta es una situación que la Constitución no  puede prever”.

“Lo hubieran pensado cuando la escribieron. Si la sociedad civil decide redactar una Constitución que se ata a sí misma, y le impide reaccionar ante su propia e inminente destrucción, no es problema nuestro. Sigue siendo un problema de los civiles. Que se arreglen como puedan. La sociedad civil ya demostró ser desagradecida y no confiable. Vea, almirante, si alguien me traiciona una vez la culpa es de él. Si me traiciona dos veces, la culpa es mía. Yo estoy muy tranquilo en mi cuartel y voy a ver los incendios por televisión. Que se jodan”, finalizó el general.

En el amplio salón no se escuchaba un solo sonido.

“Bien, señores”, dijo Robles, “creo que esto sintetiza el pensamiento general”.

Continuó.

“Más allá de nuestros deseos personales debemos acatar las disposiciones legales. Este es un problema de la sociedad civil y es ella la que debe resolverlo, con los mecanismos y en los tiempos que la propia constitución determina. Si son suficientes o no, es un problema de los convencionales de ayer, no de nosotros hoy. Si no alcanzan, lo siento mucho. Lo hubieran pensado mejor. Cualquier otra cosa que pretendamos hacer se hará fuera de la ley, y ya sabemos como terminan estas cosas. Nos echarán la culpa de todo. El incendio del país es un problema de los bomberos. Nuestro lugar es el cuartel y allí debemos quedarnos hasta recibir órdenes claras. La historia dirá que hicimos lo que correspondía”.

 

Un resplandor rojizo iluminaba el cielo en varias direcciones. Densas humaredas oscurecían gran parte de la ciudad y cada tanto, las explosiones hacían vibrar los vidrios del salón.

En la pira más grande la historia, el octavo país más grande del mundo se incineraba a sí mismo.

 

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