CAPÍTULO 29
VIGILIA
ARGENTINA, ABRIL, DÍA D-3
 

 

“Vieron mmm, mmm,… ¿Córdoba?”

“Fernando, terminá tu medialuna antes de hablar.”

Colombres tragó su medialuna.

“¿Vieron el kilombo de Córdoba?”, repitió.

“Nunca pude averiguar si esa palabra se escribe con k o con q”, acotó Lieberman.

“Pueden dejarse de joder con estupideces y hablar en serio”, los retó Ramírez.

“Él tampoco sabe”, dijo Colombres, señalando al Director con la cabeza, “por eso quiere cambiar de tema”.

Lieberman asintió. “No sabe”.

“Sí que sé”, dijo el Director, un tanto molesto, “y no quiero cambiar de tema”.

“Quiere hablar de kilombos”, dijo Colombres, “no sabía que era un experto”.

“Ilumínanos, Maestro Yoda”, dijo Lieberman.

El director del CMC cerró los ojos, respiró profundo y aguantó la respiración unos segundos. “Un día de éstos van a terminar con sus medialunas en el pasillo”, pensó.

“Quilombo viene de la palabra kilombo, en Kimbundu, idioma que todavía se habla en Angola, y se refiere a pequeñas poblaciones fundadas en Brasil por los Quilombolas”, dijo Ramírez.

“¿Viste que bien inventa?”, dijo Lieberman.

“No estoy inventando”, dijo el Director, golpeando el escritorio,”y basta de hablar pavadas por el resto del día, o los mando a cortar el césped con una tijerita”.

 

“La verdad no sabemos quienes lo hicieron”, dijo Colombres.

“Fue un misil tierra-aire, pero todavía no sabemos cuál”, dijo Lieberman.

“¿Cuáles son las posibilidades?”, preguntó el Director.

“Hay varios. Blowpipe, Stinger, SA-7, los más probables. Pero hasta no tener el informe no hay forma de saber”.

“¿Pudieron ser los militares?”, preguntó Ramírez.

“Y, como poder, son los que más capacidad tienen, pero no me parece”, dijo Colombres.

“¿Por qué no?”.

“Porque hay informes de la policía de Córdoba respecto de movimientos extraños en la zona en ese momento. Se vio una camioneta con dos hombres muy cerca del lugar desde donde se supone que fue lanzado el misil. Y se encontró instrumental de agrimensura abandonado, en el mismo lugar”.

“¿Y?. Pudieron escapar asustados por la explosión. Ya volverán a reclamarlo”.

“No van a reclamar nada. El instrumental es obsoleto y no funciona. Solo sirvió como fachada.”

“Entonces, ¿quién, y, sobre todo, para qué? Quién más pudo haber querido volar un avión lleno de munición para el FALB?. ¿Para qué?”, preguntó Lieberman.

Ramírez pensó un momento.

“Alguien que quiere mantener el equilibrio. Alguien a quien le interesa que haya una confrontación, pero no un ganador.”

“Uh-uy!”, dijo Colombres, “eso sería un kilombo!”.

“Yo nunca supe si esa palabra...”, empezó Lieberman.

“¡No empecemos de nuevo!”, lo cortó Ramírez, “terminó el recreo, chicos, a trabajar. Nos vemos en cuatro horas con las novedades”.

Y los empujó fuera de la oficina.

 

 “Tenemos una pista sobre PEAKTOP”,  anunció Colombres, “no es muy firme, pero puede ser lo que buscamos”.

“Dale, Fernando, contanos”, lo apuró Ramírez.

“Luego de filtrar toda la información de acuerdo a tus instrucciones solo quedó el nombre de una compañía holandesa, con sede en Rotterdam. PEAKTOP CHEMICAL”.

“¿Una compañía química? ¿La investigaron?”.

“Aparentemente es toda legal, pero hay un dato que nos llamó la atención. Está registrada en la Aduana. Exportan a varios países del mundo, uno de ellos, Argentina”.

“Averigüen si hay algún embarque reciente con destino a nuestro país”.

“Ya lo hicimos. Entró un contenedor al puerto de Buenos Aires el mes pasado. Veinte pies, compuestos químicos”.

“¿Solo dice Compuestos Químicos?, ¿sin especificar?”.

“Fertilizantes”, dijo Colombres, preocupado.

“Oh-oh!”, exclamó Lieberman.

“¿Qué pasa?”, preguntó Ramírez.

“Ideal para explosivos caseros”, explicó Lieberman.

“¿Fertilizante y qué más?“, preguntó Ramírez, “¿se necesita algún otro compuesto, no es así?”

“Yo hago una bomba con fertilizante, papel de diario y un par de cosas más en diez minutos”, dijo Colombres, explicando el procedimiento.

“Puede hacerse más elaborada con otros elementos, pero con lo que dice Fernando alcanza”, dijo el químico.

“¡Oh, por favor! ¿Todo un contenedor de veinte pies? ¿No es una cantidad enorme?”, preguntó el Director.

“Bueno, pueden usar una parte para sus macetas y el resto para volar la ciudad”, dijo Colombres.

“¿Donde está el contenedor ahora?”.

“Salió camino a Olavarría hace tres días”.

“Es decir que ya puede estar en cualquier parte. Quiero que rastreen el contenedor. Averigüen quién lo ordenó, quién lo recibió y quién es el destinatario final”.

“¿Y después?”.

