CAPÍTULO 12
BETTY
ARGENTINA, AGOSTO
Se avecinaba la tormenta. El viento helado pasaba a través de sus guantes y mitones, pero el frío no detenía los movimientos enérgicos de los cuatro integrantes del equipo ALFA.
Trabajaban rápidamente en la soledad de la pampa. Habían cavado ya más de medio metro. Faltaba poco. Como máximo tendrían que cavar medio metro más.
El equipo ALFA tenía suerte. Treinta centímetros más abajo la pala chocó contra su objetivo, el revestimiento de polietileno que protegía de la corrosión al gasoducto troncal.
En media hora los hombres de ALFA habían dejado al descubierto un tramo de un metro del gran caño de 36 pulgadas de diámetro.
El jefe del equipo saltó al pozo y limpió la superficie del conducto. Distribuyó con precisión el explosivo plástico formando un grueso cordón alrededor de la parte descubierta del caño. Indicó a sus compañeros que se retiraran a una distancia segura. Con que uno solo corriera el riesgo era suficiente. Tomó aire, se relajó y con todo cuidado insertó los detonadores en el explosivo.
Miró hacia afuera. Más atrás, el cuarto integrante del grupo indicó que su trabajo también había terminado, y señaló el camino hacia la camioneta, marcado por banderines. El jefe saltó fuera del pozo y corrió entre los banderines hacia la camioneta distante unos cien metros, sobre la ruta.
El cuarto hombre recogió los banderines y se subió a la camioneta.
Al costado de la misma se encontraba el dispositivo de detonación. Puso en marcha el vehículo. Se agachó sobre el dispositivo y lo accionó.
La explosión rompió el silencio de la pampa. La llamarada naranja inicial fue transformándose en una feroz llama blanco-azulada.
Simultáneamente, en tres provincias más, otros equipos realizaban un trabajo similar.
Rápidamente alertados, los ingenieros ordenaron el cierre de los gasoductos dañados y dispusieron su reparación. En pleno invierno, la ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina, había quedado transitoriamente sin suministro de gas.
El Director del CMC estudiaba el informe con preocupación.
“Esto no tiene mucho sentido”, comentó a su segundo, “los ingenieros dicen que, a pesar de la tormenta, la reparación llevará solo dos días”.
“¿Y eso no es bueno?”.
“Fernando, la operación fue realizada por cuatro equipos de tres o cuatro hombres cada uno. Entre doce y dieciséis hombres para detener el suministro de gas durante solo tres días en total. O esto lo hizo alguien muy estúpido o algo no está bien”.
En La Pampa, el primer equipo de reparación se acercaba al lugar. El gas ya había sido cortado y las llamas se habían apagado. Solo restaba excavar, cambiar el tramo de caño, y comprobar la estanqueidad.
El técnico Carlos Zapata se había adelantado para recorrer el lugar. No había manera de que pudiera saberlo, pero durante los últimos veinte minutos de su recorrida, Zapata había tenido mucha suerte.
El resto del equipo de ocho hombres se acercó charlando y bromeando.
Zapata se dirigió al ingeniero, “si nos apuramos, dos días serán suficientes, jefe”.
Enfrascado en la conversación, Zapata no vio el pequeño trípode invertido cuyas patas apenas sobresalían del terreno.
Dio un paso hacia su jefe. Y su suerte terminó.
El chofer de la camioneta escuchó la pequeña explosión y vio, atónito, como un objeto cilíndrico de trece centímetros de diámetro y veinte de altura se elevaba desde el suelo.
La “Bouncing Betty” estalló a un metro del suelo segando al equipo de reparación como una invisible guadaña.
Cinco hombres murieron en el acto y otros tres se desplomaron heridos por las esquirlas.
El conductor nunca había visto una mina, pero sí había visto un documental sobre ellas en televisión. Supo inmediatamente qué había sucedido.
Aún en shock, tomó el micrófono de la radio e informó lo sucedido.
Cuatro veces debió explicarlo hasta que el incrédulo operador de radio de la central le creyó e informó a sus jefes.
Estos no fueron los únicos en enterarse. Un joven y despierto periodista que había concurrido a informarse sobre el sabotaje del gasoducto, se dio cuenta de la importancia de la noticia y con la vehemencia de quien se sabe en lo cierto le reclamó a su director el envío de un helicóptero. Ante la indecisión de su jefe, subió su cámara al helicóptero de la compañía de gas y se negó a bajar a menos que lo llevasen al lugar.
Cuarenta minutos más tarde las imágenes que aparecían en las pantallas llenaban de horror a la audiencia.
Dos hombres se desangraban a la vista de los médicos, quienes no se animaban a adentrarse en el terreno minado.
El zoom de la cámara funcionó de maravillas.
Los gritos desesperados de auxilio y los rostros contraídos por el dolor cubrían las pantallas.
En una hora, las imágenes recorrían el mundo. En dos, los gritos habían cesado y los hombres yacían inmóviles.

