CAPÍTULO 33
PEAKTOP
BUENOS AIRES, ABRIL, DÍA D
 

 

El incidente tuvo lugar durante la noche y no revistió ninguna gravedad.

El indicador de nivel de la pileta de efecto sifón disparó la alarma, el sistema UB salió de servicio y la turbina hidráulica Francis de 2600 kilovatios, se detuvo.

Casi inmediatamente, se escuchó el estruendo del arranque de los motores Diesel, que se ponían en marcha para compensar la energía que dejaba de suministrar la turbina fuera de servicio.

De acuerdo a las normas de seguridad vigentes, debían arrancar como mínimo dos de los tres motores Diesel del sistema RY.

En este caso, en menos de veinte segundos, los tres motores arrancaron sin problemas.

“Muy bien”, pensó el Jefe de Turno, en la Sala de Control.

Era lo último que iba a salir bien ese día.

 

Los botes de goma se acercaron a la orilla.

Aún era de noche, pero amanecería en menos de una hora.

Los hombres del equipo MIKE saltaron a tierra y treparon los veinticinco metros de barranca sin siquiera agitarse.

Cargaban mochilas y en sus manos llevaban pistolas ametralladoras Heckler&Koch MP7, calibre 4.6x30 milímetros.

Esta arma les permitiría perforar los chalecos antibalas CRISAT, de titanio y Kevlar. Todos usaban cargadores de 40 proyectiles y silenciador.

En un último control, el jefe del equipo se puso cara al viento y sonrió.

“Hasta la naturaleza nos ayuda hoy”, pensó.

 

Con la primera claridad, el equipo INDIA irrumpió en la instalación a través de la entrada principal.

El sorprendido personal de vigilancia privada, que había reemplazado a Gendarmería Nacional fue eliminado sin piedad por los asaltantes.

En el momento en que los primeros rayos del sol acariciaron la superficie de cemento de las cúpulas, las instalaciones ya estaban en manos de los equipos MIKE e INDIA.

El camión ingresó por la entrada ya despejada y el personal comenzó a bajar los pesados equipos y los tambores de doscientos litros sobre la explanada.

Nada muy elaborado. Solo nafta y gasoil.

 

La atmósfera en el Centro de Manejo de Crisis era tensa, pero controlada.

Era muy temprano en la mañana del tercer día desde el comienzo de la crisis.

Pasados dos días, el personal ya se había acostumbrado a los turnos y la actividad se desarrollaba en forma continua.

 

Ramírez estaba reunido con Colombres cuando vio a Lieberman en la puerta de su oficina. La expresión de su rostro no auguraba nada bueno.

“¿Qué sabemos del subte?”, preguntó.

“Ya tenemos el informe del laboratorio”, dijo Lieberman.

“¿Qué dice? Contame lo esencial”.

“Esto es malo, Carlos, muy malo. Residuos de nylon, y de octógeno”, dijo el químico.

“¿Nylon?, ¿y qué otra cosa?”. A su lado, Ramírez vio ensombrecerse el rostro de Colombres.

El ingeniero pensó un instante y luego se tomó la cabeza.

“¿Qué te pasa, Fernando? ¿Qué pensás?”.

Colombres miró a Lieberman y preguntó, “Octonyl, ¿no es así?”.

Lieberman asintió.

“¿Puede alguien explicarme de qué hablan?”, se enojó Ramírez.

“Vos sos el químico”, dijo Colombres, “explicale”.

“Claro. Ciclotetrametilen-tetranitroamina, o sea, octógeno; con nylon.”

“Ahora explicalo de manera que yo pueda entenderlo”.

“El octógeno (HMX) es un explosivo moderno, más poderoso que el trotyl (TNT). La potencia de un explosivo depende de la velocidad de detonación, o sea de la rapidez con que libera su energía. Para darte una idea, la velocidad de detonación del trotyl es de 6900 metros por segundo, la del hexógeno (RDX) es de 8700 metros por segundo, y la del octógeno es de 9100 metros por segundo. Por eso se produjo semejante desastre en el subte”.

“¿Y lo llevaban en una bolsa de nylon? ¿O mochilas de nylon?”.

“No, existe un compuesto muy estable de octógeno y nylon que se denomina Octonyl. Eso es lo que usaron en el subte. Estamos casi seguros”.

“Bueno, ya sé que fue espantoso, pero, ¿por qué están preocupados ahora? Era un explosivo poderoso, pero ya explotó. ¿Cuál es el problema ahora?”.

