CAPÍTULO 19
UNA INSONDABLE MALDAD
BUENOS AIRES, ENERO
Hacía calor y el guardia de seguridad había abierto la puerta de su garita. Los dos hombres entraron juntos a la sucursal 15 del Banco del Sur. Ni bien traspasada la puerta bajaron sobre sus rostros los pasamontañas que llevaban arrollados sobre sus cabezas.
Mientras uno apuntaba al sorprendido guardia, su compañero trabó la puerta de entrada del local.
Se escuchó un disparo y el clásico, "Esto es un asalto. ¡Todos al suelo!". Al segundo disparo, y en medio de gritos de terror, ya nadie quedaba de pie. Con el guardia ya desarmado, el delincuente se dirigió al mostrador y exigió a los cajeros que pusieran el dinero en una bolsa.
Fuera de la vista de los delincuentes y oculto por un mostrador, uno de los empleados accionó la alarma silenciosa que alertaba a la comisaría cercana.
Solo segundos más tarde, uno de los ladrones paseó su vista por el local y gritó a su compañero, "¡Vamos, viene la policía!". Sin dudar un instante, el segundo hombre corrió hacia la entrada, dejó caer su arma en un canasto, y salió a la calle ya con el rostro descubierto. Su compañero lo siguió, pero tomó la dirección contraria. .
Minutos más tarde, al llegar los patrulleros de la Policía no había nadie a quien detener. Ambos hombres habían desaparecido en las bocas del subterráneo
Inteligentemente, el héroe del día, el empleado que había salvado al banco, dio su versión a la policía, pero resignó el disfrutar de su transitoria fama ante las cámaras de la televisión. No era hombre de correr riesgos, y con el agradecimiento de su institución le bastaba.
Sin embargo, varias preguntas repiqueteaban en su mente. ¿Cómo habían sabido de la alarma? ¿Se habían dado cuenta de su acción? ¿Había corrido peligro sin saberlo?
Cuatro pisos más arriba, en el edificio de enfrente, el hombre que tenía las respuestas guardó sus binoculares, su cronómetro y su block de notas. El jefe del equipo Bravo tenía todo lo que necesitaba.
Dos días después del frustrado robo del banco, ya nadie hablaba de él.
Era un día tranquilo en el CMC. Los equipos estaban analizando las conclusiones del informe de los atentados a los gasoductos, seis meses atrás. Día de estudio y de meditación.
Ramírez entró al Puesto de Comando y miró las pantallas de televisión que estaban permanentemente conectadas con los principales canales y noticieros, del país y del extranjero.
Las cámaras parecían estar en la calle y la joven periodista pelirroja se veía muy agitada.
“¿Qué está pasando?”.
“Están robando un banco, con rehenes”.
Ramírez miró la pantalla con detenimiento.
“Pero esto es viejo”, dijo, “yo he visto esas imágenes, esa filmación es de hace dos días”.
“No, Jefe”, dijo el Jefe de Turno. Es que es el mismo banco del otro día”.
“¿Lo asaltan otra vez?”, preguntó Ramírez con incredulidad.
“Sí, Jefe. Tienen mala suerte, ¿no?”.
La mente analítica de Ramírez tardó unos segundos en procesar la información.
“Comuníqueme con el ministro. ¡Ya!”. El Director del CMC tenía una horrible premonición.
La comunicación tardó menos de un minuto en establecerse, pero el Ministro del Interior no quiso atenderlo directamente.
“Dice el ministro que se tranquilice. Ya se están tomando medidas”, dijo un asesor.
“Páseme con el ministro. ¡Ahora!”, gritó Ramírez.
Un instante transcurrió.
“¿Qué quiere, Ramírez? ¿Me llama por un asalto?”, dijo irritadamente el ministro.
“Señor Ministro, por favor, creo que esto no es un asalto. Creo que es una emboscada”.
“No sea ridículo. Ya se están encargando del caso. No me fastidie más, Ramírez”. Y colgó.
El Director exclamó, “¡Este imbécil!”. “Comuníqueme con el Jefe de Policía. Urgente”.
El ingeniero Colombres entró al Puesto de Comando.
“¿Qué pasa, otro asalto? ¿Mismo banco?”.
“Fue un ensayo, Fernando. La semana pasada fue un ensayo para estudiar los tiempos de reacción. Esto es lo real.”
Colombres conocía demasiado bien a Ramírez como para minimizar su inquietud.
“Pero es un hecho policial. No nos incumbe. ¿Por qué te preocupa?”.
“Porque el objetivo no es el banco. Es la policía”.
En la pantalla, la periodista pelirroja se agachó y la cámara apuntó un instante al cielo. Enseguida se escuchó el sonido característico de armas automáticas. Luego, dos explosiones.
La periodista corría, mientras la imagen de la cámara oscilaba. Finalmente, la cámara enfocó el suelo y la imagen se oscureció.
“Estamos teniendo inconvenientes técnicos. Pasamos a estudios centrales”. La voz parecía no haber registrado los disparos, ni el hecho de que el “inconveniente técnico” fuese un disparo en el cuello del camarógrafo.
