CAPÍTULO 23
EL TOQUE DE MIDAS
ARGENTINA, MARZO
El juez federal Ramón Manfredi se sentía seguro. Y lo estaba.
Era un hombre valiente que, a sus cincuenta y cinco años, había procesado y llevado a la cárcel a más criminales que muchos de sus colegas juntos.
También había pagado el precio. Había sufrido dos atentados contra su vida, y en uno había resultado levemente herido. El juez se había asegurado que los responsables recibieran todo el castigo merecido.
Viudo, con dos hijas ya casadas y tres veces abuelo, su vida luego de la larga enfermedad y fallecimiento de su esposa se había reducido a su juzgado y a los fines de semana con sus nietos. No rechazaba a las muchas mujeres que se le acercaban, pero sabía que ya estaba cerrado a los sentimientos y las mantenía a distancia. No deseaba volver a casarse. La foto de su esposa estaba aún sobre su mesa de luz.
La causa que lo ocupaba en ese momento había llegado el día anterior. Narcotráfico.
Era la primera de este tipo que recibía, en razón de la declaración de incompetencia por parte de dos de sus colegas, quienes privadamente le habían manifestado que no estaban dispuestos a arriesgar sus vidas en casos tan peligrosos. “Cobardes”, los había llamado. “Estúpido”, le habían contestado.
La causa era complicada, pero Manfredi consideraba que debía seguirse adelante para deslindar responsabilidades, dictar el sobreseimiento de los inocentes y la sentencia de prisión para los culpables. Hacía dos días que Manfredi había dictado el procesamiento y prisión preventiva de seis de los acusados.
La noticia de los jueces degollados lo había golpeado, pero no como a sus colegas. Manfredi había reclamado un refuerzo de su custodia. Ahora disponía de un pequeño ejército personal. Además, nunca se alejaba de su arma, un viejo pero efectivo Smith&Wesson, calibre .38 Special. Si venían por él, el juez Manfredi estaría preparado.
A diferencia de otros jueces federales, Manfredi no podía ser amedrentado.
El doctor Jorge Baldomero Rodríguez, secretario de su juzgado, golpeó la puerta y entró.
“Señoría”, dijo,”quieren pasarnos seis causas más como esa”. Señaló la que el juez estaba repasando. “Después de lo de anteayer, parece que sus colegas quieren sacárselas de encima, como sea.”
“Está bien, Jorge, ya me lo imaginaba. Vamos a hacer todo lo que nos corresponda. Si necesitamos más personal, lo pediremos, pero nadie va a decir que tenemos miedo de hacer justicia.”
Veinte años después, escribiendo sus memorias, el juez Manfredi recordaría esa conversación y lloraría.
El juez continuó trabajando hasta el mediodía y se dispuso a salir a almorzar.
Por razones de seguridad, se aconsejaba a los jueces almorzar dentro del edificio.
Manfredi no tenía intenciones de limitar sus actividades. Acomodó su revólver en la sobaquera y tomó su saco.
En ese momento, sonó el teléfono.
“Señoría, lo llama un hombre, no entendí bien. Javier, creo”.
“Páselo”. ¿Javier?
La voz en el teléfono no parecía la de un hombre. Era el aullido de una persona desesperada. Los sollozos erizaron la piel de Manfredi.
“¿Javier?. Javier, ¿qué pasa? Dejá de llorar, por favor. Decime que pasa”.
“Ramón, Ramón, oh, Dios, no, ¿por qué?”. El llanto desconsolado asustó a Manfredi.
“Por favor, Javier, calmate, ¿qué te pasó?”.
“Nada, nada. A mí, nada. Es-es Victoria, Ramón. Vickie, Vickie. ¿Por qué, por qué?”
“Javier, ¿qué le pasa a Victoria?”, gritó Manfredi, presa de una enorme angustia.
“La ca-ca-cabeza, Ramón, le cortaron la cabeza. A Vickie, a mi Vickie, ¿por qué?, ¿por qué?”.
La voz se quebró en un llanto descontrolado. “Ramón, Ramón, ¿qué voy a decirles a los chicos?”.
Manfredi se desplomó en su sillón. Victoria, su hija menor. ¡Oh, Dios…!.
En la puerta, una angustiada secretaria veía como el juez se derrumbaba.
No escuchó las últimas palabras en el teléfono.
“Vos, vos sos el culpable, estúpido. Vos hiciste que mataran a mi esposa…, oh, Dios, Vickie, ¿por qué?, ¡nos has destruido, estúpido!...”. Y la línea enmudeció.
Mientras el país trataba de recuperar su equilibrio emocional, Jorgito Vélez perseguía implacablemente su destino de excelencia. El trabajo estaba listo. La calificación más alta sería una formalidad. Ni siquiera en la red existía un informe tan completo sobre las catedrales góticas.
