CAPÍTULO 17

DUELO DE LEONES

MPUMALANGA, ENERO 

 

Tal como preveían las detalladas instrucciones del sobre, el resto del programa se desarrolló sin dificultades.

El vuelo de South African llevó al coronel de Cape Town a Johannesburg en dos horas.

El aeropuerto internacional de Johannesburg (JNB), es el más activo de África. Situado a más de 1600 metros de altura es considerado un aeropuerto “alto y caliente”, es decir que los aviones tienen rendimientos por debajo de lo normal debido a la baja densidad del aire.

Del aeropuerto, el coronel se dirigió a Sandton, en las afueras y al norte de la ciudad.

Los hoteles que le elegían eran cómodos, pero no lujosos. Olivares tenía idea de que la seguridad era el factor determinante. Como si los eligiera Mr. Stamp.

El Cullinan Inn tenía habitaciones agradables y una pileta que Olivares no tendría oportunidad de usar. Lo primero que hizo al entrar fue llamar a Stellenbosch. Todo iba muy bien, le dijo Giselle, pero lo extrañaba. ¿Terminaría a tiempo? El coronel esperaba que así fuese, pero no tenía idea de lo que le depararían los próximos días.

Tal como había dicho Lucibello, la compra de diamantes ya había sido avalada por Buenos Aires y a Olivares solo le faltaba confirmar el acuerdo.

La transacción se realizó en el edificio del Diamond Centre, ubicado sobre Main Street, en pleno centro de Johannesburg. Olivares autorizó la transferencia y el recipiente sellado conteniendo los diamantes fue depositado en una caja de seguridad.

Dos millones cuatrocientos mil dólares en diamantes. Las piedras habrían cabido en una bolsita y pesaban alrededor de medio kilogramo.

El resto del dinero fue transferido a un banco en las islas Cayman. Fantasma, sin duda.

La primera parte de la misión del coronel en África estaba concluida. Aún no sabía cuál sería la segunda.

Al día siguiente, Olivares abandonó Johannesburg en un auto alquilado y siguió camino al este por la N4 hasta Nelspruit, capital de la provincia de Mpumalanga, “el lugar donde sale el sol”, en Swati.

De acuerdo a las instrucciones, dobló al norte hacia White River.

Encontró el Hotel Winkler y no se sorprendió al saber que lo estaban esperando.

Había un sobre para él.

 

Llovía sobre White River.

Después de la cena, el coronel recorrió el hotel, un edificio redondo con forma de pagoda. Cabizbajo. Extrañaba a Giselle.

  

Salió afuera bajo una fina llovizna. Necesitaba caminar y digerir su cena antes de dormir. A Olivares le gustaba la comida sudafricana, aunque no estaba de acuerdo en suicidarse con panceta. “Si me quedara más de un mes tendrían que lanzarme con paracaídas de carga”, pensó.

Enseguida se dio cuenta que era una fantasía. El coronel reflexionó con tristeza que debía resignarse a una nueva vida. Ya no habría más saltos ni operaciones de combate. Ese ciclo de su existencia se había cerrado.

Bajo la tibia llovizna de Mpumalanga, Gustavo Adolfo Olivares no podría haber estado más equivocado.

 

La atmósfera nocturna estaba llena de sonidos. Animales, insectos y la lluvia sobre las hojas. Disfrutó el aroma del pasto mojado.

Hacía pocos días que había llegado y ya sentía el efecto. África empezaba a fascinarlo.

Cómo deseaba compartir esas sensaciones con Giselle.

Volvió a su habitación y la llamó. La voz alegre y juvenil borró su melancólico estado de ánimo. Se sintió mejor, pero no dejó de extrañarla.

En la quietud de la noche africana, Olivares reflexionaba.

Tenía frente de sí una serie de preguntas que debía responder al día siguiente.

Se le requería su opinión sobre personalidades políticas, a quienes conocía poco, y comandantes militares, a quienes conocía desde hacía treinta años.

Era evidente que Lucibello quería confirmar de primera mano los informes recibidos de otras fuentes.

El coronel redactó una ayuda memoria y se dispuso a descansar.

Debía dormir. Un avión privado lo llevaría a la tarde siguiente a un nuevo destino.

