CAPÍTULO 10
SHINKANSEN
JAPÓN, JUNIO

 

Olivares abrió lentamente los ojos, respiró profundo y tardó unos segundos en acordarse donde estaba. Miró su reloj.  La hora no le decía nada, si no sabía si era de mañana o de tarde.

Aún estaba cansado así que se relajó y volvió a dormirse.

Cuando despertó del todo ya eran las ocho de la mañana en Tokyo.

Se puso en marcha. Se levantó y encendió la computadora. Las noticias, el pronóstico meteorológico y los resultados de beisbol aparecieron automáticamente. Los borró y abrió su correo.

Allí estaba.

De: gisellesugar

Asunto: Hola, amor.

Attachments: giselle1.jpg , giselle2.jpg, giselle3.jpg

 

El rostro sonriente de Giselle iluminaba la pantalla.

Olivares volvió a contar los días que le quedaban hasta el regreso.

Pasó al segundo attachment.

Giselle seguía sonriendo, pero la foto era más amplia y la mostraba hasta el borde superior de las areolas.

El coronel parpadeó. Y pasó a la tercera foto.

La foto la mostraba desnuda hasta la cintura. Giselle le apuntaba sus pechos directamente a la cámara y a sus ojos, y el texto decía, “Amor, por ahora disfruta el viaje, porque cuando vuelvas voy a comerte”.

Olivares soltó una carcajada. “Esto no me ayuda”, pensó.

Volvió a la primera foto y la miró un largo rato. La intensidad de su propio sentimiento empezaba a asustarlo.

Apretó Responder y escribió de memoria:

Para: gisellesugar

Asunto: Christopher Marlowe.

Texto: “Fue éste el rostro que lanzó al mar mil naves,

             Y que incendió las torres descubiertas de Ilión?

             Dulce Helena, hazme inmortal con un beso”.

Enviar.

 

Olivares guardó las fotos en su correo y bajó a desayunar. Aún no había instrucciones para él y necesitaba tranquilidad. El New Otani contaba con varios restaurantes y salones, pero Olivares eligió el Garden Lounge, de enormes ventanales que daban al Jardín Japonés.

     

A pesar de que a esa hora el salón estaba casi lleno, Olivares consiguió una mesa al lado del ventanal. El ambiente era tranquilo y las conversaciones se desarrollaban en tono bajo y discreto, pero la gran proporción de hombres vestidos de traje indicaba que el Garden Lounge era un sitio tradicional para desayunos de trabajo y negocios.

Contempló con detenimiento el karesansui, el jardín de piedra, con sus rocas representando montañas y la arena cuidadosamente rastrillada en ondas representando el mar. Más lejos, entre los árboles, se alcanzaba a ver la cascada y el delicado puente rojo. El jardín era un símbolo de la cultura japonesa en medio de un moderno mar de cemento, acero y vidrio.

   

Fotos GMF (Click para ampliar).

 

 Desayunó café con leche y tostadas con manteca y dulce. Olivares, de gustos generalmente sencillos era especialmente frugal en el exterior y desconfiaba de la comida y la bebida.

Un botones del hotel se acercó a su mesa. “¿Olivares-san?”.

“Esto acaba de llegar”, dijo, entregándole un sobre.

Olivares supo que la hora de moverse había llegado. Subió a su habitación y recién allí abrió el sobre.

Como siempre las instrucciones eran muy simples.

Había un pasaje para el Tokaido Shinkansen, Tokyo Station-Osaka.

“Esté alerta. No lleve nada de equipaje.”

Olivares ya había viajado en el Shinkansen. Sabía que ni aún tan rápido como era, alcanzando los trescientos kilómetros por hora, podía competir con el avión. Si tenía que viajar a Osaka, por qué no tomar un vuelo local desde Haneda? Era mucho más fácil.

Olivares tomó el ascensor, salió a la calle, caminó una cuadra y se metió en la estación de subterráneos Akasaka-Mitsuke de la línea Marunouchi.

El tren, con vagones de un color rojo brillante, llegó enseguida y en quince minutos, Olivares salió a la superficie en Tokyo Station, del lado de la Puerta Marunouchi. Cruzó la estación en dirección a la Puerta Yaesu, y tomó a la derecha hacia los andenes catorce a diecinueve, las plataformas del Shinkansen. Mostró su boleto a un empleado quien tuvo la amabilidad de indicar al “gaijin”, la plataforma correcta.

(Click para ampliar)

 

A las once de la mañana, Olivares ya estaba en marcha rumbo a Osaka donde llegaría en menos de tres horas.

