CAPÍTULO 27
LA NOCHE DE PALERMO
BUENOS AIRES, ABRIL
El coronel Jorge Alberto Cassini nunca debió haber sido jefe del Regimiento de Patricios. Su destino, luego de comandar una compañía de Comandos y un pequeño contingente de paz de las Naciones Unidas en Bolivia, era un cómodo escritorio en Operaciones del Estado Mayor General. Sería el último puesto de su carrera, ya que no tendría más mando de tropas y su ascenso a general no estaba en la mente de nadie. Cassini consideraba que había cumplido su ciclo con corrección y estaba resignado a dejar la actividad a fin de año.
En diciembre, el accidente automovilístico del jefe designado, ocurrido tan sólo doce días antes de asumir el mando, puso al Jefe del Estado Mayor en una disyuntiva. Modificar los destinos de varios jefes que ya estaban en sus nuevos puestos para cubrir el cargo no tenía sentido. Más fácil era nombrar a alguien que nadie extrañaría. Cassini fue nombrado Jefe de Regimiento, y en el Estado Mayor nadie lamentó su partida, aunque en Patricios lamentaron su llegada.
Lejos del ceremonial, el áspero coronel entrenó a su unidad como si la guerra fuera a estallar esa misma noche.
Tiro y combate todo el día. Y a la noche, combate y tiro.
Los históricos Patricios, de galera y pluma, nunca desfilaron tan mal; para desazón del público de los desfiles, para risa de los chicos, y para los comentarios irónicos del Jefe del Estado Mayor, un general de artillería, a su segundo, un sufrido general de infantería.
Pero el destino había querido que esa noche de luna la imaginación de Cassini se convirtiese en una sólida realidad. El aire de Palermo vibraba con los proyectiles.
El Grupo Uno de la Sexta Columna del FALB penetró al cuartel por la pileta, en dirección al edificio del gimnasio, llamado ahora Salón Patricios. El violento fuego recibido desde los edificios frenó su rápido avance y obligó a sus integrantes a tomar posiciones y contestar los disparos.
José Camilo López, que avanzaba con el Grupo Dos, estaba furioso. El objetivo era llegar hasta el fondo del cuartel lo más rápidamente posible. La limpieza vendría después, pero los edificios debían ser tomados. El Grupo Dos atacó por el sector del edificio que una vez fuera el Comando del Primer Cuerpo de Ejército. Rodearon el edificio por ambos lados y se dirigieron hacia la Plaza de Armas sin encontrar resistencia. Fue en ese momento que López escuchó las explosiones a su derecha. Los primeros hombres del Grupo Tres que avanzaban entre los árboles hacia la derecha del edificio de la Inspección General del Ejército, habían pisado dos minas, y cinco hombres estaban fuera de combate. El jefe del Grupo, imposibilitado de continuar su marcha hacia el costado de los edificios a través del recién detectado campo minado, ordenó desviarse hacia la Plaza de Armas y entrar a los edificios por el frente.
En medio de la oscuridad y sin resistencia, López desembocó con el Grupo Dos en la Plaza de Armas.
Comunicado con sus jefes de grupo por medio de teléfonos celulares, López recibió un mensaje del Grupo Uno. Habían encontrado dos altas paredes, recién construidas, que les impedían rodear el Salón Patricios, pero el enemigo se estaba retirando y ya continuaban su avance hacia la Plaza de Armas.
“¿Paredes nuevas?, ¿minas?”. De golpe, López tuvo una sospecha. ¿Estaban siendo encauzados?. Sin dudar, ordenó que los grupos mantuvieran las posiciones alcanzadas e informaran.
Los jefes de los Grupos Uno y Tres, con el objetivo a la vista, dudaron y, entusiasmados por el éxito, continuaron a la carrera su ataque a través de la Plaza de Armas.
López, sin poder controlar a sus grupos de combate, esperó el desenlace del asalto.
