CAPÍTULO 34
NÍNIVE
BUENOS AIRES, ABRIL, DÍA D

 

“¡Las centrales nucleares no explotan!”, dijo Colombres, visiblemente alterado, “simplemente no pueden explotar. Es como si explotara un lavarropas”.

“¿Y Chernobyl que fue?”, preguntó Ramírez.

“Carlos, Chernobyl fue una explosión química, no nuclear. Era un reactor RBMK y se incendió el grafito que la central usaba como moderador. Eso fue lo que voló el techo”.

“¡Pero hubo un montón de muertos!”.

“Sí, claro, pero muy pocos en relación con los desastres de la industria química en Bophal, donde hubo 3000 muertos, en Acha Ufa, Rusia, 600 muertos y en Kaohsiung, Taiwan, donde el dióxido de azufre mató otros 600. De esos nunca se habla”.

Lieberman asintió con la cabeza.

“Pero el humo...”.

“Mirá, si hubiese habido una explosión nuclear la hubiésemos sentido en el piso”.

“Pueden haberla hecho volar”, aventuró Ramírez.

“Puede ser, pero la verdad es que no vemos nada”.

“Mandemos la policía a investigar”.

“Carlos, estás loco. Si hay un escape radiactivo quien se acerque se muere. La policía no va a ir a ver solo por curiosidad. No son estúpidos”.

“Fernando, quiero el cálculo del viento y del avance de la nube”.

En las pantallas, la nube continuaba su lento desplazamiento.

“URGENTE”.

“NUBE RADIACTIVA AVANZA SOBRE BUENOS AIRES”.

 

La pantalla cambió a los rostros exaltados de Laurel y Hardy.

Edición especial de Contrapunto.

“¿Y esos cómo se enteraron tan rápido?”, se preguntó Ramírez.

“Fernando, llamá ya a la Comisión Nacional de Energía Atómica, a ver qué saben”.

 

“¡Repliegue!”, ordenó el jefe del equipo MIKE.

Los hombres, con equipos de buceo, y enfundados en trajes de neoprene, se dirigieron al conducto que conectaba la pileta de efecto sifón con la turbina hidráulica.

Veinte minutos más tarde, la totalidad de los integrantes de los equipos MIKE e INDIA se deslizaban por el conducto de bypass de la inmóvil turbina y se dirigían bajo el agua hacia el catamarán de la empresa de excursiones.

La pequeña nave no había sido elegida al azar. El diseño de su estructura ocultaba de la vista el ascenso de los buzos. Uno a uno, los hombres subieron a la nave. Allí, se separaron en grupos más chicos para abordar las lanchas con las que se perderían entre los múltiples cursos de agua de la zona.

El escape se había realizado con precisión cronométrica.

 

“Carlos, en Energía Atómica no contestan los teléfonos. Deben estar como locos contestando llamadas”.

“Bien, paremos la pelota un momento. ¿Qué es lo que realmente sabemos?”.

“Hubo una explosión. No sabemos de qué tipo. Y una gran nube que crece y se desplaza llevada por el viento”.

“Es decir que algo está pasando, natural o accidental. No hay humo sin fuego”.

“Buen dicho popular pero no muy exacto”, dijo Colombres.

“¿Cómo?”, preguntó Ramírez.

“¿Cómo qué cosa?”.

“¿Cómo que no es exacto? ¿Cuándo es que hay humo sin fuego?”.

“No que tenga la menor importancia en este caso, pero se puede hacer humo con generadores”, dijo el ingeniero.

El Director pensó un momento.

“Yo vi algo….”, comenzó a decir, y enseguida ordenó, “Jefe de Turno, el informe del robo al depósito del Ejército. ¡Ahora!”.

Las imágenes mostraban las calles llenas de vehículos. Bocinas. Algunos se adelantaban por las veredas. Tres personas habían sido aplastadas contra la pared por autos que se desplazaban por la vereda.

Las autopistas ya eran un caos.

Un choque en la Avenida General Paz obstaculizaba la circulación. La policía había intentado detener el tránsito para retirar los vehículos, pero dos agentes habían sido arrollados por los autos en fuga.

 

“OSCAR 1, 2, 3, 4. Luz Verde. Lucibello”.

 

Laurel y Hardy se mostraban muy agitados.

“Recomendamos a la población que trate de abandonar la ciudad en orden. La nube radiactiva no llegará hasta dentro de una hora”.

