CAPÍTULO 16
LOS MEJORES AMIGOS DE UNA CHICA
SUDÁFRICA, ENERO
A la mañana siguiente, y de acuerdo a su programa, Giselle partió hacia Stellenbosch University.
Olivares la despidió con sentimientos contradictorios. La extrañaría como nunca había extrañado, pero se sentiría más tranquilo al saberla lejos de un potencial peligro.
La cita era para el día siguiente, después del mediodía.
El coronel durmió hasta la hora del almuerzo. A la tarde se anotó en un tour standard que partiría temprano al otro día. Quería viajar en medio de mucha gente.
Volvió al hotel y no salió más. A la noche llamó a Giselle a Stellenbosch. La llamada, de más de una hora, no hizo más que empeorar su estado de ánimo. Olivares quería terminar su misión y reunirse con Giselle.
A la mañana siguiente, el coronel tomó el tour, que tomó la N2. Pasó por Mossel Bay, sobre la costa y siguió hacia Oudtshoorn, capital del Klein Karoo y además, capital mundial del avestruz.
“Terminemos el trabajo”, pensó.
Sin detenerse en la bella ciudad de origen holandés, el tour se dirigió a las Cuevas de Cango.
Apenas pasado el mediodía, Olivares entraba a las cuevas. Al lado de la boletería, estaba el omnipresente Mr. Stamp. Los movimientos de su guardaespaldas eran un misterio para Olivares, pero Stamp siempre estaba cerca.
Las cuevas eran uno de los atractivos de la región. Su antigüedad, ubicada alrededor de los once millones de años, era motivo de discusión, pero sí se sabía que las formaciones de caliza que las habían hecho tan famosas databan de no más de cien mil años.
Olivares entró a las cuevas, fantasmagóricamente iluminadas. Cerca de la entrada, las figuras de tamaño natural de un grupo de Bushmen habrían pasado por un grupo de turistas, si no hubiese sido por su falta de ropa y su pequeña estatura.
Los Bushmen, o bosquimanos, habían sido los primitivos ocupantes de las profundas cuevas, un refugio natural que los había protegido de los elementos y de los animales salvajes. Sus pinturas rupestres que decoraban las paredes de roca, mostraban ceremonias rituales y cacerías de animales. El tiempo había sido cruel y pocas de las pinturas originales habían sobrevivido. El coronel pensó que si a la noche los cuidadores de las cuevas las pintaran de nuevo nadie se daría cuenta.
Olivares consultó su guía.
El Órgano estaba cerca de la entrada y lo identificó enseguida.
Era una de las formaciones de calcita más conocidas de las Cuevas.
Estaba situado en un costado del imponente Hall Van Zyl, llamado así en honor de quien, en julio de 1780, se lanzara en una audaz exploración de las cuevas, munido solo de cuerdas y antorchas.
Es imposible imaginar que Van Zyl llegara a ver su hall en toda su extensión. El enorme salón subterráneo tenía una longitud de setenta metros, y un ancho de treinta. El techo de dolomita de tinte azulado se encontraba a diecisiete metros de altura.
Faltaban aún unos minutos. Se movió entre los grupos de turistas tratando de ver a su contacto. Podía ser cualquiera.
Permaneció cerca del Órgano a la espera de la hora.
De golpe, las luces se apagaron, arrancando un preocupado “ohhh..” de los turistas.
El espectáculo que siguió conmovió a Olivares. Las luces de color, rojas, azules, verdes y amarillas, se alternaban iluminando el interior de las cuevas, acompañadas de una música suave. Era como si el Órgano estuviese tocando.
Un par de minutos luego de comenzado el espectáculo, Olivares escuchó una voz profunda y burlona a sus espaldas.
“Distinto de Nara, ¿no, Olivares-san?”.
Lucibello.
Vestido de jeans, chaleco azul de fotógrafo con cien bolsillos, zapatillas y con una cámara en el cuello, Lucibello parecía un turista europeo o norteamericano.
“¿Por qué aquí?”, preguntó Olivares.
“Usted siempre pregunta lo mismo. Porque está lleno de turistas y yo soy uno más”.
“Sí, las cuevas, claro, pero por qué Sudáfrica?”
“Porque aquí hay lo que no hay en otra parte. Piense, coronel”.
“¿Jirafas y cebras?”, bromeó Olivares.
“Diamantes”, replicó Lucibello, “los mejores amigos de una chica”.
Francamente, Olivares no imaginaba a Lucibello regalando diamantes a una chica.
Los dos hombres caminaron lentamente hacia un extremo del amplio salón subterráneo.
Lucibello se paró, miró fijamente al coronel y preguntó, “¿sabe qué significa el término Conflict Diamonds?”.
Olivares no tenía idea, y lo que iba a escuchar le daría una visión más completa del nuevo mundo que empezaba a recorrer.
“Conflict Diamonds”, dijo Lucibello, “son los diamantes que provienen de zonas en conflicto y se comercializan para solventar actividades ilegales. Los diamantes son mucho más fáciles de transportar a través de una frontera que varias valijas llenas de dinero. Además, su precio es internacional y nunca pierden su valor. Son reales, no solo trozos de papel. Para evitar el tráfico ilegal de diamantes, los países y las compañías productoras se han puesto de acuerdo en lo que se llama el Proceso Kimberley, que consiste en sellar los diamantes en bruto en recipientes inviolables con un certificado que lleva un número de serie. Los gobiernos se comprometen a controlar los certificados a través de sus fronteras y las compañías productoras garantizan que sus diamantes provienen de una zona libre de conflicto. Gracias a este proceso, la producción de Conflict Diamonds constituye el 1% de la producción total”.
“No es mucho”, comentó Olivares.
“Ah, no me diga. Si consideramos una producción mundial por un valor de trece mil millones de dólares al año, entonces estamos hablando de solo ciento treinta millones de dólares en Conflict Diamonds, ¿no es así?”.
“¿Y usted quiere parte de eso?”.
“Justamente, no”, dijo Lucibello,”la presión por los Conflict Diamonds es tal que yo necesito que los míos sean totalmente legales. Para eso, y para algunos otros detalles menores es que está usted en Sudáfrica”.
“Discúlpeme, pero no lo sigo”.
“Usted tiene el dinero y sobre todo la representación legal de grupos económicos legítimos. El Grupo De Beers, en Johannesburg, tiene un estricto código de ética y conducta, y nunca harían tratos dudosos, pero a usted no tendrán inconveniente alguno en venderle lo que pida. Un experto se encargará del tema técnico, es decir, de clasificar los diamantes según las 4C .
“Las 4C?”.
“Corte, color, claridad y carats, o sea, el peso en quilates. Eso es responsabilidad del experto, no suya. Su misión es asegurar la legalidad de la transacción.”
Fotos De Beers (Click para ampliar)
“Todo con mi firma y a mi nombre, ¿supongo?”.
“Supone muy bien. Usted es el comprador. Yo no existo”, Lucibello sonrió y agregó, “Para eso le pagan lo que le pagan, ¿verdad? En realidad, toda la compra a nombre de sus representados es legítima. El uso que yo les dé a los diamantes es cosa mía y ya no es su responsabilidad”.
Olivares quedó un instante callado evaluando los riesgos, pero comprendió que Lucibello tenía razón. A los fines prácticos el coronel entregaría los diamantes a sus empleadores, para su comercialización. Si éstos decidían regalarlos a sus amantes o venderlos por un dólar, no era su problema.
En el siguiente cambio de luces, Olivares se encontró con un sobre en la mano.
Y solo.
SIGUIENTE CAPÍTULO: "Duelo de leones"