CAPÍTULO 9
AKASAKA
TOKYO, JUNIO
 

 

El vuelo 962 de American Airlines había despegado de Sao Paulo Guarulhos(GRU) a las 2145 horas con destino al aeropuerto de Dallas/Fort Worth (DFW), donde Olivares debía hacer la combinación a Tokyo.

El coronel no entendía para qué debía volar a Japón.

Habitualmente disfrutaba inmensamente viajar, pero en esta ocasión, tal vez por primera vez, Olivares hubiese preferido quedarse en el invierno de Montevideo.

A pocos minutos de despegar, ya se sentía embargado por una sensación de opresión y tristeza.

Giselle.

Veintitantos días con la joven arquitecta habían cambiado la vida de Olivares.

Caminatas por el parque, charlas, almuerzos y el mejor sexo de su vida. Y la inigualable sensación de dormir al lado de ella sabiendo que en cualquier momento de la noche, con solo estirar la mano podía tocarla.

Hubiera querido llevarla con él, pero la naturaleza de su misión lo hacía imposible. Ya lo acosaba una sensación de culpa. Sabía que estaba haciéndola compartir sus riesgos sin poder siquiera prevenirla. Pero ya no podía dejarla.

Giselle, por otra parte, reía y jugueteaba con él, despreocupada y feliz. Y triste por su partida. “Próximo viaje vamos juntos, donde sea.”, le había dicho, “Tengo algo ahorrado”. Olivares había asentido, sin saber si le iba a ser posible cumplir.

Ahora, solo extrañaba.

 

Las instrucciones le habían llegado en un sobre y eran claras y simples.

Pasaje de ida y vuelta Montevideo-Sao Paulo-Tokyo.

Voucher para el hotel New Otani, en Akasaka.

Esperar nuevas instrucciones en el hotel.

 

Las luces de cabina se apagaron y Olivares se durmió con el dulce rostro de Giselle en su mente.

“Sir, coffee, tea or milk?”, preguntó la azafata.

Había dormido toda la noche.

Nunca había estado en Dallas/Fort Worth y tampoco conoció mucho en las cuatro horas de espera de su combinación. Los controles de seguridad fueron tediosos, pero Olivares se sentía más seguro de que existieran, por razones que Homeland Security no hubiera imaginado nunca.

A las 1030 horas, ya instalado en un Boeing 777, el coronel partía rumbo al oriente por segunda vez.  El vuelo 175 llegaría al aeropuerto de Narita (NRT) poco después del mediodía de Tokyo. Las tres horas de diferencia entre la salida y la llegada eran engañosas.  Al volar en la dirección de movimiento aparente del sol, la duración real del viaje era de más de trece horas.

El coronel haría un viaje de veintisiete horas y diecinueve mil kilómetros. El otro lado del mundo.

 

Olivares había viajado a Japón diez años antes, como parte de una comisión militar invitada por el gobierno japonés. Había estado varios días en Tokyo.

Recordaba el olor penetrante de las frituras callejeras en Ginza, los modernos edificios de Nishi Shinjuku y la miríada de negocios de electrónica de Akihabara.

Había sido perseguido por la calle por hombres que le entregaban tarjetas ofreciendo servicios femeninos. Le había llamado la atención que los rostros dibujados en las tarjetas eran casi siempre occidentales, del tipo que luego se había popularizado como Manga. Los precios, en yens, eran exorbitantes. “Con lo que cuestan podría comprarme un auto”, había pensado. No que tuviera la menor intención de gastar un yen. Había sido abordado en el ascensor del hotel por una mujer que entre los pisos quince y veintidós le había propuesto, “Do you want to party with me?”. Ni que ella le pagara, había pensado Olivares, pero había contestado cortésmente, “I´m sorry, but I´m truly exhausted. Thank you, anyway”. Olivares era, ante todo, un caballero.

Las revistas eróticas en los kioscos mostraban dibujos de estudiantes, vestidas como marineritos.

Occidentales, adolescentes, marineritos. “Esta gente tiene un problema”, había pensado Olivares, tocándose inconscientemente la sien.

Si bien no hablaba japonés, a Olivares le había resultado sencillo memorizar los ideogramas de los nombres de algunas estaciones de subterráneo. Parado frente al gran plano mural de la red, pintado en la pared de Tokyo Station, Olivares había sentido la mirada curiosa de los japoneses. Podía leer sus pensamientos, “Este homble de ojos ledondos, entendelá los nombles, o cleelá que son dibujitos?”. Los nombres de las estaciones donde se hacían combinaciones estaban gastados. Aquí también la gente ponía el dedo donde no debía.

¿Estaría aún el mural o habría sido reemplazado por un tablero electrónico?

Olivares no podía dormir en el vuelo diurno. Se puso los auriculares para escuchar música suave. El rostro de Giselle se le aparecía a cada acorde. Se acomodó en su asiento y alcanzó a dormitar de a ratos, con una sonrisa en su rostro. “¡Giselle….!”.

 

Muchas grandes ciudades del mundo tienen dos aeropuertos; uno para vuelos internacionales, y otro, generalmente más cercano al casco urbano, para vuelos cortos y domésticos. Es el caso de Milán (Malpensa, MXP y Linate, LIN); Paris (Charles de Gaulle, CDG y Orly, ORY); New York (John F. Kennedy, JFK y La Guardia, LGA) y Buenos Aires (Ezeiza, EZE, y Aeroparque, AEP).