 El Tokaido Shinkansen había sido inaugurado en 1964, uniendo Tokyo y Osaka, y en esa época alcanzaba una velocidad de 200 kilómetros por hora. Su diseño había pasado de la nariz redondeada del modelo 300, a la forma de proyectil del modelo 500 y finalmente a la forma aerodinámicamente impecable, aunque tan parecida a un pico de pato, del actual modelo 700. La velocidad actual superaba los 300 kilómetros por hora.

En 1975, la línea Sanyo había extendido el servicio hasta Hiroshima y Fukuoka, esta última en la isla de Kiushu.

 

En el Centro de Manejo de Crisis las cosas no iban bien.

A Ramírez le dolía la cabeza. No los aguantaba más.

“No es así”, decía acaloradamente Colombres, apuntando a Lieberman con una medialuna, “estamos usando una matemática vieja. Es como cuando Newton tuvo que inventar el cálculo porque le faltaba la herramienta matemática para resolver sus problemas de física”.

“Mirá,”, le contestó el químico, “con la mejor matemática del mundo no van a resolver el problema porque los físicos están trabajando cada cual en su pequeña quintita, y nadie tiene un panorama general”.

Los ojos de Ramírez describían un arco entre sus dos amigos, mirando alternativamente a uno o a otro sin mover la cabeza, como en un partido de tenis. Estaba seguro que esta discusión se repetía en todos los hogares argentinos, dividiendo familias y provocando divorcios.

“Vas a ver que cuando tengamos una nueva matemática. Una que sirva, “, remarcó el ingeniero golpeando la mesa y mirando a Ramírez, quien asintió con expresión grave y preocupada, “entonces las ecuaciones van a ser tan simples como la tabla del cuatro”.

“No va a alcanzar igual, Fernando, porque la física actual no va a producir un Maxwell que la entienda como un todo. Hasta entonces no tendremos ninguna Teoría del Campo Unificado.”.

“Qué Maxwell ni qué pelotas. ¡Pero si ni siquiera podemos resolver muchas de las ecuaciones no lineales o las de derivadas parciales!”.

"El viejo truco de las derivadas parciales", pensó Ramírez. Como le gustaría tener una puerta trampa debajo de las sillas de sus colaboradores y poder tirarlos a la pileta. Tuvo una fugaz visión del ingeniero Colombres deslizándose por un tobogán hacia el agua, con una medialuna en la mano.

“¿Cómo puede ser que no lo entienda? “, Colombres, exasperado, miraba a Ramírez en busca de apoyo.

Sorprendido en su fantasía acuática, Ramírez puso los ojos en blanco y abrió los brazos con las palmas hacia arriba. “Inexplicable”, dijo.

“¿Ves, ves, Rubén?”, dijo triunfante Colombres. ”Carlos, explicale vos, porque éste se hace el que no me entiende”.

Ramírez sabía cuando estaba en un problema.

Se escucharon golpes de nudillos contra la puerta del despacho. “Ah, salvado por la campana”, pensó.

“Pase, pase, pase, ¡pase!”.

Su salvador, el jefe de turno no entendió la expresión de agradecimiento en la cara del Director.

 

“Mensaje de la embajada. Olivares tomó el tren bala. Se va a Osaka”, dijo el Jefe de Turno.

Ramírez pensó un instante y preguntó a su segundo, “¿Y ahora qué? Qué hay en Osaka que no hay en Tokyo?”.

Colombres meneó la cabeza. “¿Qué apostamos que en Osaka lo pierden de nuevo?”.

Ramírez negó con la cabeza, “no hago apuestas que no puedo ganar”.

    

Fotos GMF (Click para ampliar)

 

 Ya pasado el mediodía el Shinkansen había parado brevemente en Nagoya y seguía viaje a Kyoto y Osaka.

A las dos horas de haber partido, Olivares vio el marcador de velocidad del vagón bajar a 218 kilómetros por hora. El tren se acercaba a Kyoto, la antigua capital imperial. En ese momento, el coronel reconoció, entre tantos rostros asiáticos uno conocido. Del otro lado del pasillo estaba sentado Honda-san.

Pocos minutos después, el tren se detenía en la estación de Kyoto. Las puertas se abrieron. La mirada de Honda alertó a Olivares. Algo iba a suceder.

Los pasajeros comenzaron a descender. Cuando hubieron descendido todos, las puertas quedaron libres y aún abiertas. Honda se levantó rápidamente, palmeó al sorprendido Olivares y lo dirigió hacia la puerta. Salieron al andén y pocos segundos después las puertas del tren se cerraron. De reojo vieron como un hombre intentaba infructuosamente abrir la puerta y salir del tren. Cabello rojizo, ojos redondos. Un occidental.