Interiormente, sabía que una parte muy impactante de su trabajo eran las fotos de las catedrales que había recogido de toda la red, y de revistas de turismo y actualidad.
Entró en línea y miró sus páginas de referencia, para compararlas con su propio trabajo por última vez.
“Mamá”, gritó, “el rey Midas no construyó catedrales, ¿verdad?”.
“Claro que no”, gritó la madre desde la cocina, “Midas es muy anterior. Es el que convertía en oro todo lo que tocaba.”.
“Mi trabajo es el mejor”, pensó Jorgito, “al menos, yo no lo cambió todos los días”.
En la página, la foto de la catedral de Chartres había desaparecido.
En su lugar, había una imagen del rey Midas.
El juez Manfredi regresó a su casa solo, extenuado y agobiado por el sufrimiento.
Sus yernos le habían bloqueado la entrada al cementerio.
“No te queremos aquí. Nos ponés en peligro a todos. No queremos verte más.”
Su hija mayor le había dado el golpe de gracia.
“Lo siento, Papá. No queremos verte cerca. No queremos que te acerques a tus nietos. Ya bastante daño has hecho. Sigue con tu cruzada solo”.
La calle de su domicilio estaba cubierta de cientos de pequeños volantes de propaganda.
No se sintió con fuerzas para recoger uno.
Sintió, más que vio, las miradas de sus vecinos, que sigilosamente se apartaban de su paso.
Al llegar a la puerta del edificio, se cruzó con dos de ellos.
Ahora seguramente debería pararse y recibir sus condolencias. No fue así. Los dos hombres rehuyeron su mirada y se apartaron, alejándose sin saludar.
En el palier, un matrimonio esperaba el ascensor. Los saludó con la cabeza, pero el hombre tomó a su esposa del brazo y la sacó rápidamente del lugar.
“¿Qué les pasa? ¿Soy un leproso?”, pensó.
Un miembro de su custodia lo alcanzó en el ascensor.
“Señoría, debería ver esto”.
El volante era de color negro y en letras rojas decía:
“El juez Manfredi es Midas. Todo lo que toca, muere”.
Manfredi aún tuvo fuerzas para hacer un bollo con el papel y arrojarlo al suelo.
“Déjeme un minuto a solas. Voy a llamar al Dr. Rodríguez”.
“Señoría, me temo que no lo va encontrar. Está en el hospital”.
“¿Atacaron a mi Secretario?”, preguntó incrédulo Manfredi.
Con los ojos llenos de una pena infinita y consciente del daño inevitable que provocaría, el policía le dio la noticia.
“No, señoría. Entraron a la casa de la novia. La degollaron a ella, a su perro y al canario. Y dejaron uno de estos volantes. El doctor Rodríguez la encontró hace un rato. El doctor está bien, pero lo internaron y está sedado, en observación.”.
El juez Manfredi no vio el suelo acercarse. Su custodia alcanzó a abrazarlo mientras caía, ya inconsciente. Depositó al juez en el suelo y llamó una ambulancia.
Pero el caso más curioso se dio en Río Cuarto.
La jueza federal Patricia María Hernández salió de su domicilio hacia la playa de estacionamiento.
Alegre y vivaz, los sinsabores de su profesión no habían afectado su carácter y su agradable personalidad.
Se sorprendió al no ver al encargado en su puesto.
Cuando reaccionó ya era tarde. Dos encapuchados la sujetaron de los brazos y la pusieron de rodillas entre dos autos. Un tercer hombre se aproximó con un cuchillo.
En ese instante, sonó un celular.
Ante los ojos aterrorizados de la jueza, el tercer hombre tomó la llamada.
Escuchó unos instantes y colgó.
Se acercó a la jueza. "Un amigo de la infancia", explicó.
La funcionaria pública, en los últimos instantes de su vida, solo atinó a sollozar, "¿qué?".
"No de mi infancia", aclaró, "de tu infancia".
"Sos la única que va a sobrevivir hoy, y los días que siguen. Seguí tu vida normal, parece que tenés amigos que te quieren".
Caída en el suelo, con un ataque de llanto, la jueza los vio desaparecer. Nunca sabría quien había protegido su vida, y, aunque tenía alguna sospecha, nunca se animó a preguntar.
“Carlos, no te metas en esto. Es un tema de la policía, no del CMC”.
Ramírez tenía la cabeza entre las manos.
“¿No te das cuenta lo que está pasando? ¿No te das cuenta de la profundidad del odio desatado?”.
“Claro que me doy cuenta”, dijo Colombres, ”mataron a la novia del secretario del juzgado, a su perro y a su canario. ¡Cómo no me voy a dar cuenta! Además, decime, ¿por qué toda esta gente no tenía custodia?”.
