CAPÍTULO 11
BAJO HOLLYWOOD
BUENOS AIRES, JULIO
 

 

Al principio de su gestión, el presidente Herrero, cediendo a la presión de grupos católicos, había accedido a designar como Ministro de Relaciones Exteriores, al Dr. Francisco Valderrama.

Egresado de la Sorbonne y de Columbia, Valderrama era un académico sobresaliente y un hombre ejemplar en todo aspecto. Muy pronto, el propio presidente, quien no perdonaba las presiones, había debido reconocer íntimamente que la designación de Valderrama había sido un acierto forzado.

Hombre profundamente religioso, padre de cinco hijos y casado con su novia de la escuela secundaria, Valderrama pronto se había convertido en el pilar moral de un gobierno marcado por la corrupción.

En su caso singular, el presidente se obligaba a relegar sus celos por la creciente popularidad de su colaborador, y reconocía la importancia que su imagen le daba a su desvalorizado equipo de gobierno.

La habilidad diplomática del ministro y sobre todo, su prestigio personal, habían convertido en éxitos algunos potenciales fracasos en el campo de las relaciones internacionales.

 

Edward Standish, por el contrario, era tan competente en su trabajo como Valderrama lo era en el suyo, pero la ética no era su principal virtud.

Su especialidad era el maquillaje artístico y el vestuario.

Socio fundador de una pequeña compañía que había conseguido dos nominaciones para el Oscar, y varios premios menores, Standish había dejado la compañía luego de un escándalo financiero, y a cambio de garantías de no ser acusado ante la justicia penal.

Luego de dos años de penurias económicas, la extraña pero generosa oferta, le había caído como maná del cielo. Standish reunió a su equipo y puso su mente a trabajar. El resultado era a la vez brillante y oscuro.

 

Todo comenzó con una cadena de mails. A las dos horas, uno de los receptores llamó a un canal de noticias para confirmar la veracidad de la información. Al mediodía el corto clip de video había tomado estado público y era el tema de discusión de una sociedad conmocionada.

El video mostraba al ministro Valderrama teniendo sexo con un chico de no más de doce años.

La reacción del gobierno fue rápida y eficaz. La oficina de prensa de la Presidencia emitió un comunicado repudiando y condenando el “grotesco intento de desprestigio de uno de nuestros más sobresalientes funcionarios”.

 

Laurel y Hardy estaban preparados. No era por casualidad que la crisis se había desatado en la mañana de su día de programación semanal.

Los avances publicitarios del programa de la noche martillaron todo el día advirtiendo a la audiencia sobre la violencia de las imágenes a proyectarse.

El intento del gobierno de frenar la emisión del programa por vía judicial fue vano, debido al poco tiempo disponible y a la resistencia de los jueces de aplicar lo que claramente constituía “censura previa”. Además, no era su problema.

A la diez de la noche, los rostros apesadumbrados de Laurel y Hardy daban cuenta a la audiencia de su pena y su resignación por tener que cumplir con su deber de periodistas presentando escenas tan desagradables. Luego de las disculpas de rigor, procedieron a la proyección del video de cuatro minutos. El deber es el deber y el pueblo tiene derecho a saber.

La población contempló con incredulidad las obscenas imágenes. La característica voz del ministro le agregaba realismo a las escenas. Muchos vieron el video completo. Otros, desviaron la vista, incapaces de soportar la crudeza del video.

Laurel y Hardy manifestaron nuevamente su pesar, aclarando que, en un principio, habían dudado de la veracidad del material gráfico. Por esta razón, habían solicitado un estudio de voz a una reconocida empresa privada.

El resultado del análisis de audio, presentado largamente en cámara, determinaba que la voz del video coincidía con la voz del ministro, tomada de varios discursos públicos, en un 99,8%.

No podría haber sido de otra manera, ya que de hecho era la voz del funcionario y lo único verdadero en un conjunto de brillantes falsedades. Meses de pacientes escuchas y grabaciones habían culminado en un impecable trabajo de edición.

El hecho de que el sentido de las palabras sólo se relacionara vagamente con la acción no fue tema de discusión. Tampoco nadie reparó en la asombrosa prontitud del informe. En realidad, el análisis había sido efectuado en tiempo record, pero la empresa había sido previamente alertada y su personal y equipo habían estado a la espera de la llegada del material para procesarlo.

El hombre en el video había sido un hallazgo de Standish, tras cuatro meses de búsqueda silenciosa. El parecido con el ministro era asombroso. El maquillaje y la iluminación habían hecho el resto. No era necesario probarlo en una corte. Alcanzaba con que fuera creíble.

 

Valderrama se encontraba en una reunión previa a la firma de un importante tratado de comercio con la Unión Europea, convenio clave para la economía nacional, cuando notó los comentarios y las extrañas miradas que le dirigían los funcionarios extranjeros.

Minutos más tarde, un asistente de expresión desencajada le entregó un mensaje.

El canciller se levantó sin saludar y con pasos inseguros abandonó el salón.

La conversación con su colaborador fue breve y Valderrama tuvo la extraña sensación de que su vida se disolvía. Sabía que podía accionar judicialmente, pero que ese recurso tomaría años en la justicia argentina, y que no terminaría por resolverse nunca. Cuarenta años de excelencia académica y de virtud moral acababan de ser destruidos en horas.

Fue entonces cuando recibió un llamado desesperado de su esposa. El rector del colegio privado de sus hijos acababa de avisarle que éstos habían sido agredidos por sus compañeros, y le había solicitado enérgicamente que los retirara del establecimiento educativo en forma definitiva.

El canciller nunca volvió a la reunión, ni tampoco a su despacho. Nunca más.

El gobierno había perdido a su mejor hombre.

 

El ambiente del club era agradable y seguro.

La mayor parte de los concurrentes eran militares uruguayos, invitados extranjeros, y sus familias.

Despues de una intensa tarde de análisis y discusiones con el doctor Saldaña y otros dos analistas políticos, Olivares se había reunido con Giselle en la pileta climatizada.

 El agua apenas tibia relajaba los músculos de Olivares.

El coronel nadaba con facilidad, tomando aire cada dos brazadas.

“Los hombres suelen nadar crawl”, comentó Giselle, “¿Por qué siempre nadás estilo pecho?”.

“Porque puedo mantener la cabeza fuera del agua y mirar alrededor. Además, es el estilo más silencioso”.

“¿Y para qué querés nadar sin hacer ruido?.

“Para que no me disparen”, explicó el coronel, con un dejo de ironía.

“¿Te han disparado alguna vez en la pileta?”, se rió Giselle.

“Claro que no”, dijo Olivares, “lo cual prueba lo sabio que soy al nadar pecho”.

“Tenés un don para la lógica, amor”.

“Y vos, ¿qué nadás?, ¿perrito?”.

Giselle se calzó la gorra.

“Yo, cariño, nado cuatro estilos, y más rápido de lo que imaginás”.

Olivares suspiró.

“¿Por qué no me sorprende?”, se rió. Y hundió la cabeza de Giselle debajo del agua.

 

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