CAPÍTULO 21
SOLO UNA CARA BONITA
BUENOS AIRES, FEBRERO
“Nos falta una pieza, Schiller.”, dijo Lucibello a su oficial de Operaciones.
“¿Cómo cuál? Me parece que está todo.”
“Tengo dudas sobre la actitud del Ejército. Creo que no van a moverse”.
Miró hacia el oficial de Inteligencia.
Armani asintió con la cabeza. “Concuerdo. Es lo mismo que nos dijo Olivares en Sudáfrica. Todo indica que el Ejército no va a reaccionar salvo en respuesta a un ataque directo.”.
“Entonces”, dijo Lucibello, “démosle un motivo.”.
“Schiller”, ordenó, “quiero el concepto de la operación en cuarenta y ocho horas”.
Y el destino de Deborah McLean cambió para siempre.
Deborah McLean era llamativamente bonita. Egresada de uno de los mejores colegios privados de Buenos Aires, hablaba inglés y francés con fluidez. Inteligente, nadadora de competición y bonita, Deborah lo tenía todo. Contra la oposición de sus padres, quienes la imaginaban casada con un ejecutivo de alguna multinacional, se había casado con un teniente del Ejército. Se habían conocido durante una exhibición hípica en el Campo de Polo de Palermo, donde había concurrido con un grupo de amigas. El teniente McLean tenía a su cargo la demostración de una carga de caballería. Era una historia que Deborah gustaba de relatar.
Acostumbrada al suave trato de sus compañeros de estudio, Deborah se había sentido inmediatamente impresionada por el joven y algo salvaje oficial de caballería que descabezaba muñecos con un sable enorme. Antes que rodara la última cabeza, Deborah sabía que estaba enamorándose.
Al pasar el teniente frente a su asiento, Deborah, habitualmente muy tímida, había aplaudido con inusual entusiasmo, e, insólitamente, como si una fuerza superior la hubiera impulsado, se había puesto de pie. El teniente McLean, sorprendido por la rubia belleza de la chica, había reaccionado sin pensar. Acercando su caballo a las gradas, y mirando fijamente sus ojos claros, había levantado su sable frente a su rostro, bajándolo rápidamente en saludo, en medio de las risas y chillidos de las amigas. Deborah aún recordaba el ardor en sus mejillas.
Ese día, el oficial había descabezado algo más que muñecos. También a todos sus potenciales rivales. Si el teniente aún no lo sabía. Deborah, sí.
Su noviazgo fue solo una formalidad. Desde el día de la exhibición, ambos sabían lo que querían.
Su único hijo había tardado cinco años en llegar.
Luego de varios años en el interior, Deborah había regresado a Buenos Aires. Su esposo, ahora con el grado de mayor, estaba destinado en la Escuela Superior de Guerra.
En los primeros días cálidos de primavera, Deborah cambiaba sus shorts por su bikini, y el vóley y el gym por la natación. Con su cabello rubio anudado en cola de caballo, anteojos oscuros y su gorra rosa, la joven madre disfrutaba del sol y el agua en la pileta del club, manteniendo un ojo en las actividades de su hijo, que acababa de festejar su cumpleaños número cuatro.
Despreocupada, tomando aire en cada brazada, Deborah McLean surcaba la pileta con su impecable estilo pecho. Perfecta patada y deslizamiento.
Ese día no tenía nada de particular. Era un día más.
“El blanco ha dejado su vehículo estacionado afuera. Tal vez ya no había lugar dentro del club”, comentó el Oficial de Operaciones, y agregó, “¿suspendemos?”.
Los dos hombres observaban la escena desde la ventana de un sexto piso, donde habían instalado su puesto de observación.
Lucibello negó con la cabeza. “No, quiero verlos operar. Adelante”, dijo.
El Oficial de Operaciones trasmitió la orden. “Luz verde.”.
“Si su plan no es suficientemente flexible como para adaptarse a un cambio tan simple, entonces, no me sirven. Se supone que son profesionales.”
En realidad, lo eran hasta cierto punto.
El equipo estaba integrado por miembros disidentes del movimiento de extrema izquierda Los Potros, recientemente expulsados de la organización por sus críticas a la conducción central. Entrenados en Venezuela y Cuba, tenían instrucción teórica en el tipo de operación que iban a realizar, pero carecían de experiencia de combate. Apartados de su organización, habían aceptado con gusto una oferta doblemente conveniente. Mucho dinero y la oportunidad de golpear a su más odiado adversario.
