CAPÍTULO 25
AMIGOS SON LOS AMIGOS
BUENOS AIRES, MARZO
“Lo echamos a Ramírez y lo dejamos a Colombres. Así nos aseguramos que el CMC siga funcionando y además que nos sea leal.”. El ministro del Interior, Damián Giacomini, le dijo al presidente.
“¿Crees que Colombres va a querer desplazarlo a Ramírez? ¿No son amigos?”, preguntó Herrero.
“Si pone en la balanza su amistad y el puesto de Director, no creo que tenga dudas. Pero igual, antes de hacer la jugada voy a asegurarme. Tenemos un espía en el CMC”.
“Además,” continuó el ministro,” con Colombres tengo una carta que no me puede fallar. Todos tenemos nuestros puntos débiles”, se rió Giacomini.
Esa misma tarde, el ingeniero Colombres, Subdirector del CMC, recibió por línea segura una llamada personal del ministro, citándolo en su despacho para la mañana siguiente. Se le advertía que, por razones de seguridad, no debía poner esto en conocimiento de nadie, ni siquiera del Director.
Al mismo tiempo, un técnico en informática, recientemente ingresado al CMC por recomendación del ministro, recibía la orden de vigilar los movimientos y llamadas internas del Subdirector. Giacomini desconfiaba de todos y no quería correr riesgos.
El ingeniero Colombres tuvo una tarde de trabajo normal y se retiró temprano a su casa.
A la mañana siguiente, de acuerdo con las instrucciones recibidas, Colombres se encontraba en la antesala del despacho del ministro.
Para Giacomini, ese era el día elegido para consolidar su poder.
La primera tarea ya había sido encargada. Giacomini levantó el teléfono y ordenó que se ejecutara. Y precisamente de una ejecución se trataba.
Quedaba la segunda.
El ministro repasó por última vez el informe sobre Colombres. Ninguna entrevista con el Director del CMC, y ninguna llamada telefónica o mail, salvo a su amante de turno, una prestigiosa abogada. El informe provenía de dos fuentes distintas. Como parte de sus funciones, Giacomini vigilaba al Subdirector desde hacía varios meses.
“Déjennos solos”, ordenó Giacomini. La entrevista con Colombres fue cruda y a cara descubierta. La oferta era simple. Desplazar a Ramírez, hacerse cargo del CMC y cumplir sus requerimientos sin discusión.
Colombres lo escuchó en silencio.
“Y bien, Colombres?”. Giacomini sentía aversión por los títulos universitarios, casi seguramente en razón de no tener uno, y llamaba a la gente por su nombre a secas.
“El puesto es importante, pero el sueldo es muy bajo”, dijo el ingeniero.
“Pero Colombres,” protestó risueñamente Giacomini,” el sueldo es lo de menos. Lo que importa es el sobre, y de eso no va a poder quejarse. Es una vida nueva para usted”. Internamente pensó, “¿este hombre es estúpido o cree que vive en Suiza?”.
Giacomini se paró y dijo “¿tenemos un acuerdo entonces? Ya sabrá de nosotros. Mientras tanto ni una palabra a nadie, sobre todo a Ramírez, o el acuerdo se cae”.
Rodeó el escritorio y extendió la mano a su nueva adquisición.
“Señor Ministro”, dijo Colombres, “solo seguí esta conversación para ver hasta dónde podía llegar un funcionario sin principios. Ahora lo sé.”
Golpeado por el duro rechazo, el ministro reaccionó.
“Usted va a hacer lo que yo le diga, Colombres”, gritó, “y cuando sea Director me va a responder a mí y solo a mí. ¿Y sabe por qué?”
El ministro blandía un sobre en sus manos.
“Porque sé lo de su amante abogada. Y eso no es nada, también sabemos cosas de su esposa que usted no sabe”.
Abrió el sobre y desparramó sobre su escritorio una docena de fotos.
“Vea a su esposa”, dijo. “Entérese. ¿No querrá que esto salga a la luz, verdad?”.