“Observen sus movimientos durante cuarenta y ocho horas. Luego deténganlos para interrogarlos y confisquen el contenedor”.

“Estamos pescando, Carlos”, dijo Colombres, “puede no ser nada”.

“Es lo único que tenemos por ahora. Y un poco de paranoia no le hace mal a nadie”.

“Ah”, agregó, “pasando a otro tema. ¿Cómo anda la vigilancia del Congreso? ¿Algún indicio o actividad sospechosa?”.

“Los carteristas de siempre. Y robaron dos negocios a una cuadra. Lo vimos todo, teníamos ocho hombres en la zona, pero los dejamos hacer para no delatar nuestra vigilancia”.

“Los ladrones con más suerte del mundo”, dijo Ramírez, “¿qué hay de la lista de visitantes?”.

“Nada anormal, hasta ahora. Pero no sabemos qué estamos buscando, así que pueden pasar bajo nuestras narices y no darnos cuenta hasta que actúen”.

“Hay algo que no me cierra en esto. ¿Para qué querría alguien atacar o volar el Congreso? Los legisladores son una manga de retrasados mentales. ¿Quién querría hacerle tanto bien a este país como para sacarnos esos tipos de encima? Tendríamos que darle una medalla, no perseguirlo”.

“Cierto”, se rió Colombres, “pero primero tenemos que encontrar a ese benefactor. Tenemos dos pistas. El Congreso y el contenedor”.

“Manténganme informado dos veces por día. Esta situación se deteriora muy rápidamente. Los índices de criminalidad han aumentado tal como predijeron. La semana pasada entraron ladrones a un depósito del Ejército, pero solo robaron unos generadores viejos y obsoletos. A eso se suma una situación de guerra no declarada entre el FALB y las Fuerzas Armadas. Y el gobierno que ya no controla nada. Esto puede durar tres meses o tres días, pero nosotros vamos a cumplir nuestro trabajo hasta el último minuto”.

 

Luego de una agitada reunión con el presidente, el comandante del FALB consiguió lo que necesitaba. El presidente le aseguró que no autorizaría el accionar de las Fuerzas Armadas fuera de sus cuarteles. Ya todas las unidades estaban, de hecho, auto acuarteladas, con las licencias suspendidas. La renuncia del Jefe del Estado Mayor del Ejército había dejado un vacío que ningún general estaba dispuesto a llenar y las Fuerzas Armadas habían entrado en un peligroso estado deliberativo. Solo el prestigio personal de algunos generales contenía la latente furia de los jóvenes oficiales.

 

En un local del centro de Buenos Aires, el jefe del equipo MIKE colocó un CD en su PC.

Abrió el Autodesk Inventor y marcó un archivo.

La pantalla se llenó con un plano.

El Congreso de la Nación.

Sacó un papel y controló las coordenadas. Correspondían a una esquina del edificio.

Marcó una zona alrededor del vértice y la amplió con el zoom.

En la pantalla aparecieron las líneas y el vértice.

Volvió a ampliar la zona.

El vértice se veía nítidamente.

En la tercera ampliación notó un punto que apenas se diferenciaba de las líneas.

Marcó una pequeña zona alrededor del punto y volvió a usar el zoom.

Esta vez, el punto se convirtió en un conjunto de líneas y figuras.

Un plano dentro de otro plano.

El jefe de MIKE era un profesional y un perfeccionista.

Contempló un instante el plano en la pantalla.

“Trabajar con Lucibello es siempre un placer”, pensó, “trabajaría gratis. Lo que uno aprende, aún eso solo, ya vale la pena”.

 

A las tres de la mañana, el Director del Colegio Militar de la Nación avisó al Director del CMC que el Instituto quedaba acuartelado y que no se autorizaría la entrada de personal a partir de las ocho horas.

Dada su ubicación dentro del perímetro del Colegio Militar, la seguridad externa el CMC estaba a cargo del Cuerpo de Cadetes, pero la seguridad interna estaba determinada por sus propios protocolos y era responsabilidad de su personal, tanto civil como militar.

Ramírez puso en ejecución su plan de emergencia y una hora antes del plazo todo el personal del Centro de Manejo de Crisis se hallaba en sus puestos.

No se moverían de allí hasta la resolución de la crisis.

A las nueve de la mañana, el Director ordenó ejecutar los protocolos de emergencia.

Todo el personal militar y civil del CMC pasó a retirar su armamento individual.

Se ejecutaron los controles de todos los sistemas del CMC y de las comunicaciones con el exterior. Se realizaron inventarios actualizados de alimentos, agua y munición, y comenzaron a funcionar los tres turnos de ocho horas.

A las once de la mañana, Ramírez declaró formalmente el estado de crisis y ordenó sellar el perímetro del CMC.

La vigilia había comenzado.

 

Irónicamente, a la misma hora un mensaje de solo cuatro palabras era enviado a varias direcciones.

“Nínive. Luz Amarilla. Schiller”.

 

En las dos horas siguientes, se recibieron las respuestas.

FOXTROT. Listo.

GOLF. Listo.

INDIA. En marcha.

JULIET. Listo.

MIKE. En marcha.

NOVEMBER, 1, 2,3. Listos.

OSCAR 1, 2, 3,4. En marcha.

QUEBEC. Listo.

ROMEO. En marcha.

 

Minutos más tarde partió la orden:

“Oscar 1, 2, 3, 4. Romeo. Standby. Lucibello.

“Nínive. Luz Verde. Lucibello”.

 

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