CAPÍTULO 20
CONTRAOFENSIVA
BUENOS AIRES, FEBRERO
 

 

Cuatro de los seis hackers habían regresado a sus países de origen.

El jefe del equipo y otro ingeniero de sistemas permanecían para la segunda etapa de su misión, más sencilla que la anterior, pero no incruenta.

El tercer hombre de la operación no pertenecía al equipo y nunca se sabría su identidad. Era un empleado del aeropuerto, postergado en su carrera y resentido con sus superiores. Trabajaba en el equipo de mantenimiento de los sistemas de comunicaciones de la torre de vuelo.

Su parte de la misión consistía en facilitar una conexión física entre los equipos electrónicos de los hackers y el sistema. En términos simples, pinchar el cable.

En principio, esto aparecía como una tarea imposible.

Las especificaciones del sistema mostraban la complejidad de las medidas de protección física. Cualquier intento de violar la integridad de los cables sería inmediatamente detectado. Las alarmas indicarían el lugar de violación y el equipo de mantenimiento procedería a su reparación.

 

Juanjo Campari disfrutaba la vida de country.

Hacía ya tres años que se había retirado de la función pública con una importante jubilación. Pero su casa en el country no era producto de sus ahorros, sino de una faceta de su personalidad muy común en los políticos.

En los últimos meses de su gestión como subsecretario, había caído en sus manos la licitación del sistema de la red interna de comunicaciones del Aeroparque Metropolitano.

Al examinar los pliegos se había sorprendido. ¿A qué estúpido se le habían ocurrido tantos sistemas de seguridad? Era una oportunidad que Campari no podía desperdiciar.

En una breve reunión en un sórdido bar de la Capital, Campari había llegado a un acuerdo con la empresa adjudicataria de la licitación. Las firmas en los documentos serían puestas. Los sistemas de protección, no.

Campari había sellado su futuro. Y el de otras personas que nunca conocería.

 

A las 13 horas y 55 minutos, un controlador aéreo de Aeroparque vio parpadear su pantalla y luego apagarse. El hecho se repitió tres veces más en los siguientes quince minutos. Caracteres ASCII aparecieron al azar junto a los símbolos que representaban los aviones en vuelo. El pánico se apoderó del personal. La pérdida del control del tráfico aéreo se volvía una posibilidad real. En esas condiciones, una colisión aérea era solo cuestión de tiempo.

Media hora después, el gobierno ordenó el cierre de los aeropuertos. Los vuelos internacionales fueron desviados a países limítrofes y los nacionales recibieron la orden de aterrizar en el aeropuerto más cercano.

Ya era tarde.

 

Es común que un accidente no tenga una única causa, sino que sea la desafortunada conjunción de dos o más fallas, tanto humanas como mecánicas.

El piloto del Boeing 737 de Aerolíneas Argentinas que regresaba a Aeroparque estaba esperando instrucciones para aterrizar, cuando vio súbitamente surgir de entre las nubes al pequeño avión. La punta del timón del avión de línea cortó limpiamente un extremo del ala del Cessna.

Durante un par de minutos, la vida de más de cien pasajeros estuvo en peligro y fue solo la increíble destreza de ambos pilotos, la que salvó los aparatos.

El Cessna, con unos centímetros menos de ala logró aterrizar sin inconvenientes.

El Boeing 737 se declaró en emergencia y, con el timón dañado, aterrizó finalmente en Aeroparque.

Los pasajeros, aún en pánico, descendieron del avión, entre el llanto de los chicos, escenas de histeria de algunas pasajeras y reacciones violentas de media docena de hombres. Muchos de ellos habían visto pasar el Cessna y todos habían sentido el impacto. Nadie había salido herido, pero todos tenían conciencia de que solo estaban vivos por milagro.

Lo único que superó su miedo fue su sorpresa. Antes aún de que llegaran a la terminal, las cámaras de televisión ya enfocaban a los pasajeros con su zoom. Una vez en las instalaciones, las cámaras registraron escenas desgarradoras de indignación y llanto. Todo aquél que quiso sus quince minutos de fama, los tuvo ese día.

 

“CNN-FLASH: Air collision in Argentina.”

Esa noche, en su programa semanal, Laurel y Hardy, repetían su mensaje.

Con el fondo de una joven madre que lloraba desconsoladamente abrazada a sus dos hijos menores de cinco años, los próceres de la televisión repetían:

“Este gobierno ya no puede protegernos. Ni a nosotros, ni a nuestras familias”.