Algunas fotos mostraban a Ana Colombres posando desnuda con una sonrisa en su agraciado rostro. En otras, se la veía en distintas poses sexuales con dos hombres. Era obvio que un tercero había tomado las fotos. Sus ojos semi cerrados, sus labios abiertos y una expresión de absoluto placer. Todo su cuerpo era la imagen de la lujuria.
Colombres parpadeó a la vista de las imágenes.
Lentamente juntó las fotos, las introdujo en el sobre y lo metió en su bolsillo.
“Tenemos copias“, dijo el ministro,” ¿entiende ahora como se manejan las cosas?”.
Giacomini no había sido golpeado desde la escuela secundaria. El puñetazo en pleno rostro lo sorprendió aún avanzando. El ministro fue lanzado hacia atrás con violencia, cayó de espaldas sobre su escritorio, se deslizó sobre los papeles y cayó de cabeza del otro lado, arrastrando varias carpetas.
Antes de saber qué sucedía, se encontró contra la pared. Colombres lo sostenía de las solapas.
“Escuche bien, babosa miserable, ratón de pizzería”, dijo el Subdirector, “Usted tiene una horrible confusión. En el CMC, Ramírez es el bueno, yo soy el malo. Tiene razón en pensar que soy un gran hijo de puta, pero soy un hijo de puta muy leal a sus amigos.”
“¡Las fotos. Vamos a publicarlas. Tenemos copias!”, repitió gritando el ministro.
“Las fotos son muy buenas. Por eso me las llevo. Sucede que me gusta mucho mi esposa. En cuanto a mi amante, los amantes de mi esposa y las fotos, usted es más estúpido de lo que parece. Ni siquiera sabe hacer su tarea. Mi esposa y yo somos swingers desde antes de casarnos. Nos conocimos en una fiesta swinger. Lo sabe todo el mundo menos el idiota del ministro. Hay fotos de ella en varios sitios de Internet. ¿Y qué? Adoro a mi esposa. No a pesar de lo que usted ve como sus defectos, sino más bien y precisamente por ellos. ¿No le parece que somos suficientemente adultos como para vivir como se nos da la gana?”
Giacomini balbuceó, “Usted está loco. No va a salir de aquí. Voy a meterlo preso”.
Colombres lo tomó del cabello y le acercó la cabeza a la ventana. Corrió apenas la cortina.
“Mire enfrente, estúpido. Si en cinco minutos yo no llamo por mi celular, esos dos que están en la terraza arreglando la antena van a meter un proyectil de lanzacohetes por esta ventana. ¿O cree que yo no me imaginaba lo que pasaría aquí?”.
“Pero yo soy el ministro…, puedo echarlos a usted, a Ramírez y a todos. Puedo acusarlos de amenazarme. ¡Usted me golpeó!”.
Colombres lo soltó y lo dejó caer al suelo.
“Ramírez no sabe nada de esto. Usted se encargó de que nuestra entrevista fuese privada. Y ahora va a hacer borrar las grabaciones de esta oficina. ¿No querrá que lo vean como un punching-ball, verdad? Sería el hazmerreir de la política”.
Señaló a los hombres en la terraza. “Aprenda algo, imbécil. Eso, eso es el poder, y no sus papeles y sellos”.
Agregó, “Si Ramírez o cualquiera de nosotros en el CMC tiene algún problema, usted es boleta. ¿Lo entendió? ¿O quiere que le mande un memo?”.
Esa tarde, Giacomini concurrió a la reunión de ministros. Necesitaba cuatro horas. El maquillaje cubría el lugar del golpe.
Estuvo de acuerdo con Herrero en todo lo que se planteó y al final de la reunión instó a los demás ministros a apoyar al presidente que había confiado en ellos. La confianza y la amistad eran los valores que debían prevalecer.
Al atardecer, Damián Giacomini, Ministro del Interior y amigo del presidente, tomó un avión privado en Don Torcuato y partió al Uruguay. El dinero ya había sido transferido a sus cuentas del exterior.
