CAPÍTULO 18
SAWUBONA
KWA ZULU, SUDÁFRICA, ENERO
La ventana abierta dejaba entrar los chillidos de chicos jugando y el sonido de las olas del mar. Vacaciones.
Olivares no lograba despertarse.
Sentía algo sobre su pelvis. Pesado, pero agradable. Moviéndose. Una sensación tan placentera como un sueño erótico.
Consiguió abrir apenas los ojos. Era mejor que un sueño.
Giselle, desnuda, estaba subida a su excitación matutina y lo cabalgaba con movimientos lentos.
“Buen día, amor”, dijo Giselle con una gran sonrisa, “o al menos un buen despertar”.
“Ah, me cuesta despertarme”, protestó Olivares.
“Le costará a tu cerebro, porque otras cosas están despiertas hace rato”, se rió Giselle, que seguía en su sube y baja, “y no estoy quejándome, te aclaro”.
Se inclinó hacia delante apoyando sus manos en el pecho de Olivares y aceleró su movimiento.
Como dos pesados péndulos, sus pechos oscilaban acompasadamente hacia fuera para enseguida chocar en el medio, con un chasquido.
“¿Cómo hace eso?”, pensó Olivares, que se sentía como en la primera fila del show más excitante del mundo.
Olivares apoyó las manos sobre sus pechos y los apretó suavemente, maravillándose de su suavidad y su leve caída. Tan fluidos, tan femeninos, tan naturales.
En su suave movimiento, Giselle tenía los ojos entrecerrados y los labios abiertos.
Metía los dedos de su mano entre sus cabellos y los levantaba, peinándose distraídamente.
De golpe, ella lo estrujó como con un puño interior, haciéndole soltar un quejido. Se rió. “Mmmm…, soldado, te tengo a mi merced”.
“Ah, ¿querés jugar? Ahora vas a ver”, dijo Olivares tomándola de las caderas y bajándola de golpe, hasta pegarla contra su pelvis.
Giselle soltó el aire, “ughhh…”, suspiró.
Olivares no le permitió subir y comenzó a moverla lentamente hacia delante y atrás. Su cuerpo le resultaba liviano y era casi un juguete en sus manos.
Las manos de Giselle se aferraron a sus brazos, apretándolo. Pequeñas gotas aparecieron en su frente y su respiración se hizo entrecortada. Al darse cuenta que ella estaba cerca, Olivares apuró su movimiento.
El vaivén se hizo más rápido y enérgico.
Con los ojos cerrados, Giselle se mordía el labio inferior y respiraba agitadamente. De golpe, su cuerpo se puso rígido y dejó caer la cabeza hacia atrás con un gemido. Un instante después, su cuerpo se sacudió, arqueándose hacia atrás en un largo y profundo suspiro.
Sus manos se apoyaron en las rodillas de Olivares, tratando de recuperar el equilibrio, mientras sus pulmones buscaban el aire que les faltaba.
Sus ojos se abrieron, aún sin enfocar.
“Guauuu….”, dijo.
Olivares la aferró de las muñecas, llevó sus brazos detrás de la espalda de Giselle y la aprisionó contra su pecho.
“¿Qué?, no, no, espera….”.
Olivares se rió, “vos empezaste”, dijo impulsando enérgicamente sus caderas hacia arriba, levantando a Giselle con él.
Ella forcejeó un instante, pero estaba agotada, y pronto se abandonó a la sensación.
Unos minutos después, y luego de una nueva explosión, Giselle se aflojó sobre el pecho de Olivares. Sin aliento.
El coronel le acarició el cabello.
“Tu-deberías-ir-preso”, murmuró Giselle, entrecortadamente, aún con los ojos cerrados, “lo que me haces debe ser ilegal”. Y, con una sonrisa en los labios, se deslizó nuevamente hacia un plácido sueño.
Giselle dormía y el coronel disfrutaba del paisaje.
Desde la ventana del hotel, Olivares observaba las olas del Océano Índico y la ciudad.
Durban, el puerto más activo de todo el continente, la tercera ciudad más populosa de Sudáfrica, y la más importante de la provincia de Kwa Zulu-Natal. “Extraño nombre”, pensó el coronel.
Kwa Zulu significa literalmente “el lugar de los Zulúes”, y Natal fue el nombre dado por Vasco da Gama a la tierra donde desembarcó en la Navidad de 1497.
La región, ahora también llamada Reino Zulú, había sido escenario de sangrientos combates en el siglo XIX.
Blood River, donde las fuerzas del rey Dingane, hermano de Shaka, fueron derrotadas por primera vez por los Boers, devenidos en Voortrekkers.
Isandlwana, donde quince mil zulúes sorprendieron y casi exterminaron a una fuerza británica.
Rorke´s Drift, la misión sueca defendida por tropas británicas, los “heroicos cien”, contra cuatro mil zulúes. Once cruces Victoria otorgadas por la acción de ese día.
Un siglo de masacres y violentos enfrentamientos raciales. El nacimiento
sangriento de una nación.