Abrió el ventanal al exterior, se desvistió y se acostó sobre la cama.

En cinco minutos, con la imagen del rostro sonriente de Giselle en sus pensamientos, Olivares se durmió.

 

El “avión privado” distaba de ser lo que Olivares había imaginado.

El coronel nunca había volado en algo tan pequeño, oxidado y vetusto, pero luego de un viaje de dos horas el viejo monomotor lo depositó sano y salvo en un camino de tierra.

Olivares se maravillaba ante el espectáculo del crepúsculo en la sabana. El sol se deslizaba por sobre las copas chatas de las acacias. Bandadas de aves levantaban vuelo en un ballet multicolor, para luego posarse en medio de chillidos, cientos de metros más lejos.

Un Land Rover color arena lo esperaba. No era un modelo moderno. Parecía un rezago del SAS. Y tenía los faros semi cubiertos.

La figura dentro del vehículo le resultó familiar, aún antes de bajarse.

Lucibello.

El coronel se subió al vehículo, que se puso en marcha hacia el este por un camino de tierra. En media hora encontraron un viejo y deteriorado camino de asfalto y viraron hacia el norte.

Ya oscurecía.

“¿Donde vamos?”, se preguntó Olivares.

“¿Está preparado, coronel? Hay cosas de último momento que mi oficial de operaciones necesita saber. Mientras tanto, disfrute el safari”.

Sus palabras resultaron proféticas.

A los diez minutos, se escuchó un ruido metálico, el Land Rover se sacudió y se ladeó hacia un costado, quedando inclinado sobre el camino.

Lucibello apagó el motor y se bajó.

“Kaputt!”, dijo, señalando una rueda delantera.

“¿Pinchamos un neumático? ¿Qué problema hay? Tenemos el de auxilio”

“Ojalá fuera eso. Rompimos la punta de eje. Fin del recorrido”.

Olivares estaba perplejo. “¿Y ahora qué? ¿Vendrán a buscarnos?”.

“Por supuesto que no. Caminaremos. Estamos a menos de quince kilómetros”.

“¿No puede llamar por radio y avisar?”.

“Coronel”, dijo Lucibello con sorna, “¿qué cree?, ¿que esto es Cabildo y Juramento? Por supuesto que puedo llamar, solo que no quiero hacerlo. ¿Para qué piensa que el Land Rover tiene los faros cubiertos? No es conveniente que se sepa que estamos aquí”.

 “Aquí, ¿dónde? ¿Dónde estamos?”, preguntó Olivares.

“Estamos 200 kilómetros al norte de Satara, más allá del Olifante”.

“Ah, claro. Por supuesto”.

Lucibello se sonrió.

Aclaró, “estamos apenas al norte de Shingwedzi, y como a cincuenta kilómetros al sur del Linpopo. ¿Lo ve ahora?”.

“Sé que estamos en África”, dijo Olivares, un poco molesto.

“Coronel, disfrute el paseo. Estamos dentro del Parque Nacional Kruger”.

“Ah, bien. Entiendo”.

Olivares meneó la cabeza y tardó un instante en reaccionar.

“Dijo, ¿dentro del Parque?”.

“Ajá”, respondió Lucibello.

Olivares no podía creerlo.

“¿Quiere decir que estamos en un parque nacional que es reserva de animales, de noche, desarmados, y a pie?”.

“Ajá”, repitió Lucibello “qué perceptivo es usted”.

“¿Está usted loco? Sé poco de la zona pero lo menos que le dicen es que no hay que bajarse del vehículo. Dígame, ¿por casualidad no hay leones por aquí?”.

“Por supuesto que hay leones, pero no por casualidad. Ellos viven aquí. Hasta ahora no hemos visto ninguno pero aún tenemos tiempo”.

Lucibello abrió la puerta trasera, extrajo dos fusiles y alcanzó uno a Olivares.

“Le es familiar, ¿no es así?”.

Olivares contempló con sorpresa el arma que tenía en su mano.

Fabrique Nationale, FAL Para, calibre 7.62x51 milímetros NATO. Fusil de paracaidistas.

“¿Un FAL Para? ¿Usa un fusil de asalto para cazar?”.

