CAPÍTULO 14
HACKERS
BUENOS AIRES, DICIEMBRE
Alguien dijo una vez que todas las cosas lindas pasan en diciembre. Seguramente no se refería a este diciembre.
El país, agobiado por la crisis, se preparaba para jugar sus últimas reservas tomándose un respiro para las Fiestas Navideñas.
El 20 de diciembre al mediodía, los tres equipos de expertos en informática recibieron la orden de prepararse para entrar en acción.
Contrariamente a la creencia popular, no se trataba de aficionados adolescentes, devoradores de pizza, de cabello largo y dudosa higiene, sino de seis profesionales de sólida formación académica, dos de ellos graduados del MIT, tres de Cal Tech y uno de la Universidad de Tokyo. Sus edades oscilaban entre los 38 y los 62 años. Tenían algo más en común. Ganarían más en unas horas de trabajo que mucha gente en toda su vida.
No era solo el dinero lo que les interesaba, sino también la oportunidad de trabajar con equipos y sistemas que no estaban en el mercado. Su fabricación se había ejecutado estrictamente por pedido. No tenían números de serie, ni había registro alguno de sus circuitos y funciones, y teóricamente nunca habían sido fabricados.
Las características del hardware unidas a la excelencia de los profesionales les daban a los equipos la capacidad de sortear los más sofisticados firewalls y penetrar la mayoría de los sistemas de seguridad informática del país.
Es algo obvio que la mejor manera de tener una red con una seguridad impenetrable es simplemente aislarla del exterior. No hay forma de acceder a una red que no tiene vínculos con el medio, sean alámbricos o inalámbricos. Esto no es posible en el caso de la red de cajeros automáticos, pero sí se aplica para las redes internas de los bancos, es decir, aquéllas que registran la información confidencial y a la que el público no tiene acceso.
Por esta razón, la operación contaba con tres elementos: los expertos en informática, los equipos electrónicos, y dos empleados que no estaban dispuestos a esperar su jubilación.
Fueron estos últimos quienes proporcionaron las conexiones físicas a las redes internas.
Una vez establecida la conexión, los profesionales comenzaron su trabajo. Los equipos traídos desde Japón les posibilitaron una tarea rápida y eficiente.
Les llevó una noche identificar las últimas modificaciones en el funcionamiento de los sistemas. La segunda noche fue dedicada a su trabajo específico. A la mañana siguiente, el ochenta por ciento del objetivo estaba cumplido. Era más que suficiente y el jefe del equipo dio por concluida su misión. Cuatro de los expertos regresaron a sus países de origen en el primer vuelo.
En realidad, era solo la primera etapa del plan. La segunda sería ejecutada solo por el jefe del equipo y un ingeniero de sistemas. Había dos razones para la reducción del equipo. La siguiente etapa sería más sencilla. Y, a diferencia de la primera, no sería incruenta.
Fue un empleado recién contratado, en una sucursal poco importante del Banco de la Nación Argentina en San Antonio de los Cobres, quien primero detectó el problema.
Su terminal de computadora quedó bloqueada unos instantes y al reaparecer las cifras el empleado comprobó asombrado que habían cambiado. Las controló con las recién anotadas en su cuaderno y, pensando que había ejecutado una operación incorrecta y dañado el sistema, se imaginó a sí mismo buscando un nuevo trabajo.
Pero antes de huir sin aviso, decidió ser honesto y reconocer su error ante su jefe.
El personal de Sistemas de Casa Central no prestó mayor atención a la consulta de una ignota sucursal de provincia. Y así se perdieron seis valiosas horas.
Cuando finalmente los funcionarios comprobaron la gravedad de la amenaza, cerraron los sistemas y recurieron a los back-ups que se guardaban en lugar seguro durante meses. Sería solo un inconveniente momentáneo.
Lo que los expertos en informática no podían saber era que la operación había estado en marcha durante varios meses y que los back-ups contenían el mismo virus que se pretendía eliminar.
A las 9 de la mañana del 23 de diciembre, la policía de Rosario ya sumaba catorce denuncias por actos de vandalismo contra cajeros automáticos. Dos personas detenidas por los incidentes manifestaron lo mismo. Habían concurrido a retirar dinero para compra de regalos y los cajeros no funcionaban. Luego de recorrer cuatro de ellos con el mismo resultado, la habían emprendido a golpes contra las perversas máquinas.
El recuerdo de lo sucedido con sus ahorros varios años atrás aún estaba fresco.
Tambien se registraban inusuales demoras en operaciones con tarjetas de crédito.
Los primeros clientes en entrar a los bancos comprobaron, algunos con furia, otros con preocupación e incluso unos pocos con deleite y sorpresa, que sus saldos bancarios no se ajustaban a lo esperado. No solo los cajeros automáticos no funcionaban sino que los saldos de cuentas estaban sensiblemente alterados.
Para las once de la mañana, los bancos de todo el país ya eran un caos y los servicios de vigilancia advertían que no podían garantizar la seguridad de los locales ante los reclamos airados y crecientemente violentos de los clientes.
Al mediodía, y tras el incendio de una sucursal céntrica del Banco del Sur, el Gobierno decretó feriado bancario y cambiario por tiempo indeterminado.
Nadie tenía idea de qué estaba ocurriendo, pero todos comprendieron que era grave. El país había sufrido el primer ciber ataque masivo de su historia.
Esa noche, en su programa semanal, Laurel y Hardy, repetían su mensaje.
“Este gobierno ya no puede protegernos. Ni a nosotros, ni a nuestros bienes.
¿Qué vamos a hacer con un gobierno que no sirve para nada?”.
Olivares estaba furioso. No funcionaban ni los cajeros automáticos, ni las tarjetas de créditos, ni nada que tuviera que ver con los bancos argentinos. ¿Qué pasaba en Buenos Aires?.
No es que el coronel necesitase dinero. Olivares necesitaba un regalo importante.
Dada la situación, eso iba a ser algo complicado de obtener.
Ese era solo uno de sus problemas. El otro era cómo explicar a Giselle su próximo viaje. Esa misma mañana, un sobre con instrucciones había sido entregado en su oficina. La amenaza de Giselle, “próximo viaje vamos juntos”, resonaba en su cabeza. La opción era llevarla o romper. Es decir, ninguna opción.
De golpe, Olivares se dio cuenta que sus problemas podían cancelarse mutuamente.
“Tu regalo de Navidad”, le dijo a Giselle, “es una cita para cenar, aunque vas a tener que hacer algunos arreglos y no será pronto, pero valdrá la pena la espera”.
Giselle lo miró con desconfianza.
“Tú me estás engañando”, dijo, apuntándole con el índice, “tú no tienes mi regalo”.
“Sí, sí lo tengo. Tengo reservas para cenar, pero recién en enero”.
“Ah, qué gracioso. Moriré de hambre hasta entonces”.
“La reserva es en el Green Dolphin”.
“¿El Green Dolphin? No lo conozco. ¿Aquí, en Montevideo?”, preguntó Giselle, ahora intrigada.
“No, en el Waterfront”.
“¿Dónde queda eso?”.
“Cape Town, Sudáfrica”.
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