CAPÍTULO 36
SU HORA MÁS OSCURA
PÉREZ, SANTA FE, ABRIL, DÍA D
Solo una hora había transcurrido desde la destrucción del helicóptero del presidente.
Las dos camionetas 4x4 del equipo ROMEO abandonaron la Ruta 33 y tomaron la Ruta 34 Sur.
Luego de desplazarse tres kilómetros, salieron de la ruta y ocultaron los vehículos en una arboleda.
El resto del camino se haría a pie.

De todas las misiones que había cumplido el experimentado equipo ROMEO, ésta sería de las más fáciles
Veinte minutos después, los tres tiradores especiales entraron en posición a 150 metros de los edificios. Midieron la distancia con sus telémetros laser, midieron la velocidad y dirección del viento, y ajustaron sus alzas ópticas.
El hecho de que la misión fuera fácil no afectaba su profesionalismo.
Casi simultáneamente colocaron proyectiles en las recámaras de sus fusiles.
Su sincronización no era casual. Habían sido entrenados por el mismo instructor.
A una señal del jefe del equipo, los cuatro restantes integrantes se pusieron de pie y comenzaron a caminar hacia los edificios.
Diez segundos después, los tiradores especiales abrieron el fuego sobre el personal de vigilancia.
Del otro lado del edificio, un cuarto tirador eliminaba al único hombre de vigilancia que se encontraba de ese lado.
El jefe del equipo accionó el disparador del RPG-7 y el cohete partió hacia la puerta de entrada del edificio. El hombre no sabía si la puerta era blindada o no, pero sabía que el cohete resolvería el problema.
Foto CAMMESA
El cohete estalló al impacto, lanzando un chorro de fuego hacia el interior del edificio. La puerta pareció disolverse, pero, milagrosamente, nadie del personal del edificio fue afectado por la explosión.
Dos minutos después, seis hombres del equipo ROMEO ingresaban al edificio del Organismo Encargado del Despacho (OED), el organismo que regulaba la operación del Sistema Argentino de Interconexión (SADI), es decir, el cerebro de la red eléctrica del país.
Foto CAMMESA
En los dieciséis minutos que duró la operación, los integrantes del equipo ROMEO procedieron a eliminar sistemáticamente a todo el personal que se encontraba en el Centro de Control.
No era nada personal, pero el jefe del equipo había recibido instrucciones precisas al respecto. La eliminación del personal era tan importante como la destrucción de las instalaciones. La formación de un ingeniero capaz de operar el Centro de Control llevaba años.
El piso azul del amplio salón se tiñó de rojo y la sangre salpicó el enorme tablero de la red eléctrica que cubría toda la pared.
Algunos hombres murieron en sus puestos, sentados en los sillones de altos respaldos.
Otros cuerpos quedaron en el suelo, o caídos entre los monitores sobre los escritorios en el centro del salón.
Un atacante destruyó las antenas parabólicas del techo. Al retirarse, destruiría también las que estaban ubicadas frente al edificio.
Se colocaron cargas explosivas en los equipos electrónicos, de comunicaciones y de control.
Sonó un corto silbato.
Treinta segundos.
Los integrantes del equipo ROMEO se dirigieron a las salidas.
Medio minuto después, un silbato largo indicaba el fin de la operación.
En el momento en que el jefe del equipo entraba a la arboleda estallaron los explosivos.
Veintidós minutos después del primer disparo, las dos camionetas 4x4 del equipo ROMEO estaban en marcha alejándose del lugar.
El jefe del equipo repasaba la operación, tratando de encontrar alguna falla.
Ninguna.
“Quien no tenga pilas en su linterna va a tener serios problemas por varios días”, pensó.
El OED había quedado seriamente dañado y las posibilidades de recuperación del sistema eléctrico después del colapso quedaban reducidas al mínimo.
Pocas centrales eléctricas tenían la capacidad de iniciar la recuperación del sistema, y sin el OED esto ya no era posible.
Casi inmediatamente, todas las centrales eléctricas se desconectaron de la red e iniciaron una lenta y penosa recuperación por islas, es decir, usando las centrales eléctricas de la región, y la red local. Mientras algunas poblaciones privilegiadas recuperarían su energía local al día siguiente, otras no lo harían en varios días.
El sol se ocultó en el horizonte, poniendo fin a un día de tragedia y, en medio del llanto y la desesperación, la noche descendió sobre un país presa del miedo.