“Eso es un error”, dijo Schiller, el Oficial de Operaciones de Lucibello, al jefe del Equipo Bravo.
Desde el cuarto piso del edificio frente al banco, ambos hombres observaban el desarrollo de la acción.
Schiller recordó al jefe del equipo las enseñanzas de Lucibello.
“Nunca, NUNCA, se ataca a la prensa. Necesitamos la prensa. Y en un caso extremo, se le dispara al locutor, nunca al camarógrafo. Necesitamos las imágenes. A través de la televisión manejamos la opinión pública, y el mundo”.
“Voy a investigar quien se equivocó. Pero por suerte hay muchas cámaras más. Tendremos muy buena cobertura”, dijo el jefe de los atacantes.
Un segundo patrullero se acercó en apoyo del primero, que se hallaba detenido y humeante casi frente al banco. Un hombre con uniforme azul-negro había logrado salir del vehículo, solo para ser inmediatamente alcanzado por los disparos. Sus compañeros yacían muertos dentro del automóvil.
El patrullero redujo su velocidad para sortear el obstáculo del camión semirremolque que se encontraba casi bloqueando la avenida.
Había un espacio entre el camión y la pared. El conductor lo vio y dirigió el vehículo hacia él. Y entró justo en el campo de tiro de la ametralladora calibre 50 apostada en un departamento del primer piso.
Los chalecos antibalas del personal policial los protegen de la munición de armas portátiles, pero nadie podía prever que iban a ser blanco de armas que tenían capacidad antiaérea.
Los disparos penetraron a través del parabrisas y del techo del patrullero matando instantáneamente a tres de los cuatro ocupantes. El apuntador de la ametralladora levantó la vista de la mira, vio un movimiento dentro del patrullero y volvió a disparar. Nada más se movió.
A seis cuadras de distancia, el jefe del equipo Charlie terminó de comer su sándwich y volvió a asomar la cabeza por sobre la pared de la terraza. Frente a él, la comisaría era un hervidero. El banco atacado estaba en su jurisdicción. El último patrullero partió en dirección al banco haciendo sonar su sirena. Detrás de él, un micrómnibus se puso en marcha. El jefe del equipo calculó que llevaría una docena de hombres. Pensó un instante, tomó su handie-talkie y ordenó, “Al micro”.
En la esquina, a cincuenta metros de su jefe, el apuntador del RPG-7 se incorporó, apoyó el lanzacohetes sobre el borde de la pequeña pared de la terraza y apuntó a la calle.
RPG-7
El patrullero aceleró, su sirena aullando. Al pasar bajo el lanzacohetes, el oficial sentado al lado del conductor lo vio y gritó. Ya no había tiempo.
El micro ya estaba en la mira del apuntador. ¡Fuego!.
El booster impulsó la granada a 120 metros por segundo, y las aletas estabilizadoras se abrieron haciendo rotar el proyectil. A poco más de diez metros, se encendió la carga impulsora acelerando el proyectil a 300 metros por segundo.
En solo tres décimas de segundo, el proyectil de carga hueca, diseñado para destruir vehículos blindados, hizo impacto en el techo, justo detrás del conductor.
El chorro de metal fundido y gas a alta temperatura penetró dentro del micro, incinerando a sus pasajeros y haciendo volar los vidrios hacia fuera. Un instante después, el tanque de combustible explotó en una llamarada.
“Wuauuuu..!”, gritó el apuntador con entusiasmo, con los ojos abiertos como platos. Enseguida recibió encima una lluvia de fragmentos de vidrio y metal fundido. Se paró y se sacudió de encima las partículas incandescentes. Movido por sus reflejos, inició su carrera hacia la escalera para cambiar de posición. Sabía que el humo y la llamarada habían delatado su ubicación.
Su auxiliar le gritó, “¡Vuelve! Esto no es Bosnia. Nadie nos dispara. ¡Vamos, otro!”, y vació el cargador de su AK-47 sobre el patrullero que se había detenido a cuarenta metros.
Con el lanzacohetes recargado, el apuntador retomó su posición.
Apuntó a la ventana lateral de la comisaría y disparó. El proyectil rozó el marco, se desvió apenas, hizo impacto en una pared interior y estalló. Los vidrios del edificio volaron hacia fuera. Un hombre que estaba en la ventana del primer piso fue despedido hacia fuera y cayó sobre la vereda.
El jefe del equipo Charlie dio la orden. Los cinco hombres del escalón asalto se movieron rápidamente ingresando al edificio detrás de una cortina de proyectiles, eliminando a la débil oposición que quedaba.
En menos de un minuto y en medio de una feroz humareda, la bandera roja y negra del Frente Armado de Liberación Bolivariano (FALB) ondeaba en el balcón del primer piso.
Tres minutos después, los hombres del equipo Charlie se habían retirado, dejando tras de sí una estela de muerte, el lanzacohetes RPG-7, un AK-47 y gran cantidad de panfletos con propaganda del FALB.