Deborah McLean salió del club y se dirigió a su minivan. Su hijo caminaba detrás de ella, arrastrando su bolso deportivo. Abrió la puerta del vehículo y puso el bolso en el asiento trasero.
“¡Ahí viene Papá!”, escuchó decir a su hijo. Casi todos los días, al terminar su trabajo, el mayor McLean pasaba a buscar a su familia por el club.
Deborah se dio vuelta y vio a su esposo caminar hacia ellos, sonriendo.
De pronto, el mayor pareció tropezar y cayó hacia adelante. Una fracción de segundo más tarde, el sonido llegó a sus oídos. Sólo lo había escuchado una vez. El día que su esposo la había llevado al campo de tiro. Armas automáticas.
“¡Tac-tac-tac.., tac-tac.., tac-tac-tac..!”.
De dos direcciones opuestas. Fuego cruzado.
Presa del pánico, y sin comprender del todo la situación, pero consciente de que estaban en grave peligro, Deborah actuó solo por reflejo. Tantos años de deporte de golpe dieron su fruto. Tomó a su hijo del cuello de la campera y, levantándolo con una sola mano, lo arrojó dentro de la minivan.
Vio a su esposo arrastrándose pesadamente hacia el vehículo. Su pierna derecha dejaba un rastro de sangre en el pavimento.
Deborah corrió hacia él.
El disparo hizo impacto en el hombro de su esposo haciéndolo girar sobre sí mismo.
Deborah llegó hasta él y vio sus labios moverse en una silenciosa plegaria, “¡corre!”.
Tomó el brazo de su esposo y lo pasó por su cuello, arrancándole un grito de dolor.
“¡Tac-tac...!”.
Sintió un agudo dolor en su cintura, y supo que había recibido un impacto.
En segundos y bajo una lluvia de proyectiles, Deborah llegó hasta su vehículo, levantó a su esposo y lo empujó adentro.
“Arranca. ¡Por Dios, arranca!”, rezó. Sus manos resbalaban en el volante y la palanca de cambios. Sangre de los dos.
El tirador número dos escuchó el ruido del motor y supo que su presa escapaba. Corrió hacia la calle para disparar al paso del vehículo en fuga. Menos de diez metros. Imposible fallar.
Con la puerta aún abierta, Deborah giró el volante, y aceleró.
Escuchó desde atrás. “¡Tac-tac-tac-tac-tac.!”.
La minivan subió a la ancha vereda destrozando a su paso una bicicleta.
Sorprendido al no ver pasar a su blanco, el tirador número dos volvió sobre sus pasos y vio avanzar la minivan por la vereda.
Por un instante, cazador y presa cruzaron sus miradas. El fusil automático apuntó al parabrisas. Tan fácil.
Y entonces, Deborah McLean, cariñosa esposa y madre, cubierta de sangre y ciega de furia, dio un golpe de volante, agachó la cabeza y pisó el acelerador a fondo.
El tirador número dos nunca tuvo oportunidad de disparar. La minivan lo golpeó a la altura de la cadera arrojándolo contra un poste de alumbrado. Con el cuello quebrado, el hombre aún viviría unos segundos. Tiempo insuficiente para comprender lo ocurrido.
“¡Tac-tac..!,” la minivan se alejaba a gran velocidad, “¡tac.!”.
Fuera de alcance ya.
Desde el sexto piso, Lucibello observaba. Perplejo.
“Increíble”, comentó, “un equipo de profesionales contra una chica”.
Luego de reflexionar unos segundos, continuó.
“¿Lo ve, Schiller? No hay enemigo fácil.”.
“¿Y ahora qué?”, preguntó Schiller.
“Ahora nada. Esto no cambia las cosas. Todo está bien. Sólo estoy sorprendido, pero observamos y aprendemos, ¿no es así?”.
“¿Vale la pena enviar nuestro propio equipo para ubicarlos y terminar el trabajo?”, preguntó el Operaciones.
“Ni hablar”, se rió Lucibello, “a ver si perdemos más hombres. Además, mujeres como ella son lo mejor de la especie humana. Hay que cuidarlas. Uno nunca sabe cuándo puede necesitar de ellas. Hágale llegar cien mil dólares como donación anónima para la atención medica de su familia”.
Lucibello se dirigió a la puerta. “Me pregunto por qué estos inútiles trabajan para mí, y ella no”.
Se paró en la entrada y preguntó a su Operaciones, “Schiller, ¿recuerda cómo se refirieron a esta chica durante el análisis de la misión?”.
“Sí,”, respondió Schiller, “dijimos que no influiría. Era sólo una cara bonita.”