La intensidad del fuego de los defensores, en el primer piso del edificio, disminuía, y finalmente, cesó. Los primeros hombres llegaron al edificio encontrando que los espacios entre las columnas habían sido bloqueados por paredes y alambradas. Las paredes parecían recién levantadas y no se veían muy sólidas, pero bloqueaban eficazmente el acceso al edificio.
No había forma de entrar por la planta baja.
Treinta segundos después, los atacantes aún no habían podido derribar los obstáculos y los hombres se amontonaban agazapados frente a las columnas y paredes.
López vio asomarse por una ventana del primer piso a uno de los defensores. Boina verde. "¿Comandos?", pensó, "no puede ser, ¿qué hacen aquí?". De hecho se trataba de una sección de Comandos que Cassini había hecho ingresar por el fondo del cuartel al amparo de la oscuridad.
“¡Plástico, ya!”, gritó un jefe de grupo, pidiendo explosivos para volar las paredes.
Y en ese instante, en la pared del edificio que habían dejado a sus espaldas, estallaron las Claymore. Las cargas de C-4 de las minas direccionales dispararon las 700 bolillas de acero por mina a través de la Plaza de Armas, marcando el frente del edificio como picado de viruela y alcanzando a decenas de hombres y mujeres. Los pocos que resultaron ilesos corrieron en desbandada hacia la entrada.
Solo segundos más tarde, la segunda serie de Claymore, disparada en sentido transversal desde el frente del Salón Patricios, barrió con los milicianos que corrían al descubierto.
La Plaza de Armas estaba cubierta de cuerpos, algunos inmóviles, otros contorsionándose de dolor. Todos ensangrentados.
Cassini llamó a su segundo y ordenó, "terminen con ellos, no quiero prisioneros, esto debe ser un escarmiento". Luego de unos instantes agregó, "pero no quiero que se escuchen más disparos, usen solo los cuchillos".
Durante dos horas, los defensores del regimiento y los comandos peinaron meticulosamente toda la extensión del cuartel, terminando con el sufrimiento de los heridos. La luna llena iluminaba el horrendo espectáculo de los anchos cuchillos aserrados cercenando las gargantas.
Recorriendo el escenario del combate, el coronel Cassini pensó en Alejandro en Queronea, informando a Filipo sobre el resultado de su acción contra los tebanos, “Padre, el Batallón Sagrado ya no existe”.
De la misma manera, la Sexta Columna del FALB ya no existía. Unos pocos afortunados sobrevivientes habían logrado salir del cuartel. Entre ellos, un aturdido José Camilo López, que había quedado fuera del alcance de las Claymore y se había arrastrado en la oscuridad hasta la calle para luego desaparecer en la noche. Tan sólo doce horas después, la conducción del FALB lo condenaría a muerte por su fracaso, pero el cumplimiento efectivo de la sentencia estaba en duda ya que el condenado no mostraba deseos de colaborar.
Con las primeras luces, los periodistas de todos los medios se atropellaron para entrar al cuartel. Su entusiasmo profesional les duró hasta que alcanzaron la Plaza de Armas. Los cuerpos no habían sido tocados y permanecían en grotescas posturas en toda la superficie de lo que pasó a llamarse en el ámbito militar “la plaza roja”.
Un profundo silencio envolvía el lugar. Apenas se escuchaba el sonido de la brisa agitando las hojas de los árboles. Se hablaba en susurros. Tal vez por respeto a los muertos, o tal vez por la impresión que provocaba la magnitud de la tragedia. Se caminaba con pasos cortos, lentos y cuidadosos, como si se tuviera miedo de despertar a los que allí yacían. No hacía frío, y sin embargo, los visitantes fueron, uno a uno, levantando sus solapas, cubriendo inconscientemente sus cuellos.
El olor acre de la pólvora aún flotaba en el ambiente, hiriendo el olfato de los recién llegados. Los más sensibles de estómago no pasaron del borde. Otros recordarían para siempre la sensación pegajosa de la sangre bajo sus suelas. Algunos nunca limpiarían sus zapatos, prefiriendo simplemente deshacerse de ellos y de los recuerdos.