“Carlos”, intervino Colombres, “el problema es que el octonyl es muy caro. Tiene solo usos militares y no se compra en el supermercado. Eso es lo que me preocupa. Olvidémonos del fertilizante y de las bombas caseras. Quien hizo esto tiene, no solo la capacidad técnica, sino también la económica, y además, cuenta con los contactos para conseguirlo. Nos enfrentamos a profesionales de primera línea”.

“¿Quién lo fabrica en el mundo?”.

“Lo hacen Chemza, en Eslovaquia, Nitro-Chem, en Polonia, y Plinke, en Frankfurt. Ah, y creo que alguien más en Serbia”, dijo Lieberman.

“Entonces podemos averiguar los compradores y seguir el rastro”, dijo el Director.

“Yo ni me gastaría”, dijo Colombres, “quien tiene la capacidad de comprarlo o conseguirlo, también tiene la capacidad de no dejar rastros”.

“Bien, de acuerdo, esto es muy grave, pero lo importante ahora es investigar para que no haya un segundo atentado. ¿Qué se les ocurre?”.

 

Todos recordarían la voz alegre del joven Jefe de Comunicaciones marcando el principio de la tragedia.

 

“Jefe”, dijo sonriente, parado en la puerta, “acaba de llegar un informe de Estocolmo. Muy buena información”.

“¿Estocolmo?. ¿Contestaron sobre el Sueco?”, preguntó Ramírez, con voz excitada.

“Sí. La policía sueca nos envía los datos de los aeropuertos. Informan que el sujeto llegó a Estocolmo desde San Petersburgo, y que luego, partió rumbo a Paris”.

“¿Y?, ¿eso es todo?”.

“No, señor. También informan que el sujeto no es ciudadano sueco”.

Su sonrisa se amplió. “Esto es bueno. El Sueco es ruso.”

 

Por un instante, Ramírez no reaccionó.

Sus ojos parpadearon y su mirada se fijó en la pared.

Sus hombres vieron desaparecer el color de su cara.

Sobre la pared, dentro de un sobre transparente, el CD aplastado le parecía una burla.
 

PEAKTOP
 

PEAKTOP
 

PEAKTOP

 

“¡Oh, Dios!”, musitó, “¡ohhh, por Dios!”

El Jefe de Comunicaciones ya no sonreía pero, preocupado, continuó su informe.

“Y también sabemos su especialidad, señor”.

Ramírez lo miró casi sin verlo.

“Por favor, dígame que no era un ingeniero nuclear”.

El Jefe abrió su boca de la sorpresa.

“Sí. Exactamente. Eso era, señor. ¿Cómo lo supo?”.

Sus manos crisparon el borde del escritorio.

Colombres se acercó asustado.

“¿Carlos, qué te pasa? ¿Qué sucede?”.

“Comuníqueme con Vigilancia de la Centrales Nucleares Atucha y Embalse. ¡YA...!”, gritó.

Ante el tono urgente y sin pedir permiso, el Jefe de Comunicaciones tomó el teléfono del escritorio del Director y ladró una orden.

Colombres se acercó al Director y lo tomó del brazo.

“¿Estás bien? ¿Qué pasa? ¿Qué es tan malo?”.

“¡Qué estúpido soy! Lo tuve ahí delante todo el tiempo. ¡Cómo se me pasó algo así!”.

“¿Qué cosa?”.

“Fernando, esto no es inglés. Es ruso. Es cirílico. La P es nuestra R.

No dice PEAKTOP. ¡Dice REAKTOR!”

 

“Señor, Vigilancia de la Central Nuclear Embalse informa sin novedad. Pero no tenemos comunicación con la Central Nuclear Atucha en ninguna línea, ni por radio.”

Súbitamente las pantallas de televisión del Puesto de Comando cambiaron a los canales de noticias.

La pantalla roja de Crónica TV, mostraba el texto en grandes letras blancas.

Gracias Placas Rojas.

“URGENTE”.

“ACCIDENTE NUCLEAR EN ATUCHA”

Pocos segundos después la pantalla cambió.

“EXPLOSIÓN NUCLEAR EN ATUCHA”.

Mientras los hombres contemplaban atónitos el texto, la pantalla cambió a una imagen de la Central Nuclear Atucha.

No se veía nada salvo una densa humareda negra y gris.

Y luego, lentamente, desde el lugar donde estarían las dos grandes semiesferas, una gran nube negra en forma de hongo comenzó a elevarse hacia el cielo.

 

Perdidos entre la sorpresa y el horror, nadie reparó en que el viento imperceptiblemente inclinaba la nube hacia el sudeste.

Hacia la ciudad de Buenos Aires.


 

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