CAPÍTULO 32

CABALLO DE TROYA

BUENOS AIRES, ABRIL, Día D-1


¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Horas?, ¿días?

Caído sobre su costado izquierdo, Olivares trataba de aclarar su mente.

En realidad había perdido la conciencia solo una fracción de segundo.

La sensación pegajosa debajo de su cuerpo le decía que estaba sobre un charco de sangre.

Y agua. Agua que goteaba frente a su rostro.

Abrió lentamente los ojos.

Los pies de Giselle, apenas separados, se encontraban firmemente plantados en el suelo.

Levantó la vista.  Las piernas abiertas, las rodillas levemente flexionadas y el vello púbico goteando agua.

Los pechos erguidos de Giselle casi inmóviles. Sus brazos extendidos al frente con los codos flexionados.

En su confusión, el coronel pensó que algo no encajaba en la imagen.

Algo estaba mal. Fuera de lugar.

 

La pistola Browning calibre .380 aún humeaba en la mano derecha de Giselle. Su mano izquierda sostenía la base de la empuñadura.

Posición clásica de tiro. Militar.

Los ojos brillantes sobre la mira.
Los labios que tanto había besado apretados en firme determinación.
Otra Giselle. Una desconocida.

“¿Qué?”.

Uno de los hombres en el suelo levantó su arma.

Casi sin moverse, Giselle re alineó su puntería y disparó.

Un solo disparo.

En el medio de la frente del asesino apareció un nítido agujero mientras su cabeza era lanzada hacia atrás.

A lo lejos se escuchó una sirena de la policía.

Giselle se inclinó sobre Olivares.

Rápidamente palpó todo el cuerpo de Olivares, buscando heridas.

No las había. La sangre que lo bañaba no era suya.

Giselle suspiró aliviada.

“Amor, estás bien. No tenés nada. Estás bien. Ahhh, estás bien”, dijo, estrechándolo en sus brazos.

“¿Quién?. ¿Quién sos?”.

El sonido de la explosión aún reverberaba en sus oídos como un profundo eco.

La niebla en su mente le impedía comprender la situación.

“Descansa, amor. Solo tienes una conmoción por la explosión. Pronto estarás bien”.

El nublado pensamiento de Olivares se despejó levemente. Y comprendió.

“¿Quién sos en realidad? ¿Quién te envió?”.

“Descansá, Gustavo, mi amor. No es momento para hablar. Ya te explicaré”.

“¿Me engañaste todo este tiempo? Me mentiste. Tanto que no sé quien sos”.

“Por favor, Gustavo. Comprendeme y perdoname. No podía ser de otra manera”. Giselle se paró, se puso un impermeable sobre su cuerpo todavía mojado y metió sus pies en sus zapatos de taco.

“Gustavo, escuchame bien. Vos estás bien, pero yo no puedo quedarme. Después de esto, mucha gente sabrá quién soy. Para vos, el problema ya terminó. No van a volver. Vos ya estás seguro, yo no. Y tengo que llevarme a Stamp. Está herido, y no sé qué tan grave”.

“¿Conoces a Stamp?”. Más una afirmación que una pregunta.

“Te vi disparar, Giselle. No era tu primera vez. ¿Éste es tu trabajo full time, verdad?”.

Giselle asintió, con expresión angustiada.

“¿Fue una mentira desde el avión, no es así? Una perfecta mentira”.

"No”, dijo Giselle con firmeza, “hay muchas cosas que no sabés. Empezó como un trabajo, pero después todo cambió. Tanto como no te imaginás.”

“No te creo, Giselle. Creo que Lucibello aseguró bien su inversión. Fue él, ¿verdad?”, preguntó Olivares.

Giselle asintió nuevamente. “Lucibello sabía que eventualmente un solo guardaespaldas no sería suficiente. Y tenía razón.”.

Olivares intentó incorporarse y se sintió mareado.

“No te pares. Vas a desmayarte, Ya vienen por vos, amor. Descansar”.

“¿Cómo pude no darme cuenta? Estaba ciego. No eras Helena. Eras el Caballo de Troya”.

 “Te quiero, Gustavo. Hay tantas cosas que no sabes. Y que no te imaginas. Cuídate, mi amor”.

Los ojos llorosos y la mirada de infinita tristeza de Giselle fueron lo último que vio antes de perder nuevamente la conciencia.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "PEAKTOP"