“Para lo que yo cazo, sí. Mis presas suelen responder el fuego, ¿sabía?”.

Sacó una mochila y la abrió.

“Saque munición, coronel”.

Lucibello se puso la mochila en la espalda.

“Vamos”, dijo, “estamos cerca, pero debemos llegar y salir antes de las primeras luces.”

Olivares acarició el fusil con delicadeza y desplegó la culata metálica. Una sensación tan familiar. No sabía qué pasaría, pero ya no era un turista desorientado, ahora era un guerrero armado, y eso le daba una enorme tranquilidad.

 “Coronel, sígame a diez pasos, y esté atento a mis señales. No haga ruido y no hable. Igual que en combate, ¿de acuerdo?”.

Olivares sonrió. Empezaba a sentirse cómodo.

Lucibello tomó la manivela entre el pulgar y el índice, la llevó hacia atrás y la soltó, colocando un proyectil en la recámara. Colocó el seguro e inició la marcha.

Olivares lo imitó.

“A ver, coronel, tenemos dos opciones. Si marchamos sobre el asfalto es posible que encontremos leones. El asfalto se calienta durante el día, y a la noche, cuando baja la temperatura los leones disfrutan echarse de panza sobre él”.

“¿Y la otra?”.

“Marchamos a campo traviesa, pero podemos encontrar leopardos. Mucho menos peligrosos que los leones y además rara vez atacan, pero si alguno lo hace no va a verlo hasta tenerlo encima. Elija”.

Marcharon sobre el camino de asfalto.

Leones o no, Olivares prefería ver lo que pasaba.

 

Lucibello llevaba el fusil en su mano derecha, con la manija de transporte abierta entre el pulgar y los cuatro dedos, que aferraban el cargador. Se movía con pasos elásticos, como un animal más de la sabana.

Tras dos horas de marcha, Olivares ya se sentía parte de África. Respiraba el aroma y gozaba la calidez de la brisa en su piel.

Recordaría siempre esta escena nocturna. Todo estaba tan silencioso. Tan quieto.

Sin sonidos.

¿Sin sonidos?

 

Lucibello se detuvo súbitamente.

Levantó el brazo izquierdo y agitó suavemente la mano.

Olivares reconoció la señal. “Atención”.

Lucibello cerró su puño y lo movió apuntando hacia su izquierda.

“Maniobre en esa dirección”.

Olivares obedeció sin pensar y se abrió hacia la izquierda.

Lucibello se llevó dos dedos a los ojos y señaló al frente.

Y entonces, lo vio.

A diez metros de distancia, acostado sobre el asfalto, un león les bloqueaba el camino.

Lucibello indicó a Olivares que no se moviera.

El león se levantó, avanzó un paso y rugió.

Lucibello levantó el arma.

El león se detuvo, miró el arma y rugió nuevamente.

“Apártate o muere”, dijo con calma Lucibello.

El león no se movió.

Click. Quitó el seguro.

El león miró el fusil.

“Apártate o muere”, repitió Lucibello

Click. Pasó el selector de tiro a Automático.

Lucibello se afirmó sobre las piernas abiertas, estiró su brazo izquierdo y con el derecho apretó la culata contra su cuerpo estabilizando el fusil. Apuntó al cuerpo del león.

“Última oportunidad. Apártate o muere”.

El león volvió a rugir, levantó la cabeza y retrocedió un paso.

“Vete”, dijo Lucibello sin moverse de su posición.

El león retrocedió mirándolos.

Giró su cuerpo y se movió hacia la espesura, con la cabeza dada vuelta hacia ellos, sin perderlos de vista.

Finalmente, con un rugido, se perdió en el matorral.

Olivares soltó la respiración contenida. Estaba exultante. Nunca había confrontado un león. Ni había estado tan cerca de uno. Era una experiencia nueva para el coronel, que aún sentía la adrenalina recorriendo su cuerpo. También era una sensación que quería volver a sentir. Recordó las palabras de su acompañante al bajar del Land Rover, “África tiene un problema. Es muy difícil no enamorarse de ella”.

Olivares no imaginaba a Lucibello capaz de enamorarse de nada, salvo de sí mismo, pero entendía la idea, y comenzaba a compartirla.