Abajo, entre la fila de hoteles y la playa, chicos negros y blancos jugaban gritando y chapoteando en grandes piletas, de fondo celeste y blanco. Se deslizaban chillando por los toboganes, sin preocuparse de los odios de sus abuelos.
Tal vez el futuro de Sudáfrica estaba en esas piletas.

Olivares no podía apartar de su mente algunos acontecimientos recientes.
La advertencia de Lucibello y la reunión con sus oficiales ensombrecían su horizonte.
El coronel sabía que había cumplido la tercera etapa y que solo restaba el pago final.
Trató de clarificar su propia posición.
De un lado el gobierno, que ya había intentado y continuaría intentando eliminarlo. Del otro, Lucibello, con métodos que Olivares no podía aprobar.
A esto, se sumaba un elemento más.
¿Qué era el Frente Armado de Liberación Bolivariano?
Schiller lo había explicado. El gobierno había aportado el personal y Venezuela las armas. Las cláusulas del acuerdo eran secretas. Tampoco nadie podía aventurar si serían finalmente cumplidas o no.
Olivares reflexionó que hasta ese momento el gobierno tenía el poder formal y las Fuerzas Armadas y de Seguridad el poder real.
“Sin los cañones, la ley no vale la tinta con que está escrita”, había dicho Lucibello.
Era un equilibrio precario. Ninguno de los dos podía invadir el espacio del otro.
Pero con la aparición del FALB, el gobierno ganaba una cuota de poder real. Aún no podía enfrentar a las Fuerzas Armadas, pero podía disponer de tres o cuatro mil hombres armados en la Capital. Solo había que ser más fuerte en el lugar donde se buscaba la decisión, como lo había demostrado Napoleón en Austerlitz y Alejandro en Gaugamela.
¿Para qué? Olivares conocía muy bien a los generales. El jefe del Ejército era un buen hombre, serio, y convencido que el futuro del país pasaba por el respeto a las instituciones. No era de ninguna manera una amenaza para la estabilidad del gobierno. Ningún gobierno de los últimos veinte años había gozado de tanta tranquilidad en el ámbito militar. No lo querían, pero tampoco iban a hacer nada contra él.
La única amenaza real era la pérdida de popularidad y la derrota electoral, que ya se perfilaba como inevitable.
¿Entonces? Para qué el FALB?.
“Un autogolpe”, pensó Olivares. “solo para eso”.
CENTRO DE MANEJO DE CRISIS, BUENOS AIRES
“Un autogolpe”, dijo Ramírez, “eso es lo que se viene”.
“Estado de sitio, cierre del Congreso, postergación indefinida de las elecciones y Camello para veinte años más”, dijo Colombres.
“Ustedes están locos”, dijo Lieberman, estirándose y robando la última medialuna, “¿por qué harían eso?”.
“Porque las elecciones están ya definidas, Rubén. Pierden por paliza”, explicó el Director.
“Pero faltan meses. Seguramente el gobierno aún debe tener alguna carta que jugar. Alguien que lo apoye para reconquistar su popularidad”.
Ramírez negó con la cabeza.
“No, Rubén, se acabó. Está peleado con todos. Nadie le atiende el teléfono”.
“Este idiota debería escribir un libro. <Cómo hacer amigos>, por el Camello Herrero”, agregó Colombres, quien no se caracterizaba por la mesura de sus opiniones, ni por su respeto a la investidura presidencial.
DURBAN, SUDÁFRICA
Giselle y Olivares cenaron en el Hilton Durban.
Situado junto al Centro Internacional de Convenciones, sobre la calle Walnut, el Hilton tenía un hall de entrada de estilo africano.
Gruesas columnas de más de diez metros de altura, de color marfil, azul y marrón, con un balcón interior en todo su perímetro, y un piso de mosaicos de formas irregulares con motivos africanos en una espiral multicolor.
Las luces del techo daban un tono dorado al ambiente del enorme hall.
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De pisos verdes, amplios ventanales, y decoración africana en rombos marrones, el Rainbow Terrace era el restaurant del hotel y uno de los mejores de la ciudad.
Tomaron asiento junto al ventanal y contemplaron las luces de la ciudad.

Durban era un destino turístico muy visitado, pero su nivel de inseguridad enturbiaba su belleza.
“Señor, ¿quisieran comenzar con un coctel de camarones?”. La especialidad del Rainbow Terrace eran los frutos de mar, pero a Olivares este plato no le traía buenos recuerdos.
Regresaron temprano. Necesitaban descansar.
Esa tarde habían recorrido la Golden Mile, el cordón de playas protegidas por redes contra tiburones.
Para el día siguiente, Olivares tenía planeado llegar hasta una playa bastante alejada y solitaria.
El coronel no entendía la cultura africana. Las mujeres salían del mar y se duchaban en la playa, bajando sus trajes de baño hasta la cintura para quitarse la arena sin apuro, pero señalaban entre risueñas y escandalizadas la minúscula parte inferior de la bikini de Giselle. “¡Bam, bam!”, comentaban entre risas.
Dado que muchas mujeres cubrían sus mallas con shorts, Olivares no necesitaba un diccionario para comprender lo que las mujeres señalaban.
