CAPÍTULO 26
LA CHISPA
BUENOS AIRES, ABRIL
La topadora había sido llevada hasta el lugar por un equipo de vialidad. Permanecería allí toda la noche.
El jefe de la Sexta Columna del Frente Armado de Liberación Bolivariano (FALB) sentía que su momento había llegado.
José Camilo López sabía que en cualquier otra época, su plan hubiese sido impensable. Pero los sucesivos cambios de legislación habían logrado desarmar al Ejército y luego maniatarlo jurídicamente, de manera que ya no le era legalmente posible ni siquiera apoyarse entre unidades en caso de un ataque en áreas urbanas. Este caso era precisamente el que López iba a hacer realidad.
Desilusionado por las reducidas posibilidades de trabajo como sociólogo en un país que él consideraba que no se interesaba por los necesitados, López se había unido al FALB dos años antes. Durante su entrenamiento, primero en Venezuela y luego en Cuba, López se había destacado por su arrojo y su condición de líder natural.
Su ascenso en la jerarquía de la organización no había sido fácil. Nadie dudaba de sus cualidades, pero su tendencia al cuestionamiento de la cúpula dirigente le había ganado la desconfianza de sus jefes.
“El anarquismo guárdelo para afuera. Dentro del Frente cumple las órdenes o lo fusilo”, le había dicho su último jefe.
Dos sucesos cambiaron la suerte de López.
El primero fue que el jefe de reclutamiento del FALB estaba haciendo un excelente trabajo incorporando nuevos milicianos que alcanzaban para la creación de dos nuevas columnas.
El segundo hecho fue que en ese momento, José Camilo López consiguió hacerse de cierta información respecto del estado logístico de las Fuerzas Armadas que le valió un importante cambio en su imagen ante sus superiores. Nunca investigó el origen de la información. Bastó con que se confirmara que era auténtica. López atribuyó el hecho a un golpe de suerte.
Fue entonces cuando la cúpula del FALB decidió darle una oportunidad de probar su liderazgo poniéndolo al mando de la flamante Sexta Columna.
La columna, fuerte en seiscientos hombres y mujeres, estaba formada en su mayor parte por estudiantes universitarios y jóvenes graduados. López se sentía cómodo entre ellos y para muchos era un miliciano más.
Pero ya durante el período de entrenamiento, López había comenzado a comprender a alguno de sus antiguos jefes. El nivel intelectual de sus tropas era más alto que el común de la población y manifestaban una peligrosa tendencia a analizar e incluso cuestionar las órdenes que recibían. José Camilo López era más permisivo que los otros jefes de columna, porque comprendía a sus hombres y se sentía reflejado en ellos.
Eso no impedía que el entrenamiento en el campo fuese más duro que el de las otras columnas. López se quejaba amargamente de que sus hombres no tenían la menor noción de tiro y de combate. En realidad, nunca habían tenido un fusil en la mano.
En 1994, el sonado caso del soldado Carrasco, había derivado en la abolición del servicio militar obligatorio, vigente en el país desde 1901. La decisión, festejada jubilosamente por la izquierda, había tenido consecuencias impensadas. El Ejército se había reducido, se había vuelto profesional y los ciudadanos no habían vuelto a tener entrenamiento militar. Es decir que la decisión había logrado acentuar el monopolio de la fuerza por parte de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Antes, eran las únicas que tenían las armas. Después, pasaron además, a ser las únicas que tenían el entrenamiento y el conocimiento.
Desde hacía quince años, nadie que no vistiera uniforme sabía nada de guerra. Para el entrenamiento de su columna, López había debido empezar de cero, en un campo prestado y con palos en lugar de fusiles.
Pero el entusiasmo de sus hombres compensaba sus deficiencias técnicas. Y los Kalashnikovs habían finalmente llegado desde Venezuela.
“La Sexta Columna está lista para hacer historia”, pensó López. Y tenía razón.
El FALB necesitaba una demostración de fuerza para instalarse definitivamente como protagonista en la escena política nacional. O mejor aún, como árbitro.
El plan era simple y fácil de ejecutar. Tomar el cuartel, ejecutar a los oficiales y suboficiales y retirarse antes de que el Ejército pudiese reaccionar.
Los tres grupos, de doscientos milicianos cada uno, se concentrarían en los locales designados, a pocas cuadras del objetivo y atacarían coordinadamente desde tres direcciones. Para muchos enemigos, ésta sería su última noche.
Los últimos informes de inteligencia detallaban que en el cuartel solo quedaban ciento cincuenta soldados, en su mayor parte entrenados solo para ceremonial. Sus tareas comprendían los desfiles y la custodia del Jefe del Estado Mayor General del Ejército.
Situado en Palermo, en el centro de la ciudad de Buenos Aires, el Regimiento 1 de Infantería “Patricios”, era el blanco perfecto.
A las dos de la mañana, bajo una resplandeciente luna llena, los equipos de bloqueo cortaron el tránsito en las calles de acceso al cuartel. José Camilo López esperó un minuto y ordenó comenzar la aproximación. Calzados con zapatillas, a fin de evitar ser escuchados, los milicianos iniciaron un lento y sigiloso trote hacia el cuartel en sombras. Tres minutos después, la voladura de una subestación eléctrica dejaba la zona en total oscuridad.
El centinela en la entrada de Avenida Santa Fe no tuvo mucho tiempo para preguntarse sobre las causas del apagón. En segundos, vio aparecer una compacta masa de gente armada que cruzaba la avenida extrañamente desierta. Ante una situación tan novedosa y sin tiempo para solicitar órdenes, el centinela abrió el fuego al aire, más para alertar a sus compañeros que para disuadir a un enemigo evidentemente lanzado al ataque.
El sargento a cargo del puesto reaccionó rápidamente y ordenó el repliegue en dirección hacia los edificios. Algo similar ocurrió en la entrada por Avenida Bullrich.
La vanguardia de la Sexta Columna llegó hasta las rejas del cuartel sin sufrir una sola baja.
En perfecta sincronía, la topadora se puso en marcha y llegó hasta el borde de la pared. Los hombres de punta enlazaron las cadenas con ganchos a las rejas y dieron la señal.
Las orugas se aferraron al pavimento, las cadenas se tensaron y finalmente un gran tramo de rejas fue arrancado de su base de cemento. Era suficiente.
Como en una estampida, los hombres de la Sexta Columna irrumpieron dentro del cuartel dormido. En el silencio de la noche, una ametralladora MAG abrió finalmente el fuego. Cuatro milicianos cayeron y su sangre regó el césped.
En la noche de Palermo, el combate había comenzado.
Aunque ninguno de los protagonistas de esa noche lo sabía entonces, esa sería la chispa que encendería la pólvora.
SIGUIENTE CAPÍTULO: "La noche de Palermo"