“Por supuesto que tenían custodia. Pero, ¿desde cuándo la custodia impide un asesinato? ¿Qué pensás que son, el Servicio Secreto, que se pone delante de las balas? Esto es la Argentina, Fernando. Pensá un poco a quienes están custodiando. Crees que hay algún funcionario en este país que merezca que un policía se arriesgue por él. ¿A quién le importa en esta sociedad la vida de un policía? Estos policías tienen familias. ¿Alguien cuida de ellas si los matan? Esta es una sociedad malditamente desagradecida con quienes arriesgan su vida por ella. Si por casualidad ven algo, ¿qué crees, que van a jugarse la vida? ¿Vos lo harías?”
“Ni soñando. Tengo una sola piel y la cuido. Y creo que tus colegas están locos en arriesgarse”.
“Aún así, todo esto son detalles. Sangrientos, pero solo detalles”.
“Pues para ser detalles son bastante tétricos. Así que, decime entonces, ¿qué es lo importante para vos?”.
“Las macetas”, dijo Ramírez.
“¿Qué pasa con las macetas?”.
Colombres pensó que Ramírez estaba sufriendo la presión.
“Fernando, ¡arrancaron las plantas y sembraron sal en la tierra!”.
Colombres pensó un instante y entonces lo comprendió.
“Esto no es el toque de Midas. Es el toque de Emiliano, ¿verdad?”.
En ese momento, Lieberman entró al despacho.
“¿Quién es Emiliano?”.
“Hablamos de Escipión, Rubén”.
“Eh, un ingeniero que habla de historia. Toda una novedad. ¿Qué pasa con él?”.
“¿Qué hizo Escipión Emiliano, Rubén?”.
“Destruyó Cartago, no dejó piedra sobre piedra, y sembró sal en sus campos para que nunca más creciese nada. Después sitió Numancia hasta que sus habitantes se comieron unos a otros. Era un dulce, digamos. Pero, ¿qué tiene que ver con nosotros?”
“Sentate y te contamos”, dijo Ramírez. “Hay una información que no se ha dado a la prensa”.
Prosiguió. “Ayer fueron asesinados otros dos jueces federales. A diferencia de los primeros, éstos no tenían ningún caso de narcotráfico. También los degollaron, pero el informe forense dice que los cuchillos eran aserrados. Mismo método, distinta arma.”
“Querés decir que alguien más está aprovechando para ajustar cuentas, ¿verdad?”.
“Así es. Y no termina ahí. Hace media hora le dispararon a un juez del fuero Civil. Solo lo hirieron, pero esto se está generalizando y ya no hay personal para proteger a los funcionarios. Están cazando jueces como patos. Ya nadie se siente seguro.”
“Y no sabés lo último”. Ramírez lo miró con un dejo de angustia en sus ojos.
“Además de los jueces, en las últimas 24 horas hubo más ataques. Otras trece personas, cuatro hombres, ocho mujeres y un chico de cinco años, fueron degollados, además de dos perros. El único sobreviviente de las masacres fue un gato.”
“Pero, ¿tienen algo que ver con el Poder Judicial?”
“En realidad, sí. Eran familiares, amigos y hasta dos vecinos de jueces federales. Pero en particular, seis de estas personas eran familiares del juez D´Álvedra”.
“¿Quién es D´Alvedra?”.
“Fue el juez que, hace como veinte años, condenó al primer narco importante. Murió hace cuatro años. Esas seis personas que mataron eran las únicas que quedaban de la familia D´Alvedra”.
“Pero, ¿ por qué matan a familiares de un juez que ya murió?. Un poco tarde para ser una venganza, me parece”.
“No es una venganza. Es un mensaje para los jueces actuales. Les están diciendo a quienes podrían juzgarlos que, no importa cuanto tiempo pase, sus familias van a ser eliminadas hasta la última persona”.
Colombres se tomó la cabeza.
“Carlos, ¿me equivoco o lo que querés decir es que esto es a muerte, hasta la destrucción total del enemigo?”.
Ramírez asintió lentamente.
“Peor. Del enemigo, sus familias y sus amigos”, dijo a sus preocupados colaboradores, “lo que vamos a vivir hará que las épocas más violentas de nuestro país parezcan un picnic de primavera”.
Dos días más tarde, los pasillos de los edificios de tribunales aparecieron cubiertos de volantes negros con letras rojas.
Se leía:
“¿Quién va a ser el próximo Midas?”.
Los pedidos de licencia se multiplicaron, los tribunales se vaciaron y la actividad judicial cesó por completo. A los fines prácticos, el país no tenía Poder Judicial.
Ajeno a los problemas de otros, Jorgito Vélez obtuvo la mejor calificación del curso y, muy orgulloso, subió su página a Internet.
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