El Shinkansen arrancó nuevamente.

Honda condujo a Olivares del brazo hacia la salida. A paso normal, casi lento. Cuando escuchó que el tren se alejaba volvió sobre sus pasos y apuntó al cruce peatonal, en dirección al andén de la línea Kintetsu.

Apenas repuesto de su sorpresa, Olivares preguntó, “¿No íbamos a Osaka?, ¿por qué nos bajamos en Kyoto?”.

“No nos quedamos en Kyoto”, fue la respuesta, “vamos a Nara”.

 

En menos de una hora, Olivares y su sombra japonesa estaban entrando al Parque de Ciervos de la que fuera la primera de las capitales del imperio y sede del poder de la familia Fujiwara: Nara.

 

“Señor Director”, el Jefe de Turno asomó la cabeza.

“Adelante, ¿qué pasa?”.

“El coronel Olivares, señor”.

“Ahh”, dijo Ramírez, “Déjeme adivinar. Lo perdieron en Osaka”.

“No, señor”.

“¿No?”, Ramírez se inclinó hacia delante en su escritorio, súbitamente interesado.

“No, señor. Se bajó en Kyoto. Allí fue donde lo perdieron.”

“¡Oh, por Dios!”, exclamó Ramírez, dejándose caer otra vez sobre el respaldo, “¿y su sombra no lo encuentra?”.

“Su sombra, señor, sigue aún camino a Osaka. No pudo bajarse a tiempo del tren y ya no hay más paradas”.

Ramírez se tomó la frente y sacudió la cabeza. “Es decir que mientras Olivares ya está en Kyoto haciendo lo que vino a hacer, nuestro hombre se aleja de allí a 300 kilómetros por hora sin poder bajarse. Dígame que estoy equivocado”.

“Sí, señor, lo está”.

“Oh?, ¿y en qué?”.

“No es nuestro hombre, señor. Es de la embajada.”

“Todo un consuelo,” suspiró Ramírez, “Y bueno, es lo que hay. Gracias”.

 

"Y ahora donde vamos, Honda-san?”.

“Estamos en los terrenos del Templo Kofuku-ji. Vamos al pie de la pagoda de cinco pisos. Allí esperamos. No sé más que eso.”

 

Fotos GMF (Click para ampliar)

 

El Templo Kofuku-ji, considerado uno de los Siete Grandes Templos de Nara, tenía una historia de mil trescientos años, desde su fundación en el año 669 por la esposa de Kamatari Fujiwara, uno de los fundadores de la familia que tanta influencia tendría en Japón durante cuatro siglos.

La pagoda de cinco pisos no era la original del período Nara. Al igual que el resto de los edificios del Templo, había sido reducida a cenizas en el año 1717, y reconstruida durante el período Kamakura.

Cientos de ciervos vagaban­ libremente por los terrenos del parque, considerados “mensajeros de los dioses” en la religión Shinto y declarados Tesoro Nacional.

  

Fotos GMF (Click para ampliar)

 

Olivares caminaba despreocupadamente mirando su mapa del Templo.

“Cuide su mapa, Olivares-san”, le advirtió Honda.

“¿Por qué? ¿Qué puede pasarle? No van a robármelo, ¿verdad?”.

Honda sonrió por primera vez. “Por supuesto que no, pero los ciervos son muy amigables y se comen todo lo que ven”.

“Tendré cuidado”, dijo burlonamente Olivares.

Había una gran cantidad de turistas y también muchos visitantes locales. Una joven pareja de raza negra se fotografiaba al lado de los ciervos. Un viejo de gran sombrero sentado en un tronco de árbol se estiraba para alcanzar una galletita a un ciervo. Olivares no recordaba un lugar de tanta paz y tranquilidad.

Ya estaban casi llegando a la pagoda de cinco pisos.

“Kon-nichiwa, Olivares-san”.

El viejo había dejado de dar de comer al ciervo, y sostenía un recipiente de plástico con algo rojo. Coctel de camarones. Se levantó el ala del sombrero.

Lucibello.

La sorpresa hizo parpadear a Olivares. Cuando reaccionó, el ciervo tiraba de una esquina de su mapa. Tras una breve pulseada, Olivares consiguió retener las tres cuartas partes del mapa. El ciervo se marchó en busca de otro turista.

Honda lo miró con sorna y se fue a sentar a veinte metros, desde donde podía vigilar los alrededores.

“Siéntese”, le dijo Lucibello.

“¿Qué hacemos tan lejos? ¿Era necesario?”, preguntó Olivares, que aún tenía a Giselle en el fondo de su cabeza.