En sólo una hora las imágenes recorrían el mundo, precedidas de una advertencia a la audiencia, sobre la salvaje crudeza de las mismas.
Al mediodía, el Presidente de la Nación convocaba y recibía al Jefe del Estado Mayor del Ejército.
“Señor Presidente, por favor comprenda que esa no es una buena idea”.
Rojo de ira el Presidente golpeó la mesa con el puño, e inmediatamente comprendió que esa tampoco había sido una buena idea. Gritó de dolor y se frotó la mano.
“¿Por qué no puede relevar a ese coronel y meterlo preso? Por Dios, trescientos veinte muertos, muchos de ellos degollados. ¿Qué necesita, general, que mate cuántos? ¡Quiero preso a ese asesino!”.
“Señor Presidente, no digo que no lo entienda. Digo que no es conveniente. El regimiento fue atacado y todos los muertos están dentro del cuartel”.
“Qué me importa donde están. Métalo en una celda y dentro de diez años veremos”.
“Señor”, se exasperó el general, “si intentamos meterlo preso, es muy posible que no tengamos diez años más, ni tampoco diez días”.
“¿Qué quiere decir con eso?”, gritó Herrero.
“Quiero decir, señor, que el coronel Cassini está dentro del Regimiento y no va a salir para meterse en una celda”. “Señor”, continuó, “por favor comprenda que no se puede actuar contra el vencedor en el campo de batalla. Simplemente no puede hacerse. Nadie cumpliría mis órdenes. Si usted insiste en ordenarme esto no tendré más remedio que pedirle mi relevo. No estoy dispuesto a sufrir semejante vergüenza. Inútilmente, además, porque Cassini no se va a ir”.
“Entonces, ya que usted no controla a sus subordinados, haré que lo meta preso un juez. Retírese ya, general”, dijo Herrero con desprecio.
Seis horas y tres jueces más tarde, el Presidente comprendió que el general no estaba tan equivocado. No es que no existieran argumentos legales. Siempre había algo. Y aún si no lo había, lo inventarían. No sería la primera vez. Pero los pocos jueces que quedaban tenían aún frescas en sus mentes las imágenes de las cabezas cercenadas de sus colegas y familiares y estaban reconsiderando sus prioridades.
Dos de los jueces consultados se excusaron de intervenir.
El tercero, ni siquiera atendió la llamada del presidente. "Su estupidez no tiene límites", comentó a un secretario.
El Jefe del Estado Mayor, agobiado por una situación que lo sobrepasaba y moralmente agotado por el maltrato, redactó su solicitud de relevo y la envió con su ayudante. Profundamente amargado pero con su dignidad a salvo, se recluyó en su casa de campo a descansar, y jugar con sus nietos por primera vez en años.
El presidente se encontró ante una difícil decisión.
Podía relevar al coronel Cassini, pero si éste ignoraba la orden lo único que quedaría en evidencia sería la propia impotencia del presidente para hacer cumplir sus órdenes.
Comprendió que, simplemente, no tenía el poder para desplazar a un jefe victorioso.
Tendría que buscar otro camino.
Ese no era su único problema.
El FALB, el brazo armado en el que confiaba, había recibido un durísimo golpe y por un buen tiempo no podrían reclutar a nadie que estuviese medianamente cuerdo. Un nuevo vuelo con la munición que necesitaban estaba próximo a llegar, pero lo que ahora faltaba era el personal. Las sangrientas imágenes de la televisión habían dañado al FALB mucho más que los proyectiles y cuchillos.
En medio de la indecisión del presidente, el poco control que retenía se perdería y el país entraría en un vórtice de creciente violencia.
“Schiller, Armani, esto les ha salido como para un libro de texto.”
Una suave llovizna caía sobre la sabana.
Terminada la cacería los leones dormían satisfechos.