CAPÍTULO 15
WATERFRONT
CAPE TOWN, SUDÁFRICA, ENERO
 

 

“¿Qué es este piquito que tenés en la oreja?”. Giselle jugueteaba con la oreja derecha del coronel.

Olivares se rió.

“Se llama Tubérculo de Darwin y es un resabio evolutivo de las orejas en punta de muchos mamíferos. ¿Te llama la atención?”.

“No tanto. Es solo una confirmación de tu naturaleza salvaje”.

“Y bien que la disfrutás”, se burló el coronel.

 

Seguramente solo por razones operativas, y para nada turísticas, el avión describió un amplio círculo antes de dirigirse al aeropuerto. Sea como fuere, los pasajeros tuvieron oportunidad de observar desde las ventanillas de ambos lados del avión la impresionante geografía de la península.

La enorme y característica meseta dominaba el paisaje, aún desde el aire.

Table Mountain, el símbolo de Cape Town.

 

 


El vuelo SA317 de South African descendía hacia Cape Town International (CPT), el segundo aeropuerto más grande de Sudáfrica.

Olivares recordaba sus clases de historia militar. Cape Town y Buenos Aires tenían una relación interesante. No solo estaban a la misma latitud sur sino que  además, la expedición inglesa que había invadido Buenos Aires en 1806 al mando del Comodoro Sir Home Riggs Popham, había partido desde aquí.

 

Cape Town está situada en la península del Cabo, en la provincia de Western Cape, a orillas de una hermosa bahía y envidiable puerto natural.

El puerto, al resguardo de los temporales del Océano Atlántico, no da frente al oeste sino al nordeste.

Al norte de Table Mountain y contra el mar, se yerguen dos alturas, Signal Hill y Lion´s Head, minimizadas por el tamaño y la fama de la vecina y dominante meseta.
   Lion´s Head

 

Cuatro años antes del descubrimiento de América,  Bartolomeu Dias había partido en un último intento de encontrar una nueva ruta a las Indias.

En enero de 1488, sus dos carabelas de 50 toneladas habían sido vapuleadas por una tempestad que había durado tres semanas.

Arrastrados con rumbo sudoeste por el feroz viento, el buen tiempo había encontrado a Dias y sus asustados tripulantes navegando en un mar tranquilo y desconocido, el Océano Índico.

Dias vería por primera vez el Cabo recién en el trayecto de regreso y lo bautizaría Cabo Tormentoso. Pero su rey, Enrique, el Navegante, tenía una mejor idea. Las riquezas de Asia ahora estaban a su alcance, y el lugar de paso debía augurar éxitos y no peligros. Se llamaría Cabo de Buena Esperanza.

Cape Town no había sido fundada hasta un siglo y medio después, cuando Jan van Riebeeck estableció la primera colonia de abastecimiento para las naves holandesas de la “West-Indische Compagnie”, la  Compañía de las Indias Occidentales.

Este era el lugar donde el coronel Olivares iniciaría la tercera etapa de su misión, que culminaría, aquí o en otra parte, con el penúltimo encuentro con Lucibello.

 

En el descenso, Olivares reflexionaba sobre su delicada relación con la arquitecta. La excusa inventada para Giselle había sido nuevamente la compra de armamento y la transferencia de tecnología militar.

El coronel no podía satisfacer totalmente el manifiesto deseo de Giselle de unas vacaciones románticas en África. Podía argumentar una agenda apretada y una pesada carga de trabajo, pero no podía mencionar el peligro. Sin embargo, como profesional, ella lo comprendía y le había propuesto acompañarlo hasta donde pudiera, sin comprometer su actividad. Ya se había sentido dejada de lado en ocasión del viaje a Japón,  y esta vez le había presentado un programa inobjetable.

Aceptaría la invitación de sus colegas de la Universidad de Stellenbosch para un seminario sobre arquitectura sudafricana y esperaría la finalización de la comisión de trabajo del coronel.

