CAPÍTULO 35
FOXTROT
BUENOS AIRES, ABRIL, DÍA D
El presidente Eduardo Juan Herrero y su reducida comitiva subieron las escaleras hacia el helipuerto situado en el techo de la Casa de Gobierno. En las últimas décadas, el helicóptero había sido el medio más usado por los presidentes para escapar de una situación de crisis. A veces, para no regresar.
Por expresa orden presidencial, la aeronave debía estar lista para recoger al presidente las veinticuatro horas del día, con un aviso de veinte minutos.
En el país, muchos helicópteros tenían problemas de mantenimiento y repuestos pero ese no era el caso de la máquina del presidente.
Hacía dos horas que, contrariando el consejo de sus asesores, el presidente había ordenado que el helicóptero permaneciera en alerta sobre la Casa de Gobierno.
Comprendía que esto no contribuiría a la tranquilidad de la población, ni a mejorar la imagen presidencial, pero Herrero privilegiaba su seguridad.
En muchos otros temas el presidente se equivocaba, pero en éste tenía razón.
El hombre que mejor lo sabía se encontraba del otro lado de la calle.
La pintura había manchado la inscripción en su mameluco.
“Pintuprim pinta mejor”.
Jos van Ditmar estaba sobre el techo del Banco de la Nación Argentina.
En sus manos sostenía un Stinger.
“¡Jos!. ¡Se ponen en marcha!”, gritó Paul Wilson, el ayudante de Van Ditmar.
Las palas del helicóptero comenzaban a girar.
El polvo se levantó del techo de la Casa de Gobierno, dificultando la visión del sudafricano.
Súbitamente, un grupo de personas apareció en el techo y, en medio de la polvareda, corrió hacia el helicóptero.
“¡Jos!, ¡se van!”.
“Tranquilo, Paul”, gritó Van Ditmar a su nervioso ayudante, “no van a ir a ningún lado”.
“¡Ya están subiendo al helicóptero!”.
“Debe ser porque es más cómodo que viajar colgado”, respondió el sudafricano sin inmutarse, “no todo el mundo comparte nuestros gustos, Jos”.
“Jos, ¿elegiste bien el lugar, o éste también nos va a caer encima?”, comentó con sorna el ayudante.
“Ocupate del telémetro”, dijo Van Ditmar, “esto depende tanto de tu cálculo como de mi puntería”.
Wilson destapó la lente de su telémetro laser Newcon y apuntó al helicóptero.
El sonido de la turbina se hizo más agudo y el helicóptero levantó vuelo.
“Dame la distancia a partir de los doscientos metros”, dijo el sudafricano, y se agazapó detrás del mástil de la bandera sobre el lado truncado del edificio.
Van Ditmar sabía que el Stinger no era efectivo por debajo de los doscientos metros.
Si él fallaba, el equipo GOLF entraría en acción, dándole tiempo para un segundo disparo.
Si bien el misil tenía un alcance de casi cinco kilómetros, el sudafricano calculaba que en un área urbana, con tantos cables y antenas, era conveniente disparar entre los cuatrocientos y los mil metros.
La estatua de Juan de Garay miraba inmutable el desarrollo de la acción.
La camioneta del equipo GOLF había rodeado la plaza Once de Junio de 1580 y se había estacionado de punta sobre el césped de la plazoleta Nuestra Señora de las Nieves.
El jefe del equipo GOLF había hecho una apuesta con Van Ditmar.
El hombre se bajó y miró alrededor. Ni un policía. El caos generado por el incidente en la central nuclear era absoluto.
La aeronave ya se elevaba sobre la Casa de Gobierno.
El jefe del equipo levantó la lona trasera.
Debajo, montada sobre un afuste fijado al piso y ya en posición de tiro, apareció una ametralladora calibre 50.
Si FOXTROT fallaba el primer misil, la misión pasaba a ser responsabilidad de GOLF.
El jefe del equipo confiaba en que iba a tener oportunidad de disparar. Había preparado cuidadosamente la munición, colocando un proyectil trazante luminoso por cada cuatro normales.
Aún si el misil hacía impacto, haría fuego hasta que la máquina cayera a tierra.
Contra un blanco en vuelo y en esa zona poblada, sabía que podría batir el blanco hasta una altura de cuatrocientos metros. Más allá, la situación se volvía impredecible.
“¡Doscientos metros!”, gritó Wilson.
El Buffalo sospechaba que el helicóptero se dirigiría hacia el río.
“¡Doscientos cincuenta!”.
Van Ditmar esperó con calma. No quería repetir la experiencia de Córdoba. Wilson aún tenía una leve herida en la frente y no le dejaba olvidarla.
El jefe del equipo GOLF siguió a la aeronave a través de la mira de la ametralladora.
¿Qué esperaba Van Ditmar?. Ya debía estar en alcance.
Su dedo índice acarició la cola del disparador. Si el sudafricano no disparaba en segundos, le tocaría el turno a él.
“¡Misil!”, gritó el otro hombre de GOLF.
Foto Lucibello
El misil ya volaba en busca de su blanco guiado por su sensor infrarrojo.
En poco más de un segundo, el Stinger hizo impacto exactamente en la tobera de la turbina.

Los tres kilos de explosivo arrancaron el rotor y la aeronave se sacudió.
Estaba ya perdida, pero el helicóptero tenía sus tanques de combustible llenos y no alcanzaría a caer.
En el momento en que el jefe del equipo GOLF abrió el fuego, una enorme llamarada envolvió a la máquina. La explosión proyectó trozos de metal al rojo en todas direcciones.
Los restos en llamas se precipitaron a tierra bajo los disparos, ya innecesarios, del jefe del equipo GOLF.
Una última explosión en tierra marcó el fin de la aeronave, de la misión de los dos equipos, y de la presidencia de Eduardo Juan Herrero, el Camello.

FOXTROT y GOLF habían empatado la apuesta.
Los diez dólares no cambiarían de mano.
Pero el día más negro de la historia del país no había terminado.
Su hora más oscura aún estaba por llegar.
“ROMEO. Luz Verde. Lucibello”.
SIGUIENTE CAPÍTULO: "Su hora más oscura"