Minutos después, y ya nuevamente en marcha, Olivares preguntó, “¿cuán cerca estuvimos?”.

“Fracción de segundo. Si hubiera agachado los cuartos traseros le hubiera vaciado el cargador.”

“¿Por?”.

“Porque eso hacen para saltar”.

“Pero, ¿todo el cargador? ¿Veinte tiros?”.

“Claro. ¿Por qué no? Lo que me sobra es munición”, se encogió de hombros y agregó, “y, coronel, yo no corro riesgos tontos. Esa es la diferencia entre un cazador de animales y un cazador de hombres”.

Olivares no lo dudaba.

Sin embargo aún tenía un interrogante, “¿Para qué le habló? Es un león africano. No entiende castellano”, dijo con un dejo de burla.

“Como la mayoría de los animales, no entiende las palabras pero sí el significado, a través del tono de voz. Además, estaba asustado, porque nos vio armados”.

“Lucibello, eso no se lo creo. ¿Dice que el león sabe qué es un fusil?”.

“Mire, coronel, no se sabe bien por qué, pero sí pueden reconocer un arma. El león sabía que estábamos armados antes de vernos, en cuanto nos olió. Pueden oler el aceite lubricante de las armas”.

Olivares estaba genuinamente sorprendido.

“Hay algo más interesante. Aparentemente, aún los leones que nunca han visto un arma, saben qué es. Y saben que matan. Memoria colectiva, diría Jung”.

“¡Jung!”, pensó Olivares, “Lo que me faltaba. Estoy en medio de la selva y de noche, discutiendo filosofía con un megalómano full-time. Algo debo estar haciendo mal”.

“Era un león joven. Por eso estaba solo. De habernos encontrado con una manada no hubiera sido tan fácil. No me gusta matar leones”, dijo Lucibello, “son animales hermosos. Pero a veces no hay opción. Yo, coronel, no soy siempre tan bondadoso como aparento”.

Olivares no podía imaginarse de donde había sacado esa idea.

Lucibello finalizó, “No se confunda, coronel, en cien kilómetros a la redonda las criaturas más destructivas somos nosotros. ¿Cree que los leones no lo saben?”

 

Una hora después, luego de cruzar una alta cerca, Lucibello y Olivares entraron en una zona de lujuriosa vegetación.

Era difícil ver nada hasta que Olivares casi se llevó por delante uno de los tres Land Rover, con camuflaje verde oliva, que descansaban bajo grandes redes de enmascaramiento.

Un hombre, armado con fusil, dos granadas, pistola y cuchillo, saludó militarmente a Lucibello, levantó una manija que estaba a ras del suelo y les permitió la entrada al refugio subterráneo.

 “Sancta sanctorum”, dijo Lucibello,”mi puesto de comando”.

Olivares pensó que era una herejía referirse así a un lugar desde donde se dirigían operaciones tan siniestras.

 

Un enorme mapa del mundo de la NGM cubría toda una pared. Del otro lado, había dos pantallas de plasma que proyectaban noticieros de varios lugares del mundo en distintos idiomas.

Había ocho computadoras en dos largas mesas, pero solo dos operadores.

Lucibello explicó. “Aquí llega la información de todo el mundo, dividida por regiones. Norteamérica, Sudamérica, Europa Occidental, Europa Oriental, África, y Lejano Oriente y Oceanía. Y por supuesto, la mundial”.

En las esquinas, estaban instalados equipos de comunicaciones que Olivares no reconoció. “Última tecnología, tal vez ni siquiera se comercializan”, pensó.

En otra esquina de la habitación había una pequeña mesa con un hermoso tablero y juego de ajedrez. Las piezas estaban perfectamente ordenadas y centradas en sus casilleros.

“¿Eso es solo decoración o alguna vez juegan?”, preguntó Olivares.

“Se está desarrollando una partida. ¿No ve?”.

“¿Qué partida, si las piezas no se han movido?”.

Lucibello miró al coronel con expresión inusualmente seria.

“Eso debiera decirle algo, y es de las cosas más importantes que va a aprender en su vida.”

Olivares lo miró sin entender el sentido de sus palabras.