Al lado de la pileta, Juanjo Campari jugó con el hielo de su vaso, apuntó el control remoto y cambió de canal. “Contrapunto” lo aburría. ¿Por qué siempre hablaban de tragedias? La vida era tan fácil y agradable.

 

La reunión había sido tormentosa, pero productiva.

“Damián, no estamos haciendo nada”, había dicho, furioso, el presidente.

El ministro del Interior no había estado de acuerdo.

Estaban haciendo, solo que aún no habían tenido éxito. El coronel se les había escapado en Mónaco, para luego cruzar al Uruguay. Eso no volvería a suceder. Con o sin guardaespaldas, la próxima vez el coronel sería eliminado.

Ramírez era otro tema. El Director del CMC se había convertido en una piedra en el zapato. Una molestia que el ministro no estaba dispuesto a tolerar mucho tiempo más. Pero también tenía una solución para ese problema. Sus hombres habían encontrado un punto débil. El relevo de Ramírez era casi un hecho.

“Debemos recuperar la iniciativa”, había dicho el presidente.

“La contraofensiva debe ser tanto militar como mediática. El FALB sigue entrenándose, pero necesitan al menos un mes más para estar listos. Antes de actuar debemos recuperar algo de popularidad. Tenemos que reinstalar la imagen de que estamos haciendo algo por la gente. Algo fácil pero que salga en todos los diarios”.

La lista de temas que preocupaban a la población no era muy larga, pero resolver efectivamente alguno de esos problemas no estaba al alcance de un gobierno que nunca se había interesado por su solución. Pobreza, inseguridad, desempleo, inflación. Ya no había ni tiempo ni medios. Debía ser algo más simple.

Drogas.

El gobierno había mantenido una actitud tolerante respecto del narcotráfico. Algunos de sus fondos provenían de allí.

Sus redes y cabecillas eran conocidos por todo el mundo. Actuaban a la luz del día.

Pero la lucha contra las drogas era una causa popular. El gobierno necesitaba un golpe mediático. Y éste era el tema más fácil de resolver.

En los siguientes tres días los jueces federales adictos al gobierno, recibieron sus instrucciones. La lucha contra el narcotráfico era la consigna del día. Algunos jueces presentaron reparos pero, con las últimas modificaciones a la legislación, su permanencia en sus puestos dependía de la voluntad del Poder Ejecutivo. En los hechos, el presidente era el dueño del Poder Judicial. Uno a uno, todos los jueces se avinieron a las exigencias del poder. Una de las etapas más sangrientas de la historia del país estaba por comenzar, y esta vez los jueces no serían espectadores, sino desafortunados protagonistas.

 

Una semana después, un conocido y sorprendido narcotraficante era arrestado por la policía en un club nocturno. A este primer arresto, se sucedieron varios más.

Contrariamente a lo que podía suponerse, los procesos judiciales tomaron una inusual velocidad.

“Esto no es lo acordado”, vociferó uno de los cabecillas, al ser detenido frente a las oportunas cámaras de televisión, “traidor, traidor”.

Con un mínimo esfuerzo, el gobierno había recuperado la iniciativa. No alcanzaba para ganar las elecciones, pero al menos le daba algo de respaldo popular para cuando se tomaran medidas más extremas.

La contraofensiva se había iniciado con éxito.

 

Era un negocio redondo.

"Pintuprim pinta mejor".

Pintuprim quería instalarse en el mercado de las pinturas y la oferta era parte de su campaña de publicidad.

El edificio aún no necesitaba ser pintado, pero nadie rechaza una oferta gratis. El trabajo comenzaría a fines de marzo, y lo único que solicitaba Pintuprim al finalizarlo, era la autorización para utilizar las fotos del recién pintado edificio en su campaña publicitaria.

El jefe de contrataciones no tenía ninguna duda. No habría ningún gasto, y su propia casa sería pintada sin costo. Pintuprim era una firma agradecida con sus amigos.

El contrato fue firmado con sonrisas de ambas partes.

Tres días después, a efectos de hacer el cálculo de pintura y el cronograma de trabajo, el técnico entró al edificio de la Casa Central del Banco de la Nación Argentina.

Había tenido que aprender rápido. La pintura nunca había sido su especialidad.

Era el jefe del equipo FOXTROT.

 

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