“¡Estos tipos están locos!”, gritó Ramírez, señalando la pantalla, “lo único que hacen es aumentar el caos. ¿Quién ordenó la evacuación de la ciudad?”.

“El informe que pidió, señor”, interrumpió el Jefe de Turno.

Ramírez pasó rápidamente las páginas.

“¿Qué buscás, Carlos?

“El robo al depósito del Ejército. No le presté atención porque se llevaron cosas obsoletas. ¡Ah, aquí está!”.

Señaló el renglón a Colombres.

“Generadores de humo (8)”.

 “¿Ves?. De ahí es el humo”, Ramírez pensó un instante, “pero de donde salió la nube en forma de hongo que vimos. ¿Eso también pueden hacerlo los generadores?”.

“No. Los generadores no. Pero una nube así es muy fácil de hacer con nafta y gasoil. Mi amigo Tom lo hace con su compañía de efectos especiales”.

“¡Claro!”, dijo excitado el Director.”Todo esto es una puesta en escena, Fernando. No es real. No pasa nada en Atucha. Todo está armado solo para provocar el pánico en la población. Que es exactamente lo que está sucediendo”.

“Me parece, Carlos, que el presidente debería salir en cadena nacional, informar que todo es una mentira y trasmitir calma a la población. Que nadie se mueva de su lugar que no pasa nada. Que no existe amenaza alguna”, dijo Colombres.

“Y esperar que le crean”, agregó.

 

Las pantallas de televisión se oscurecieron.

Las luces del CMC se apagaron. Pocos segundos después se encendieron las luces de emergencia.

“¿Qué?. ¿Qué pasó?”.

 

En cuatro lugares distintos de las provincias de Buenos Aires y La Pampa, los equipos de OSCAR acababan de volar las torres de alta tensión de las cuatro líneas de 500 kilovoltios que conectaban Buenos Aires con El Chocón y con el resto de la red.

La capital de la república quedaba sin energía eléctrica.

 

En el CMC se escuchó el arranque de los motores Diesel, las luces parpadearon y volvieron a encenderse. Automáticamente, las luces de emergencia se apagaron.

Una a una las imágenes volvieron a aparecer en las pantallas de televisión.

Las autopistas parecían hormigueros en crisis. En la autopista a La Plata, algunos automovilistas habían salido de sus vehículos y se había desatado una feroz batahola. Pronto había sonado el primer y anónimo disparo, seguido por otros. Varios cuerpos yacían inmóviles entre los autos.

Ramírez miró las pantallas.

“Uff, bueno ya está. Llamemos al presidente y terminemos con este desastre. ¿Qué habrá pasado?”, preguntó Ramírez.

“No te va a gustar”, dijo Colombres, “deben haber volado las líneas de trasmisión eléctrica, tal vez para evitar que el gobierno restablezca el orden”.

“Pero ya está arreglado”, dijo Ramírez, “los canales de televisión tienen sus propios generadores. El presidente puede salir al aire”.

Lieberman miró a Colombres.

El ingeniero se dirigió al Director con angustia en su voz.

“Se acabó, Carlos”, dijo, “Se acabó. Ya no tiene remedio”.

“¿Cómo que no?”.

“Carlos, el presidente puede hablar todo lo que quiera, pero nadie podrá escucharlo. No hay energía en la capital. Nadie tiene un generador para su televisor. Quien planificó esto esperó que la televisión creara el pánico y luego cortó la energía para que fuera irreversible.”.

“¿Y las radios de los autos?.  Por allí lo van a escuchar”.

“Sí, pero ya están metidos en el embotellamiento y no pueden salir”.

“Tambien están las radios portátiles y los celulares”.  

“La red de celulares ya colapsó, Carlos, igual que en las fiestas, y además hay algo mucho más importante”.

“¿Qué cosa? ¿Qué otra cosa puede ser peor?”.

“Si vos lo escucharas al Camello, ¿le creerías? ¿O pensarías que te está mintiendo otra vez, como lo ha hecho desde el primer día? ¿Confiarías tu vida y la de tu familia a los dichos de ese mentiroso?”.

“Además”, agregó Lieberman, “¿cómo sabemos que no habrá más golpes?”.

Recién entonces, Ramírez comprendió la gravedad de la catástrofe.

 

“QUEBEC. Luz Verde. Lucibello”.

 

Veinte minutos más tarde, las cargas explosivas estallaban en tres puentes de la Avenida General Paz.

El terror y la desesperación se adueñaron de la población de Buenos Aires. La peor pesadilla se había hecho realidad en la capital de la República.