“Coronel, cuando yo me siento a jugar, es porque la partida ha terminado”.
“Su soberbia no tiene fondo, ¿verdad?”.
 “Dígame algo que no sepa”, ironizó Lucibello.

Olivares procesó y grabó en su mente las palabras de su interlocutor. Lucibello hablaba en serio. De hecho, todo su proceder reflejaba este pensamiento.

Al coronel, pensativo, le costó apartar su vista del tablero.

 

“¿Cómo consigue que el gobierno de Sudáfrica le permita operar desde aquí?”.

Lucibello se sonrió.

“No lo hacen. No estamos en Sudáfrica”.

La sorpresa de Olivares fue tan obvia que Lucibello soltó una carcajada. “Coronel, estamos en Mozambique, a cierta distancia de la triple frontera.”

Olivares no intentó recordar el mapa. Se dirigió directamente a la pared.

“Entre Sudáfrica, Mozambique y Zimbabwe?”, preguntó.

“Exactamente. Puedo moverme de un país a otro con comodidad. El puesto de comando está diseñado para ser armado y desarmado en menos de una hora. Todo cabe en los vehículos que vio afuera. Y, por supuesto, se imaginará que éste es el puesto de comando móvil, no el principal.”.

“¿Cómo cruza a Zimbabwe?”, preguntó Olivares, mirando el mapa.

“Ah, muy observador, coronel. Es un poco más difícil, pero tenemos nuestras propias embarcaciones para cruzar el Linpopo. No se preocupe. Alguien inteligente pensó en todo. Y ahora, debemos apurarnos. En dos horas nos movemos y usted todavía tiene que hablar con mi Operaciones. Yo debo seguir viaje a Bulawayo. Pero antes, siéntese. Tengo algo que decirle”.

La expresión de Lucibello era seria.

“Coronel, la situación en su país se ha complicado. Schiller se lo va a explicar en detalle.”

Pensó un instante y habló lentamente, como midiendo cada palabra. “Yo no debería decirle esto, así que nunca se lo dije. Todos rendimos exámenes. Lo que va a suceder será un examen para toda su sociedad. Si aprueban, sobrevivirán. Si no, desaparecerán, como tantos otros pueblos”.

“¿De qué habla? ¿Qué tiene que ver con nosotros?”.

“No es mi decisión, pero puedo decirle que su país está en el microscopio desde hace tiempo. Ustedes, como sociedad, se llevaron a sí mismos frente a esta prueba”.

“Lucibello, ¿qué va a pasar?”.

“Van a rendir un examen que requerirá sacrificios. Aún cuando aprueben, les dolerá. Lo siento, pero no puedo decirle más. Cuando pasen cosas que no entienda, piense. Nada es real”.

“¿Sun-Tzu?”.

“John Lennon”.

“¿Por qué me dice esto?”

“Tengo razones por las que me interesa su supervivencia, algo que en este momento está muy en duda”.

“¿Dice que van a atentar otra vez? Ya me lo dijo”.

“Hasta tener éxito, dije”, y agregó, “y ese es el menor de sus problemas”.

Lucibello se detuvo en la entrada y miró a Olivares.

“Una última cosa, coronel, para que la recuerde cuando tenga que tomar una decisión difícil.”

Olivares estaba demasiado preocupado como para molestarse por la actitud docente de Lucibello.

“Es más fácil pedir disculpas que pedir permiso. De verdad, coronel, espero que nos volvamos a ver. Disfrute África”.

Pero para Olivares, las palabras sonaban a despedida.

 

Durante una hora, Olivares mantuvo una reunión con Schiller, el oficial de Operaciones de Lucibello, y Armani, el oficial de Inteligencia. Tal como había imaginado Olivares, los dos oficiales ya tenían toda la información. Solo necesitaban su opinión acerca de su veracidad. En particular, Armani estaba interesado en su percepción personal sobre el estado de ánimo de los oficiales de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, y la personalidad de algunos de sus comandantes.

Olivares se sorprendió de la precisión y detalle de la información de que disponían los hombres de Lucibello. Pero lo que más le llamó la atención fue la claridad intelectual de los dos hombres.

“Estos hombres,” pensó, “pueden imaginar cualquier cosa, y ejecutar cualquier operación. Piensan fuera de la caja”.

