CAPÍTULO 31
ÚLTIMO TREN
BUENOS AIRES, ABRIL, Día D-1

 

“Voy a ducharme, amor”.

Olivares la vio desnudarse y respiró profundo.

Giselle caminó hacia el baño desnuda, sus firmes nalgas contoneándose levemente.

“¿Qué mirás, tonto?”, dijo Giselle entre risas.

Se paró en la puerta y arqueó la cintura, apuntando su trasero hacia el coronel.

“¿Algo que te interese?”, le dijo.

Olivares se levantó y dio dos zancadas hacia ella, pero antes de alcanzarla Giselle se escabulló dentro del baño y cerró rápidamente la puerta.

“Paciencia, soldado, hay que esperarme pero vale la pena”.

El coronel escuchó su risa musical, y enseguida el sonido de la ducha.

Escuchó la música a todo volumen dentro del baño.

Electric Light, “Ultimo tren a Londres”.

Ah, Giselle…

 “¿Cómo podía mantener su buen humor?”, se preguntó Olivares.

Giselle había retirado de su oficina los documentos que necesitaba y la había cerrado. Su equipaje estaba listo. Partirían en una hora.

Su tarea tambien estaba cumplida. La reunión había sido breve. Los preocupados ejecutivos habían entregado al coronel una serie de precisas instrucciones para una urgente reunión con Lucibello. Requerían garantías de que la situación no se saldría de control.

El atentado del día anterior en el subterráneo había sido la última gota. A la medianoche, el presidente había decretado el estado de sitio. Lo que aún no estaba muy claro era quién estaría a cargo de la ejecución de las medidas que el gobierno pudiese ordenar. Las Fuerzas Armadas habían ampliado el perímetro de seguridad de sus cuarteles e instalaciones, ocupando pequeñas zonas urbanas, bloqueando calles y reforzando las guardias. Todo el personal militar vestía uniforme de combate y armamento completo. Pero todas eran medidas defensivas. Se advertía en los militares un manifiesto desinterés en intervenir en temas que consideraban responsabilidad de los políticos. El mensaje que circulaba informalmente entre las unidades era muy simple: “Quién ataca un cuartel, muere. Afuera, que se maten tranquilos”. Las Fuerzas de Seguridad y la Policía, tan vejadas y vapuleadas por el poder político, ahora se preocupaban más por la protección de su propio personal que por la seguridad pública. Ya casi no se veían policías en las calles.

 

El país se desintegraba minuto a minuto y el coronel no estaría tranquilo hasta que hubieran dejado el territorio nacional.

Tampoco era fácil salir del país. Todo era un caos. Pero en el caso de Olivares y Giselle, el mismo avión que los había traído de Montevideo los llevaría de vuelta.

Stamp volvería de la misma manera en que había llegado a Buenos Aires antes que él. Por sus propios y misteriosos medios.

A pesar de todo, los temores del coronel no se habían concretado en realidades.

No había habido ninguna nueva amenaza contra su vida.

De su misión solo restaba la reunión con Lucibello para la trasmisión de los requerimientos de sus empleadores y la transferencia de la cuarta y última cuota del contrato.

Luego todo terminaría.

Terminada la misión terminaría la amenaza.

En la reunión el coronel había ocultado sus pensamientos. Había varias cosas que Olivares quería aclarar con Lucibello. Si no recibía una respuesta satisfactoria, el último pago quedaría en suspenso.

 

El coronel salió al balcón del departamento del tercer piso.

Una hermosa tarde de otoño.

Abajo, se extendía el parque del edificio, lindante con la playa de estacionamiento.

Lo presintió antes de verlo.

Movimientos extraños.

 

Cuatro hombres corrían a través de la playa de estacionamiento, armas en mano.

Escuchó dos disparos y vio a Stamp disparando parapetado detrás de un auto.