Todo había salido mal. La situación se había vuelto inmanejable, y la amistad no daba como para tanto. Mejor verlo por televisión.
En el vuelo, Giacomini recordó que la primera tarea del día había sido ordenada, pero aún no ejecutada. El blanco tenía un guardaespaldas, así que ahora el equipo sería de seis hombres. Al fin de cuentas, el coronel también era uno de los responsables de sus desgracias.
Lejos de todos los problemas, en la quietud de la noche, Lucibello terminaba su coctel de camarones.
Lloviznaba sobre la sabana y Lucibello disfrutaba el aroma del pasto mojado.
Los relámpagos le daban al horizonte un aspecto fantasmagórico.
Cada tanto, entre los sonidos de la tormenta, se escuchaba el rugido del león.
“Cómo van las cosas en Argentina, Schiller?”.
“Bien. En realidad, muy bien. Hoy desapareció de la escena el Ministro del Interior.”
“¿El aprendiz de gánsgter?”.
“Ese mismo”, se rió Schiller.
“Menos problemas para nuestro coronel”.
“Yo no estaría tan seguro. Aparentemente uno de sus últimos actos fue un contacto con un equipo de asesinos.”
“Lo sabe Stamp?”.
“Fue el primero en recibir la información”.
“Bien. Él sabrá qué hacer”.
Continuó. “Qué pasa con el FALB? ¿Ya están listos?”.
“Creo que en tres semanas tendrán fracciones listas para operar”.
“Lo del FALB fue una agradable sorpresa. Como un regalo para nuestros planes. No alcanzo a entender a esta gente. Es como si las asesorara el enemigo.”
“Uno de los comandantes del FALB es un tipo interesante. Le dieron el mando de una de las nuevas columnas, la Sexta, a pesar de estar peleado con todos sus jefes.”
“Qué pasa con él, Armani?”.
El Oficial de Inteligencia se dio vuelta en su hamaca.
“Es un anarquista. Es valiente, pero exaltado y emocionalmente inestable. Creo que es el hombre que hay que empujar”.
“¿Donde opera la Sexta Columna?”.
“En la Capital”.
“Bien, hagámoslo entonces. Pásenle información que los otros no tienen. Así fortaleceremos su posición dentro de la organización y sus jefes no podrán oponerse cuando decida pasar a la acción”.
“Armani, ¿alguna novedad del Ejército?”, preguntó Schiller.
“Desde lo de McLean están muy sensibilizados. No te olvides que los más antiguos ya vivieron épocas así. De todos modos, sigo pensando que solo van a reaccionar ante un ataque directo. Sería muy raro que lo hicieran preventivamente”.
“¿Tenemos algún adversario en serio?”, preguntó Lucibello.
“En realidad, sí. El comisario mayor Ramírez, que dirige el CMC. Es muy bueno, y tiene un equipo excelente”.
“¿Qué es lo que sabe?”.
“Creo que ya tiene claro que hay un plan en marcha. Por suerte, no lo dejan mover, ni investigar. Desconfían de él porque no es un político, ni puede ser comprado. Además, hubo mucho movimiento en el CMC cuando perdimos al hombre del equipo INDIA. Creo que pidieron que les asignaran el caso”.
“Eso fue una desgracia”, dijo Lucibello, “Todo iba tan bien”.
“Lo reemplazamos pero no sabemos qué información cayó en poder del CMC”.
“Bien, de todos modos ya estamos en las vísperas. Pronto van a tener más problemas de los que puedan manejar.”
“¿Qué hacemos ahora?”.
Lucibello pensó unos instantes.
“Alentamos a este anarquista para que pase a la acción y vemos qué pasa”.
“¿Cuando empieza la función?”.
“En veinte días. En abril. ¿Recuerdan algún Abril Negro en la historia?”.
Schiller y Armani negaron con la cabeza.
“Bien, entonces, ya tenemos el nombre de este periodo histórico.”
“Abril Negro. Suena muy bien”.
La llovizna había cesado. En la sabana africana, los leones se movían para cazar.