A treinta minutos de Cape Town y en medio del Jonkershoek Valley, una de las zonas vitivinícolas más bellas del mundo, Stellenbosch era un lugar que Giselle manifestaba interés en visitar.

Terminadas sus respectivas actividades volverían a reunirse para unas vacaciones que ambos anhelaban.

Olivares no había podido negarse. No quería despertar dudas sobre sus sentimientos hacia Giselle o sobre la verdadera naturaleza de su misión.

Además, su propio corazón jugaba en contra de su razón.

Abrazados, besándose y peleando como chicos por mirar por la ventanilla, Giselle Milou y Gustavo Olivares descendieron hacia Cape Town.

 

Como de costumbre, Olivares seguía las instrucciones. Tenía vouchers para el City Lodge del Waterfront, un hotel agradable, pero de ninguna manera lujoso.

No le asombró la elección del hotel. Lucibello siempre tenía una razón para todo.

No entendía por qué habían tenido que volar desde Sao Paulo hasta Johannesburg y cambiar de avión para regresar a Cape Town, pero ya sabía de la locura de los itinerarios y había desistido de comprender la política de las aerolíneas. Estaba convencido que una vez a bordo de un avión el destino de un pasajero se hallaba a merced de hados maliciosos que podían tanto llevarlo a su destino en mejores condiciones que las contratadas, como hacerlo recorrer el globo en un sentido mientras su equipaje volaba en sentido contrario.

Pero, por alguna extraña razón, tal vez relacionada con su inclinación a la aventura, Olivares adoraba volar.

 

El vuelo de dieciocho horas, incluido los cambios de avión en Sao Paulo y Johannesburg, los había agotado, pero la excitación de su primera salida juntos podía más que el cansancio. De todos modos, era aún temprano en Buenos Aires, que tenía una diferencia de cinco horas.

Esa misma noche, Giselle y Olivares salieron a caminar por el Victoria &Alfred Waterfront, situado en medio del activo puerto de Cape Town.

Llamado así en honor a la Reina Victoria y a su segundo hijo, el Príncipe Alfred, quien había iniciado la construcción del puerto, el Waterfront era ahora la zona más moderna y visitada de la ciudad. Los antiguos y enormes edificios habían sido convertidos en hoteles, shoppings, restaurantes, oficinas y departamentos de lujo. Olivares lo veía extraordinariamente similar a Puerto Madero, en Buenos Aires.

A la espera de nuevas instrucciones, Olivares decidió cenar en el Waterfront.

 

El regalo de Giselle, además del viaje, incluía una cena en el Green Dolphin, uno de los restaurantes más conocidos de la zona. El restaurant tenía mesas pequeñas, amplios ventanales que daban al puerto, y una clientela internacional.

  
Sentado en la silla con respaldo de esterilla, a la luz de las velas y escuchando hablar varios idiomas a su alrededor, el coronel disfrutaba cada minuto que pasaba con Giselle, pero no alcanzaba a olvidar su misión. Solo, en una mesa de una esquina, sin mirar al puerto ni disfrutar nada, estaba Mr.Stamp.

 

En un momento en el que Giselle se levantó para ir al baño, un mozo se acercó a la mesa y dejó una panera. Al retirarse, Olivares vio el sobre. El contacto estaba hecho. El coronel guardó el sobre.

Olivares contuvo su ansiedad. Del romance pasaba otra vez a la misión.

Ya de vuelta en el City Lodge abrió finalmente el sobre.

Su contenido no le decía nada.

Solo una foto de una extraña formación rocosa y una fecha y horario.

Foto GMF (Click para ampliar)

 

No queriendo preguntar al personal del hotel, esperó que Giselle se acostara y bajó al bar. Un grupo de turistas ocupaba dos mesas. Olivares identificó al guía local y se dirigió a él.

Luego de una breve charla en inglés, Olivares le preguntó si conocía el lugar de la foto.

“Por supuesto”, dijo el sudafricano, “es el Órgano, en las Cuevas de Cango”.

 

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