El hombre de adelante cayó y rodó. Otros dos continuaron su carrera hacia la entrada del edificio, mientras que el restante devolvía el fuego de Stamp.

Vio a Stamp tomarse el hombro y caer pesadamente sobre el auto. Pero aún disparaba y el hombre se sacudió y se desplomó sobre el cemento. Stamp se deslizó lentamente hasta el suelo.

Todo había ocurrido en segundos.

Olivares se apartó del balcón y tomó su pistola.

Stamp estaba muerto o demasiado herido para ayudar.

Había eliminado a dos hombres, pero quedaban otros dos que tardarían diez segundos en llegar a su puerta.

No tenía tiempo de avisar a Giselle que estaría aturdida con su música debajo de la ducha. Lo intentó gritando. “¡Giselle...!”.

Sin respuesta. Electric Light. “Último tren…”.

Se parapetó detrás de un mueble de sólida madera de roble y levantó su pistola apuntando a la puerta.

En ese instante, la puerta voló en pedazos y con ella parte de la pared.

El extremo del mueble que daba a la puerta se deshizo en astillas.

Todo el mueble se desplazó violentamente hacia atrás aplastando a Olivares contra la pared.

Sintió el impacto de su cabeza contra la pared, todo su alrededor se sacudió y cayó hacia un costado.

Su vista se nubló. Los oídos le zumbaban con un sonido agudo.

Faltaba la mitad de la pared.

“Giselle debe haber escuchado eso”, pensó, en su estado de semiconsciencia.

Tenía tanto sueño.

Aturdido por la explosión y el golpe en la cabeza, Olivares no había soltado su pistola y, en una acción automática volvió a apuntar hacia donde había estado la puerta. Distinguió cuatro figuras avanzando entre el polvo y disparó.

Tres veces, en rápida sucesión.

El hombre de punta cayó hacia delante.

Cuatro, cinco, seis. Contó mecánicamente. Los trece tiros del cargador debían alcanzar.

El segundo hombre se tomó el estómago y cayó de rodillas.

Siete.

El tercer hombre se tomó el brazo, alcanzado por un disparo.

Ocho.

El proyectil penetró por el cuello, y el tercer hombre se desplomó.

Nueve.

Falló el disparo.

El cuarto hombre estaba parapetado detrrás de la pared.

Solo su pierna sobresalía.

Diez.

El cuarto hombre se tomó la pierna y se inclinó hacia delante.

Once.

El proyectil hizo impacto en el hombro del cuarto hombre, haciéndolo girar.

Apuntó a la cabeza.

Doce.

La cabeza del cuarto hombre cayó hacia atrás.

 “¡Clack!.”

Olivares vio con sorpresa la vaina servida atrapada en la ventana de eyección.

Trabada.

Debía destrabarla, pero, ¿por qué tenía tanto sueño?

Su mano izquierda no obedecía su orden de accionar la corredera.

El hombre arrodillado cayó finalmente al suelo.

Olivares veía en tonos de grises.

“¿Por qué no veo los colores?”, se preguntó, “es como una película vieja”.

De golpe vio otros dos hombres entrar entre el polvo, pistolas en mano.

“No es justo”, pensó, “me agregan enemigos, ¿de dónde salieron? Justo ahora que tengo que dormir.”

Escuchó un sonido a sus espaldas y supo que Giselle había salido del baño.

“No, amor, van a matarte. Quedate en la ducha”.

Vio la expresión de asombro en los ojos del asesino.

Por el rabillo del ojo vio a Giselle parada en el marco de la puerta. Totalmente desnuda, chorreando agua.

Los asesinos levantaron sus pistolas.

La vista de Olivares se nubló, sus músculos se aflojaron y su cuerpo se desplomó.

“Giselle, Giselle…”, pensó angustiado mientras la oscuridad lo invadía.

Un instante antes de perder la conciencia escuchó dos disparos.

“¡Giselle…!”.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "Caballo de Troya"