CAPÍTULO 22
LOS CUCHILLOS DE MARZO
ARGENTINA, MARZO
“Fernando, estoy preocupado por un tema, y necesito cierta información. Por favor, contactá a la Policía. Ellos llevan esta estadística al día”.
“¿Cuál estadística? ¿Delitos?”.
“Sí, pero no todos. Quiero saber cómo ha evolucionado en los últimos seis meses el índice de delitos violentos. En especial, los cometidos por gente sin antecedentes. No me interesan los robos ni los reincidentes”.
“¿Por qué te parece importante para nosotros? ¿No es un asunto policial?”.
“Mirá, Fernando, la gran masa de la población es respetuosa de la ley, y no violenta. Pero en casos excepcionales, de alto nivel de inseguridad, cuando esta gente llega a convencerse que no hay justicia y que no hay castigo para los delincuentes, tiende a pensar cuatro cosas: que actuar dentro de la ley es ser estúpido, que el sistema protege a los delincuentes, que su única defensa es hacer justicia por su propia mano, y que de hacerlo, al igual que los criminales, no tendrán castigo.”
“¿Y no tienen razón?”.
“En cierto momento, sí, cuando el caos social es incontrolable”.
“¿Por qué primeros delitos?”.
“Porque eso refleja el nivel de violencia latente en la sociedad. Me interesa justamente aquel que nunca cometió un acto violento y que ahora decide hacerlo. Violencia en el futbol, violencia familiar, accidentes de tránsito, vandalismo, uso de armas, uso de herramientas como armas, y todo otro acto violento.”
“¿Es decir, todo delito en el cual una persona normalmente pacífica actúa en forma descontrolada, diría casi emocional?”.
“Exacto. Procesá las estadísticas y graficá una curva de los últimos seis meses”.
"¿El tema del narcotráfico tendrá algo que ver? Digo, ahora que están presos varios de los jefes".
"No, en absoluto. Esta es gente que nunca consumió drogas. El asunto de los narcos presos no influye, aunque sirve para pacificar otros sectores de la sociedad".
En esto último, Ramírez estaba muy equivocado, pero no había forma de que alguien imaginara lo que iba a suceder.
Dos días después, Colombres entró al despacho del Director. Llevaba con él a Lieberman. Ambos hombres se veían preocupados.
“Tenías razón, Carlos. Por favor, necesitamos toda tu atención”.
Ramírez ordenó que no le pasasen llamadas mientras lamentaba íntimamente no haberse equivocado.
“Tomando como base el mes 1, y como unidad el número de delitos de ese tipo, de ese mes, nos da que el mes 2 se cometieron dos delitos, y el mes 3 se cometieron siete.”
“No puede ser. El número de delitos varía con la estación, el clima, las vacaciones”.
"No, Carlos, estas cifras no son las reales, sino las corregidas en base a los factores estacionales que mencionás. Esto asegura que la proyección sea correcta.”
“Entonces es lo que pensaba. Los delitos violentos cometidos por gente común están en aumento. Siete veces más que el primer mes. Es como si se duplicaran mes tras mes. Es una barbaridad, pero creo que aún es manejable para las fuerzas de seguridad.”
“No, Carlos, lo siento. No lo es”, dijo Colombres.
Lieberman sostenía la cabeza entre sus manos.
“¿Por?”.
“Porque la cifra no se duplica como vos dijiste. Si tomamos períodos más cortos, como de diez días, vemos que la curva es exponencial. Eso sucede porque todos los días más gente se agrega a la masa dispuesta a resolver sus conflictos por la vía violenta”.
Sin tener entrenamiento matemático, Ramírez comenzó a sospechar lo que los técnicos le decían.
“Cuantos hubo en el mes 6?”.
“148 veces más”, dijo Colombres.
“¿Y dentro de seis meses?”.
DELITOS VIOLENTOS
(Por cada delito del Mes 1)
|
1 |
Septiembre |
1 |
|
2 |
Octubre |
2 |
|
3 |
Noviembre |
7 |
|
4 |
Diciembre |
20 |
|
5 |
Enero |
54 |
|
6 |
Febrero |
148 |
|
7 |
Marzo |
403 |
|
8 |
Abril |
1096 |
|
9 |
Mayo |
2980 |
|
10 |
Junio |
8103 |
|
11 |
Julio |
22026 |
|
12 |
Agosto |
59874 |
“Dentro de seis meses, por cada delito que se cometió en el mes 1, se van a cometer 60.000, y solo dos meses más tarde tendremos 400.000”.
Mientras Ramírez absorbía el impacto de la información, Lieberman dijo, “¿Te parece que hay una policía capaz de controlar eso?”.
“Carlos, no necesito decirlo, ¿verdad? Éste es un escenario de caos social, y de violencia generalizada. De ahí a la anarquía o la guerra civil, solo un paso”.
“¿En cuánto tiempo?”.
“En Junio, con mucha suerte. Si no pasa nada antes”.
Todo empezó en una página de Internet de un servidor gratuito.
Era una página dedicada a las catedrales góticas con gran cantidad de fotos y abundante información histórica que era habitualmente consultada por estudiantes secundarios y hasta algún estudiante de arquitectura.
Jorgito Vélez era un estudiante excelente. Historia era su materia preferida y la Edad Media su período favorito. Su trabajo práctico estaba casi listo. Solo le faltaban algunas fotos que bajaría de Internet.
Esa noche, ofuscado, comentó a su madre, “¿Qué le pasó a la página? Sacaron la foto que vi ayer”.
Tenía razón.
La foto de la portada del sitio, hasta el día anterior una vista frontal de la Catedral de Colonia, había sido reemplazada por la foto de un cuchillo.