Desde la guerra de Malvinas en 1982, y debido a la falta de presupuesto, el Ejército no había trabajado con minas con la dedicación necesaria, y el requerimiento del Poder Ejecutivo lo tomó por sorpresa.
Los equipos del Arma de Ingenieros actuaron con natural prudencia y excesiva demora, debido a su inexperiencia. No había forma de compensar la falta de entrenamiento, y nadie estaba dispuesto a pagar con su vida los descalabros presupuestarios de algún oscuro funcionario. Una tarea que debía haber llevado horas, terminaría consumiendo días.
La suerte les sonrió y las pocas minas restantes fueron desactivadas, sin que se produjeran bajas.
Pero Bouncing Betty ya había cumplido su objetivo. El servicio de gas no sería restablecido en la capital del país hasta nueve días después. Para entonces, el invierno más crudo de la década se habría llevado la vida de más de veinte personas, en su mayoría ancianos y chicos, de las clases más pobres.
Laurel y Hardy estaban muy satisfechos. Las horrendas imágenes no los conmovían. En realidad, ni siquiera las registraban. Solo eran un medio.
El mensaje había sido transmitido con claridad cristalina.
“Este gobierno no puede protegernos.”
La frase se instaló rápidamente en la conciencia de la población.
“Buen trabajo del jefe de ALFA”, dijo Schiller, “misión cumplida”.
Lucibello asintió. “Buen elemento. Tengámoslo en cuenta”.
“Me preocupa Olivares”, dijo el Jefe de Operaciones, “esto que hicimos no va a gustarle”.
“Seguro que no, ¿y? ¿Piensa que no va querer continuar?”.
“No estoy seguro. Tampoco debe haberle gustado lo de Valderrama y no dijo nada”.
“No dijo nada aún”, remarcó Lucibello, “no subestimemos a Olivares. Viene de un ambiente muy rígido y estructurado. Todo esto es nuevo para él, y hasta ahora se ha adaptado a nuestros procedimientos sin inconvenientes. Aprende muy rápido. Pero en algún momento, más temprano que tarde, nuestro coronel va a enojarse y rebelarse.”.
“¿Y entonces? Dependemos de él para el financiamiento de la operación”, dijo Schiller.
“No del todo, aunque él cree que sí. Pero está previsto que se enoje y estamos preparados para eso también. Sabemos todo de él. Desde sus calificaciones del secundario hasta su secuencia de ADN. Olivares es un soldado y reaccionará contra la amenaza principal. Es uno de nosotros, Schiller, aunque él aun no lo sabe. Y cuidado, Olivares no es un peón, es una torre. Por ahora está pensando y aprendiendo. Cuando esté seguro de su rol, créame, habrá que aguantarlo”.
“¿Qué pasa con Alexeiev y el Millenium Institute?”, preguntó Schiller.
“Está cumpliendo los tiempos sin problemas. Pero, no nos preocupemos ahora. Una cosa por vez”.
En márgenes opuestas del Río de la Plata, dos cosas sucedían simultáneamente.
El presidente Herrero, acorralado políticamente y sin medios para controlar la situación, ordenó al nuevo canciller aceptar los términos de un acuerdo que jamás sería hecho público. Por parte de ninguno de los dos gobiernos.
A oscuras en su oficina, Olivares reflexionaba sobre el precario equilibrio de su situación.
Dos horas antes, al ver las imágenes en la televisión, el coronel había concurrido al lugar desde donde podía hablar por una línea codificada.
Quería disfrutar el enojo de Lucibello cuando le comunicara que daba por terminada su tarea y que no habilitaría los restantes pagos.
Primero el asunto Valderrama, y luego lo de esa tarde. Una cosa era una guerra. Pero esta situación, Olivares no la entendía. Y no quería ser parte de ella.
Fue entonces cuando recibió el sobre.
Una nota de Lucibello con una breve explicación del contenido.
La ficha policial del hombre muerto en su atentado y un número viejo de una revista de actualidad.
La ficha policial incluía fotos del cuerpo y rostro ensangrentados de un hombre de tez morena con una fea cicatriz en la frente.
Olivares abrió la revista en la página marcada. El número tenía fecha de dos años atrás y el artículo cubría una gira del Ministro del Interior por varias provincias.
En dos fotos, pegado a las espaldas del ministro, algo más joven, pero perfectamente reconocible, aparecía un hombre con una inconfundible cicatriz en la frente.
“Ahora sabe quién es su enemigo, y hasta donde está dispuesto a llegar. Buena suerte, coronel”, decía la nota.
“Lo peor del enemigo no es el daño que nos hace”, pensó Olivares, “sino lo que nos empuja a hacer”.
El coronel, sin embargo, no tenía poder alguno. Su única arma era la capacidad de liberar el dinero que podría destruir un gobierno.
En el análisis final, el factor que decidió a Olivares era de naturaleza tan profunda que recién en ese momento logró comprenderlo.
Su enemigo debía ser destruido porque ponía en peligro a alguien a quien nadie había considerado. Alguien que dormía en sus brazos y caminaba a su lado.
Giselle.