“¡Pero nosotros no fuimos!”, se indignó el comandante del FALB. “¡Nos hubiera gustado hacerlo pero no lo hicimos!”, repitió. El comandante no salía de su asombro.
Ya reunido con sus jefes de columna les preguntó qué les parecía conveniente hacer. Hacerse cargo del hecho, negar su autoría, o no decir nada.
Mientras discutían, sonó el celular de uno de los jefes de columna.
“Comandante, me parece que hemos perdido el tren. Acaba de difundirse un comunicado con nuestra firma adjudicándonos los ataques. Ya está en todos los medios”
El comandante se tomó la cabeza. “¿Qué está pasando? ¿Quién quiere jodernos?”, y agregó, “creo que esto viene muy mal, sobre todo porque no sabemos de parte de quién”.
“A las 22 hs, CONTRAPUNTO: Edición Especial”.
Laurel y Hardy aparecieron en la pantalla con expresión sombría. En reunión con el director del programa se había decidido que esa era la actitud más conveniente, frente a hechos tan violentos. Laurel y Hardy habían practicado su expresión unos minutos antes de comenzar la Edición Especial del programa.
La imagen de la bandera del FALB ondeando en medio de las llamaradas y la humareda, fue repetida hasta que quedó grabada en las retinas de la audiencia.
Al término del programa, quedaban pocas dudas sobre la violencia de los métodos de la nueva organización.
El Director del CMC volaba de furia y de angustia.
“¡Veintidós muertos!”, dijo, “estos hijos de puta atacaron a la policía. A mi policía.
Colombres nunca lo había visto perder la calma de esa manera. Tampoco había escuchado un insulto de boca de Ramírez.
La reunión con el ministro había sido tormentosa. El funcionario había acusado a las propias fuerzas de seguridad de incompetencia, y esto había sido demasiado para Ramírez.
Mientras los jefes policiales permanecían en silencio, el Director del CMC le había expresado claramente al ministro su opinión. No recordaba exactamente los calificativos, pero “retrasado mental” había sido uno de ellos. El ministro lo había echado del despacho, pero Ramírez, en la puerta, le había recordado que todas las conversaciones telefónicas del CMC quedaban grabadas.
“Si usted se mete con el CMC o pretende responsabilizar a la policía voy a asegurarme que nuestra charla telefónica salga en todos los medios.”. Se había marchado dando un portazo.
Ya en el ambiente calmo y frío del CMC, Ramírez se había tranquilizado y estaba reunido con Colombres, Lieberman y el Jefe de Turno.
Más allá de su enojo latente se lo veía muy preocupado.
“Esto es obra de un solo hombre”.
“Pero, jefe, eran muchos”, dijo el Jefe de Turno.
“Quiero decir, que está pensado por un solo hombre. Recuerden, el ministro Valderrama y Contrapunto, planeado durante meses. Luego, el gasoducto y las minas. Ahora, el banco y la emboscada. Misma forma de operar. Es un jugador de ajedrez”.
“Jefe, para ser un jugador de ajedrez sabe mucho de armas y explosivos.”
“Quiero decir”, repitió exasperado Ramírez, “que es alguien que piensa como un jugador de ajedrez. Arma el escenario primero, y recién después actúa. Por eso siempre llegamos tarde. Siempre nos lleva un par de jugadas de ventaja”. Y agregó. “En cuanto a su profesión, es obviamente alguien con formación militar.”
Colombres lo miró, ahora también preocupado.
“Estamos hablando de la conducción del FALB?”, preguntó.
“No estoy seguro, Fernando. Ya sé que todo apunta al FALB, pero a veces las cosas no son lo que parecen. El autor de esto es alguien retorcido y malévolo. Alguien de una insondable maldad”.
Colombres pensaba.
“¿Qué te pasa?”, le preguntó Ramírez.
“Creo que no estoy de acuerdo en eso. No es maldad. Es alguien que no se permite ni siquiera ese sentimiento. No hace un solo movimiento de más. Eso es más peligroso aún”.
“¿Y no tenemos idea de quién puede ser? Si no es el FALB, ¿quién? Ya hizo tres jugadas. No quiero imaginarme cual será la siguiente”, dijo Lieberman.
Ramírez se paró.
“Miren, si no adivinamos la jugada, siempre vamos a llegar tarde. Así que, a partir de ahora, quiero toda la información sobre cualquier cosa extraña o fuera de lugar que ocurra en el país.
Contacten a las policías y a Gendarmería, aprieten a los soplones, consigan los videos de los puertos y aeropuertos. Vigilen las embajadas. Hablen con gente de la aduana respecto de cargamentos sospechosos. Cancelen las licencias y pongamos a todo el mundo a trabajar.”
“Mónica va a matarme”, dijo Colombres.
“Fernando, creo que nadie tiene idea de la magnitud de la amenaza. Tuve la sospecha cuando sucedió lo de las minas, pero ahora estoy convencido. Nos enfrentamos a una mente brillante con una determinación demencial. Si no lo paramos va a destruirnos”.
El ambiente en el Centro de Manejo de Crisis se había tornado gélido. No era por el aire acondicionado.