“Qué gracioso suena ahora, ¿verdad?”.
Lucibello se alejó meneando la cabeza y musitando, “Solo una cara bonita. Increíble, increíble”.
El Mercedes se detuvo en el semáforo.
Un chico de unos doce años se acercó para limpiar el parabrisas.
Lucibello, al volante, le hizo señas de que no lo hiciera. El chico bañó el parabrisas con jabón y, colocándose justo delante del vehículo, comenzó a limpiar los faros.
Lucibello miró por el espejo retrovisor. “Oh-oh, problemas. Schiller, baje su ventanilla y agache la cabeza”, dijo, mientras bajaba la ventanilla del lado del conductor. Accionó el limpiaparabrisas despejando su visión frontal. Puso la palanca de cambios en primera y esperó.
Los dos vehículos se aproximaron a izquierda y derecha del Mercedes.
En el instante en que se detuvieron, Lucibello abrió el fuego hacia su izquierda.
El asesino en el lugar del acompañante apenas había logrado levantar su arma cuando el disparo de 9 milímetros de la Sig-Sauer P230 lo alcanzó en la frente.
El segundo disparo entró en el cuello del conductor.
Estirando el brazo por encima de Schiller, Lucibello disparó al conductor y acompañante del otro vehículo. Cinco tiros.
El Mercedes arrancó violentamente, golpeando y arrojando al chico hacia un costado.
Toda la acción había durado ocho segundos, y ya el Mercedes se alejaba a gran velocidad. Mientras manejaba, Lucibello cambió el cargador por otro lleno.
“¿Cómo nos detectaron?”, preguntó Schiller, preocupado.
“¿Los servicios de inteligencia? No lo hicieron. Eran ladrones comunes. Marcaron el Mercedes como blanco de oportunidad. Muy mala idea”, se rió.
“Qué mala suerte la del chico”, comentó Schiller.
“Era uno de ellos. Se puso adelante con el fin de impedir que avanzara. Suponen que uno no va a atropellar a un chico. Qué ideas tan extrañas tiene la gente. No llego a entenderla”.
Lucibello no se veía muy contento. Diez minutos después detuvo el vehículo y se bajó, con expresión preocupada. Schiller hizo lo mismo.
Lucibello recogió las vainas servidas y las guardó en el bolsillo.
Luego pasó la mano cuidadosamente por el tapizado.
“Bueno, parece que las vainas no lo quemaron”, dijo, ya más tranquilo.
“Me cayeron en la espalda, mayor”, dijo Schiller.
“Le daremos una medalla”, bromeó Lucibello.
“¿Y para qué querría una más?”
Y prosiguieron su camino al aeropuerto.
En una edición especial de “Contrapunto”, Laurel y Hardy comentaban el hecho que había golpeado a la opinión pública.
La familia de un oficial del Ejército había sido atacada en plena calle.
El oficial se encontraba fuera de peligro y se repondría en poco tiempo. Su esposa había recibido un impacto superficial a la altura de la cintura. No revestía gravedad, y la cirugía plástica borraría las huellas. Pero no habría bikini ni gorra rosa, ni más pileta ese verano.
La minivan había recibido seis impactos. Una esquirla había lastimado al hijo del militar en el brazo.
Las imágenes del rostro angustiado del chico, pegado a la camisa ensangrentada de su madre, llenaron las pantallas, seguidas inmediatamente por las fotos de los fusiles automáticos encontrados en el lugar. AK-47.
“¡AK-47!, ¿de donde vienen los Kalashnikovs?”, aullaba Laurel.
“Cuba o Venezuela, obviamente”, contestaba más calmadamente Hardy.
Que el AK-47 fuera uno de los fusiles más populares del mundo y estuviera aún en servicio en más de ochenta países, no cambiaba las cosas. El atacante muerto había sido rápidamente identificado como miembro de la ultraizquierda.
La conclusión era clara. Las Fuerzas Armadas estaban siendo atacadas por la izquierda violenta. Otra vez.
Los casinos de las unidades militares parecían panales de abejas. Los cuarteles reforzaron sus guardias, las que se extendieron a los barrios militares. Al día siguiente del ataque los micros escolares que llevaban a los hijos de militares salieron con vehículos de custodia.
Sin que mediara una orden, los uniformes de combate comenzaron a verse fuera de los cuarteles. Algunas calles fueron bloqueadas, y algunas intersecciones mostraban presencia militar. Nadie, ni del gobierno, ni de la prensa osó cuestionar la medida.
Los nervios estaban tensos y a nadie se le cruzaba por la cabeza discutir frente a un fusil.