Esa noche, la página tuvo treinta y seis entradas desde distintos cibercafés del país. Ninguno de los nuevos visitantes tenía nada que ver con la arquitectura, y hacía décadas que habían terminado su secundario.
Recién amanecía. Era demasiado temprano para que, en su despacho del CMC, Carlos Alejandro Ramírez estuviese tan preocupado.
“Fernando, lo decapitaron en el estacionamiento cuando fue a sacar el coche. La mujer de la limpieza encontró su cabeza en un cesto de papeles y tuvieron que internarla por el shock”.
“¿Qué casos tenía a su cargo el juez Soria?”.
“Bueno, no tenemos información propia aún, pero hablé esta mañana con el jefe de la Federal. Tenía casos de robo de automóviles y dos de narcotráfico”.
“Mmmmm, narcos, ¿eh?, jodido. ¿No tenía custodia?”.
“Sí, por supuesto, como todos los jueces federales”
“Toc-toc”, dijo Rubén Lieberman desde la puerta, sosteniendo un paquete de facturas.
“Pasá”, le dijo Ramírez, “¿qué trajiste?”.
“Medialunas y churros”.
“Este tipo quiere matarnos”, dijo Colombres, que cuidaba cuidadosamente su colesterol, “quiere ser Director”.
“Qué barbaridad”, comentó Lieberman, “éste país está loco”.
“Ya sé, pero ¿de qué hablás ahora?”
“Del juez que mataron. Un horror. La cabeza en el pasillo. Eso es tenerle bronca a alguien”.
“No la dejaron en el pasillo. La dejaron en un cesto en el estacionamiento”.
“No, Carlos. Lo mataron en su cama y tiraron la cabeza al pasillo. Hay dos vecinas con crisis de nervios. Vivía solo, así que no hay testigos, por ahora.”
“Ajustá tu información, Rubén. Soria no vivía solo. Era casado, con chicos grandes, y vivía con su mujer”.
“¿Quién es Soria?”, preguntó Lieberman.
Ramírez parpadeó, súbitamente alerta.
“El juez que decapitaron. Soria se llama”.
“No, hablo del juez Zamboni, de Córdoba. El que encontraron hace un rato”.
“¿Mataron a Zamboni? Prendé la tele, Fernando.”
Pulsó un botón, “Jefe de Turno. ¡Ahora!”.
La pantalla se iluminó lentamente.
“….las causas del brutal asesinato de Juan Antonio Barone, juez federal de Santiago del Estero, quien fue encontrado hace escasos minutos, aparentemente degollado en su auto al detenerse en un semáforo. La policía que rápidamente se hizo presente en el lugar aún no tiene…”
Ramírez apagó el televisor, y se dejó caer pesadamente en su sillón.
“Estamos en un tobogán”, dijo.
“Me imagino que en este momento tus compañeros estarán reforzando las custodias de los jueces federales”, dijo Colombres.
“¿Para qué?”, murmuró Ramírez, “ya está. Lo que iban a hacer ya terminó”.
A las once de la mañana, Ramírez recibía el informe completo.
Entre las cinco y las ocho de la mañana, en distintas ciudades del país, ocho jueces federales habían sido degollados en sus domicilios o camino a sus juzgados.
En un caso particularmente sangriento en la puerta de un edificio en Tucumán, un juez federal había reaccionado e intentado huir. Había recibido una cuchillada en el bajo vientre que lo había abierto hasta el esternón. Aún vivo y con las manos sosteniendo sus intestinos, había visto a sus atacantes acercarse, levantar su cabeza, apoyar la ancha hoja en su cuello y cortar de izquierda a derecha. Ante la vista del aterrorizado portero, su cabeza había sido arrojada rodando del otro lado de la calle.
Aún en estado de shock, el portero había sido trasladado a una dependencia policial para un inmediato interrogatorio.
“¡Verdugos, verdugos, eran verdugos!”, repetía con los ojos dilatados por el miedo.
Nadie entendía sus palabras, hasta que un oficial especialista en interrogatorios logró calmarlo lo suficiente como para entenderlo.
Los atacantes habían actuado encapuchados.
Las conversaciones frívolas se acallaron en un país presa del miedo. Solo se hablaba de eso.
Las dependencias policiales se vaciaron para hacer frente a los requerimientos de custodia de los jueces federales.
La confusión se adueñó de los edificios públicos y la actividad prácticamente cesó. El anuncio del presidente decretando un duelo nacional por tres días no cambió la situación.
Al mediodía, dos jueces federales habían renunciado y otros dos habían salido precipitadamente del país.
El gobierno trataba de mantener el control, asegurando a sus jueces y funcionarios que, como resultado de las nuevas medidas de protección, un nuevo hecho de estas características ya no podía producirse.
En realidad, estaban en lo cierto. Absolutamente.
En una improvisada conferencia de prensa, el Presidente dio a conocer el establecimiento inmediato de nuevas medidas de seguridad.
A la vez, felicitó públicamente a aquellos jueces, cuya valentía hacía honor a la República. Mencionó específicamente al Juez Ramón Manfredi, como ejemplo de responsabilidad y coraje cívico.
“No nos asustarán. No nos derrotarán. No les tenemos miedo.”, dijo con firmeza el Presidente.
Al día siguiente, los juzgados estaban cercados por efectivos de la policía, y el ingreso era rigurosamente controlado. Los trámites en tribunales se convirtieron en odiseas. La actividad judicial cayó en un peligroso letargo.
En la frenética actividad policial para cubrir las custodias y tratar de hallar algún indicio, nadie reparó en un hecho simple.
Algo que Jorgito Vélez advirtió de inmediato.
“Mamá, cambiaron la foto de la Catedral de Reims.”
En su lugar, había un cuchillo.
SIGUIENTE CAPÍTULO: "El toque de Midas"