En otras circunstancias, Olivares habría disfrutado trabajar con ellos. Pero en éstas, sus sentimientos eran contradictorios.

Recién al finalizar la reunión, Armani puso sobre la mesa varias fotografías satelitales. Dos C-130 sobre la pista del aeropuerto de Córdoba. Un tercer avión había tocado tierra esa misma mañana. Otras fotografías, tomadas desde el propio aeropuerto, mostraban las insignias de los aviones. Amarillo, azul y rojo.

Fuerza Aérea Venezolana.

La carga correspondía a cajones de munición.

“Esto va a ponerse muy feo”, dijo Schiller, “el destino del armamento y munición es el Frente Armado de Liberación Bolivariano (FALB)”.

“Su gobierno cree que podrá usarlos para mantenerse en el poder”, dijo el oficial de Operaciones.

“Nosotros creemos que no podrá controlarlos”, agrego el oficial de Inteligencia.

“¿Qué significa todo esto?”, preguntó Olivares.

“Significa que la situación se ha complicado tanto que, escenarios históricamente imposibles, han pasado a ser muy probables. Es todo cuanto podemos decirle.”

 

Amanecía en la sabana cuando Schiller llevó al coronel hasta el avión.

Durante el recorrido en el Land Rover, Olivares tuvo una fascinante visión de África. Cebras y sprinkboks pastaban tranquilos, pero siempre alerta.

Percibían la presencia cercana de los leones.

Una leona patrullaba tu territorio, girando su cabeza para observarlos.

Un elefante solitario, en cambio, no mostraba la menor preocupación, ni prestó atención al paso del vehículo.

Su problema era alimentar su enorme cuerpo.

Las cabezas de las jirafas asomaban entre las copas de los árboles, sus duras lenguas arrancando hojas y espinas sin dificultad.

En el río, los enormes lomos de los hipopótamos sobresalían del agua, mientras se desplazaban perezosamente.

 

Olivares subió al avión y levantó vuelo nuevamente.

No podía quitar de sus pensamientos las palabras de Lucibello.

Trataba inútilmente de distraerse cuando el piloto le señaló hacia abajo.

Volaban tan bajo que Olivares podía ver la expresión de pánico de los springboks cuando el avión se acercaba. Huían en manada, cambiando continuamente su dirección, y parecían no tocar el suelo.

Una manada de leones dormía sobre al asfalto. Parecían aletargados por el calor y apenas si levantaron la vista para mirar al avión con aburrimiento. Los leones eran los dueños de la sabana.

“Al menos cuando no está Lucibello”, pensó el coronel. “Ni Olivares”, se le ocurrió enseguida.

Mientras miraba hacia abajo, un pensamiento asaltó al coronel.

“¿Cómo voy a hacer para olvidarme de todo esto? Voy a extrañar África toda la vida.”

El coronel era plenamente consciente de que la terminación de su actividad militar le había dejado un vacío, y que la aventura lo estaba llenando.

Contemplando el horizonte de la sabana, Olivares llenó sus pulmones con el aire de África. Tan lleno de vida.

 

El entusiasmo de Giselle hacía vibrar el teléfono.

“Terminaste, amor. ¿Nos vemos mañana, entonces?”

Después de los acontecimientos de los últimos días, Olivares pensó que se merecía un descanso. África, Giselle, la playa.

El vuelo de South African aterrizó en el aeropuerto de Durban (DUR) a las nueve de la mañana y una hora más tarde Olivares apretaba entre sus brazos a Giselle.

“Amor, dejame respirar”, suplicó ella.

“¡Te he extrañado tanto!”.

Giselle sonrió, “No más que yo, soldado. No voy a dejar que te separes más de mí”.

En la alegría del reencuentro, un pensamiento acosaba al coronel.

Hasta tener éxito. Van a intentarlo tantas veces como sea necesario, hasta tener éxito”.

Miró a Giselle, y sintió miedo de lo que podía perder.

 

En vuelo a Londres, Lucibello observaba las nuevas fotografías satelitales.

La Operación Nínive era inevitable. La Hermandad era sabia.

Y él, era su operador estrella.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "Sawubona"