“Pregunta tonta, coronel. ¿Qué me ha visto hacer que no sea indispensable?”.

Continuó. “Yo tenía que venir. Necesitamos personal y equipo electrónico especial. Eso ya está listo. Ahora vamos al banco. Usted me debe dinero.”

Olivares miró su reloj. “Tendremos que correr. En Japón los bancos cierran a las tres de la tarde”.

“No se preocupe. Por la cifra que vamos a mover nos abrirían a medianoche.”

“¿Por qué en Nara? Hay bancos en todo Japón.”.

“En realidad, no. El Banco de Japón abrió una sucursal en Nara hace muy poco. Las sucursales más cercanas están en Kyoto, Nagoya y Osaka, y no queremos ni pisar por allí, ¿verdad?”, explicó sonriente, “El gerente es un hombre joven que debe hacer méritos. Esta operación es importante para él y hace pocas preguntas. Sabe que cuanto menos le cuente, mejor. What you don´t know, can´t hurt you.”.

En la nueva sucursal del Banco de Japón en Nara, Olivares autorizó la transferencia del segundo pago de treinta y cinco millones de dólares a tres cuentas del extranjero, dos en Luxemburgo y una en las Islas Cayman.

“¿No le preocupa que la transferencia sea rastreada?”, preguntó Olivares.

“En treinta minutos, las cuentas de Luxemburgo y Cayman ya estarán vacías. Los bancos retendrán una comisión por sus molestias y no harán preguntas. Además, yo nunca estuve aquí”.

“¿Qué pasa a partir de ahora?”.

“A partir de ahora ponemos el show en movimiento. No sea tan ansioso, coronel. Cuando empiece puede no gustarle”.

Olivares sólo quería volver a Montevideo y a Giselle, y no prestó atención a las palabras de Lucibello. En pocos días las recordaría y las comprendería.

 

“Veo que ahora disfruta la compañía de Honda-san. Es un buen agente. Después de Mónaco, creo que ya entendió por que lo cuidamos.”.

“¿Por qué intentaron matarme? No soy tan importante. ¿Por qué a mí y no a usted?”.

Lucibello se sonrió. “Hacen lo que pueden. Usted es el eslabón más débil de la cadena. Sin usted no hay dinero. Sin dinero no hay operación”.

Olivares no se sentía débil en absoluto, ni tampoco se veía a sí mismo como un eslabón.

“Pero, ¿quién? Al menos quisiera saber para quién soy tan molesto como para que quiera eliminarme. ¿De quién tengo que cuidarme? Ni siquiera sé quién es el enemigo.”.

“Ya se lo dije. Esto no es el combate que usted conoce, coronel. Enemigo es todo aquél que no le ayuda a cumplir con su objetivo”.

“Basta de darme clase, Lucibello. Usted sabe algo más que lo que me ha dicho, ¿no es así?”.

Lucibello lo miró. “¿De verdad quiere saber?”.

Olivares asintió. “Usted sabe quién estuvo detrás del atentado, ¿no es así?”.

“Tengo una clara sospecha, pero necesito confirmarla. A veces las cosas más obvias no son reales. Quiero estar seguro. Cuando lo esté, se lo comunicaré. Aunque no me imagino que podrá hacer usted al respecto. El enemigo puede ser extremadamente poderoso.”.

“Ese no es el punto, sino que yo no tengo opciones. Lo intentaron y fallaron. ¿Usted cree que no van a volver a intentarlo?”.

“Desde luego. Van a intentarlo tantas veces como sea necesario, hasta tener éxito”.

“Entonces, ¿qué duda puedo tener? Si alguien quiere destruirme no tengo más opción que intentar destruirlo primero, sea quien sea. Principio elemental de supervivencia”.

“Por supuesto que tiene razón. Y en algún momento le recordaré sus palabras. Pero dígame, ¿no se le ha ocurrido que puede simplemente retirarse del juego?".

“Francamente, tengo idea de que retirarse del juego no es una opción. Esto se juega hasta el final. Además,  Nemo me impune lacessit, Lucibello".
Lucibello sonrió, "Mmmm? Nadie me provoca impunemente. Edgar Allan Poe. ¿Esto no es solo por el atentado, no es así?”.

“No, el atentado fue la última gota. El sentimiento viene de mucho antes”.

 “Usted está lleno de sorpresas. Buena suerte, coronel.”

Lucibello comió el último camarón, se levantó y tiró el recipiente vacío en el cesto. Luego se alejó y se perdió entre los ciervos.

Olivares lo vio desaparecer. Era tiempo de volver a Buenos Aires.  Y a Giselle.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "Bajo Hollywood"