 

La reunión en Casa de Gobierno había sido convocada de urgencia.

El ambiente era tenso mientras el Jefe del Estado Mayor Conjunto escuchaba con atención al presidente.

“Almirante, la policía está siendo rebasada y no puede ya mantener el orden. Las Fuerzas Armadas deben alistarse para intervenir, tomar el control de la población y poner fin a esta situación de caos. A partir de este momento, tienen una hora para salir a despejar las calles”.

“Señor Presidente, las FFAA no están preparadas para efectuar este tipo de operaciones. Hay mucha gente en la calle, inclusive algunos grupos armados, y no van a retirarse simplemente porque un soldado se lo ordene. ¿Cómo debemos proceder?”.

“Proceda de acuerdo a su criterio, Almirante”.

“Pero seguramente habrá enfrentamientos armados. ¿Autoriza usted a las tropas a abrir el fuego?”.

“Eso será decisión de los jefes militares. Usted debe cumplir las órdenes”.

“Señor Presidente, ¿está usted diciéndome que puedo o no usar las armas?”.

“Estoy diciéndole claramente, Almirante, que debe proceder según su criterio. Eso es todo. Puede retirarse”.

Los tres ministros presentes se miraron furtivamente y esbozaron la sombra de una sonrisa.

El almirante no se movió de su silla. Miraba pensativo la punta de sus dedos entrelazados.

“¿Entendió, Almirante? Retírese.”.

“Señor Presidente, quisiera trasmitirle una petición de los mandos”, dijo el marino.

“Bien, pero apúrese. ¿De qué se trata?”.

“Para siquiera comenzar a pensar en la posibilidad de actuar, los comandantes con mando de tropa requieren lo siguiente:

Una orden directa del Presidente autorizando el uso de las armas y asumiendo toda la responsabilidad por las consecuencias. Firmada y publicada, claro.”

El rostro del Presidente se tornó lívido de furia.

 “Se ha vuelto loco, Almirante, ¿o no entiende el idioma?”.

El almirante prosiguió inmutable.

“Pero antes de su orden requerimos una ley del Congreso que autorice el uso de la fuerza”.

“Eso es ridíc…”.

“Y una sentencia de la Corte Suprema de que tanto la ley como la orden presidencial son constitucionales”.

Los ministros no salían de su asombro, pero el más despierto de los tres se movió inquieto en su sillón.

La voz del Presidente se elevó una octava.

“Está totalmente loco, Almirante. ¿Cómo se le ocurre pedir algo así?”

“No es un pedido, Sr. Presidente. Es una exigencia. Lo hacen o las tropas no se moverán”.

“Voy a relevarlo, Almirante, y a poner a otro que sepa cumplir órdenes”, ladró el Presidente.

“Puede poner usted a cargo a un cabo, señor. El resultado será el mismo. ¿O cree usted que le digo esto sin haber consultado a los mandos?”.

“¡Retírese ya!”.

El almirante se paró y golpeó con su puño el escritorio.

“Basta de estupideces, Herrero”, gritó, dirigiéndose al Presidente por su apellido a secas. “¿Cree que somos idiotas? ¿Que vamos a salir a solucionar sus problemas para que luego nos digan que somos responsables de todo? Justo ustedes, los políticos, que borran con el codo lo que escriben con la mano, que dictan leyes y luego dicen que nunca existieron. Que siempre nos usaron ya sabe cómo qué y nos tiraron después. ¿Qué creen?, ¿que no nos acordamos de lo que hicieron? Entiéndalo bien, sin eso no se mueve ni un soldado, ni un marinero”.

El rostro del Presidente había perdido el color.

“Pero todo esto es ridículo. Aún si quisiéramos hacerlo no podríamos hacerlo a tiempo”, intentó.

“Eso es un problema suyo, Herrero. El pueblo lo eligió a usted, no a mí. Arréglese como pueda.”. El almirante se colocó la gorra.

“¡Pero el país está ardiendo! ¿Qué puedo hacer sin las tropas?”.

“¡Francamente, Camello, me importa un carajo!”.

Los pasos del almirante ya se escuchaban descendiendo rápidamente las escaleras.

El presidente se desplomó en su sillón. Desencajado.

“Estamos perdidos”, dijo el Camello, “prepare el helicóptero.”

 

La Operación Nínive estaba en pleno desarrollo.

“FOXTROT. Luz Verde. Lucibello”.

 

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