Fuera de la Golden Mile, el coronel sabía que no era seguro nadar en el mar, ni alejarse de la playa.
No le preocupaba. De todos modos, su idea no era nadar.
El sol de África acariciaba la piel de Olivares. Más bien lo envolvía, generándole una indescriptible sensación de bienestar.
Era una pequeña playa desierta, entre dos salientes rocosas. No se veía una sola huella humana en la arena.
El sonido de las olas al romper lo arrullaba y la mente del coronel se movía en ese estado de letargo entre la conciencia y la paz absoluta.
“Nirvana”, pensó, “soy una iguana en el Nirvana”.
Solo en el universo, con Giselle.
Hacía tiempo que no se sentía tan cómodo, tan relajado, tan…
El baldazo de agua de mar lo bajó de golpe a la tierra.,…mojado.
Olivares sacudió la cabeza como un perro. ¿Quién?
“¡Sawubona, marmota!”, Giselle se reía a carcajadas.
Sawubona, “yo te veo”, hola en zulú.
La vista del cuerpo de Giselle, adornado más que vestido, con un thong o hilo dental, lo puso en movimiento.
“Ya verás”, dijo. Y se levantó de un salto.
Giselle le arrojó lo que quedaba de agua a los ojos y corrió.
Olivares salió en su persecución.
“¡Tortuga!”, le gritó ella sacándole aún más ventaja.
Con las rodillas levantadas y los pies apenas tocando el suelo, las largas piernas de la mujer volaban sobre la arena. Una gacela.
Giselle se detuvo y lo miró, riéndose.
Llevó una mano a su espalda y desprendió su corpiño.
“Si me alcanzas, soy tuya. Si no, te lo pierdes”.
Arrojó el corpiño al suelo y arrancó nuevamente, con Olivares detrás tratando de salvar su orgullo, y conquistar el premio.
Ahora corrían cerca del agua, en terreno más firme.
Olivares veía los talones de Giselle levantarse hasta casi tocar sus sólidos glúteos en cada zancada. El coronel, apenas más veloz, consiguió acercarse a sus espaldas.
El cabello rubio flotaba al viento. En un último esfuerzo, estiró el brazo y apresó el mechón.
Tiró y Giselle se detuvo, con la cabeza levantada y sin aliento, mirándolo con ojos desafiantes.
“No sos tan rápido, soldado. Te costó alcanzarme”.
Olivares se agachó, la tomó de los muslos, y la cargó al hombro.
“¡Ahhh, salvaje! ¡No estamos en la edad de piedra, bajame!”
“De inmediato“, rió Olivares. La depositó de cola en la arena y la empujó hacia atrás hasta que estuvo acostada de espaldas. Sus pechos se levantaban, agitadamente.
Se tendió sobre ella, la tomó de las muñecas y aprisionó sus brazos por sobre su cabeza. Sosteniéndola con una mano, bajó la otra, y en un rápido movimiento la despojó de la prenda restante.
“¡Ahhh..!, protestó ella riendo, “pagarás por esto”.
Olivares puso sus piernas entre las de ella y súbitamente descansó todo el peso de su cuerpo sobre los pechos de Giselle. “Uhhh..!, gimió ella al comprimirse sus pulmones.
“De verdad pesas”, alcanzó a decir antes que la boca de Olivares sellara sus labios con un beso.
Cuando logró zafarse para tomar aire, lo miró con malicia. “Aún no consigues nada”, dijo, intentando cerrar las piernas.
Olivares tensó sus muslos empujando hacia afuera. Los músculos de Giselle resistían la presión, aunque no por mucho tiempo. Era una lucha desigual y no duraría mucho.
El coronel aflojó la presión, sonrió, y acercó sus labios a los de ella. Soltó sus manos y la besó suavemente. Acarició el rostro que lo desvelaba. La miró a los ojos y volvió a rozar sus labios.
La respiración de Giselle se tornó agitada, sus músculos se aflojaron y dejó que sus piernas se abrieran. Tenía los ojos húmedos.
“Tómame, amor”, suplicó. “No me hagas desearte. ¡Tómame!”.
La poseyó sin prisa, en largos vaivenes, hasta que los pies de Giselle enlazaron su cintura, su cuerpo se arqueó, y se aflojó en un grito. Olivares esperó su descenso y volvió a empezar. Y así tres veces, hasta que Giselle, sin aliento alcanzó a decir, “vamos a ahogarnos aquí”.
“Lo hacemos bien, pero no es para tanto”.
“Quiero decir que nos estamos mojando”.
La espuma amenazaba con cubrirlos.
Se levantaron con dificultad y se apresuraron a buscar sus trajes de baño, antes que la marea se los llevase.
Dos parejas caminaban por la playa en su dirección.
Una de la mujeres, extrañada, señaló el corpiño tirado en la arena frente a ellos.
Giselle caminó erguida y con paso tranquilo.
Se agachó, recogió su corpiño y saludó, “Sawubona!.”
“Well, hello!”, respondieron a coro los dos hombres de Nueva Inglaterra. Las mujeres la miraron con envidia. Nunca sabría si por su físico o por su desenfado.