En el caso de Tokyo, esas funciones la cumplen los aeropuertos de Narita (NRT) y Haneda (HND).

El aeropuerto de Narita está situado en la prefectura de Chiba, a sesenta kilómetros al este de Tokyo.

Allí tocó tierra el Boeing 777 de American Airlines.

 

 “¿Olivares-san?”.

Un japonés de cabello corto y oscuro y edad indefinida, miraba alternativamente su rostro y una foto.

“¿Quién quiere saber?”, contestó Olivares en inglés.

“Lucibello-san envía sus saludos”, dijo el japonés.

“Vengo a ver florecer los cerezos”. Olivares esperaba no haber olvidado la contraseña.

“Los cerezos florecieron en marzo, Olivares-san”.

Era falso. Cualquier japonés sabía que los cerezos florecían a fines de abril. Contraseña aceptada.

El japonés hizo una leve reverencia y le extendió una tarjeta. Olivares se inclinó levemente, extendió la suya y leyó. “Hiroyuki Honda”.

“Honda-san”, dijo.

Recién entonces y solo por deferencia a un occidental, Honda extendió su mano para estrecharla.

“Soy el reemplazante de Stamp-san en Japón. Stamp-san no pasaría desapercibido aquí. Yo sí.”

“Domo arigato, Honda-san”.

“Olivares-san, debemos apurarnos. Tenemos asientos reservados en el NEX que sale en diez minutos.”

El NEX era el Narita Express de Japan Railways, el medio más rápido que conecta el aeropuerto con Tokyo Station en sólo una hora. Cuesta tres mil yens, el doble que el Sobu, que tarda noventa minutos.

“Veinticinco dólares por un viaje en tren. Debe valer la pena”, pensó Olivares y se lo dijo a Honda.

“Podríamos haber tomado un Limousine Bus o un auto. Pero la autopista 51 suele congestionarse y si caemos en un embotellamiento no podríamos salir por un par de horas.”

Olivares superó su cansancio para disfrutar del nuevo paisaje. En Tokyo Station tomaron un taxi hacia la zona de Akasaka, pasando frente a la mole del Marubiru, el Marunouchi Building, construido en 2002, que aloja oficinas, negocios y restaurantes.

“Esto es nuevo”, pensó Olivares, “Cuando me alojé en el Yaesu Fujiya esto no se veía.”

En menos de dos horas, Olivares se hallaba descansando en su habitación de la torre triangular de lados cóncavos del New Otani. Treinta pisos más abajo podía ver el jardín zen del hotel, y los árboles que constituían un oasis en medio de una metrópolis que rebosaba de acero y cemento.

              

Se conectó a Internet y envió un mensaje a Giselle, avisando de su arribo.

A la espera de sus nuevas instrucciones, Olivares se duchó y se metió en la cama. En Buenos Aires eran las cuatro de la mañana y Giselle estaría durmiendo.

Con la imagen del cabello rubio y la sonrisa de la mujer que llenaba sus pensamientos, Olivares se durmió profundamente.

Del otro lado del mundo, los problemas comenzaban.

 

Foto GMF  Foto GMF

 

 “¿Que pasó qué?”, decía un soñoliento e incrédulo Director del CMC en el teléfono, “lo perdieron en Tokyo?”.

A su lado, su esposa continuó escuchando un solo lado de la conversación e imaginando el otro.

“Embotellamiento en la 51?, qué es la 51?”.

“Y nunca había sucedido antes, ¿verdad? Primer caso de un problema de tránsito en Japón, claro.”.

“Pero esta gente vive allí. Son de la embajada. ¿Cómo cuernos no se les ocurrió?”

“No, no creo que esté tratando de eludirlos. ¿Para qué?, si se tropiezan y se matan solos”.

“No, no le avisen a Colombres. Yo voy a decirle cuando llegue. Voy a estar allí a las siete. Por favor, quiero una buena noticia para entonces.”

Del otro lado del teléfono, el Jefe de Turno del CMC puso a trabajar su gente para reparar el daño. No era culpa del CMC. Estaba claro para él que la embajada argentina en Tokyo no contaba con personal competente, ni con instrucciones de prestarles colaboración alguna. Se sentó a pensar. Para cuando llegara el Director quería tener algo bueno que decirle. No sólo porque era su trabajo, sino porque era el mejor jefe que había tenido y merecía su mejor esfuerzo.

 

“Está durmiendo ahora. New Otani, piso treinta.”, dijo el Jefe de Turno. A diferencia del personal de la embajada argentina, la colaboración de la policía de Tokyo había sido inapreciable.

“No parece estar escondiéndose, ¿verdad?”, comentó Ramírez a su segundo, “Decime, Fernando, ¿qué está haciendo en Japón?”

“Señor”, Colombres no tuteaba al Director frente a otros funcionarios, excepción hecha de Lieberman, “creo que vamos a tener que esperar que se mueva para saberlo”.

“¿Y si el mensaje le llega por Internet u otro medio, dentro del hotel?”.

“¿Para qué iría hasta allá para eso? No, Olivares está en Japón para encontrarse con alguien. O hacer algo que no puede hacer en otra parte”.

“Bien orientado”, dijo Ramírez, y agregó,”pero también hay otra posibilidad”.

“¿Cómo cual?”.

“Que quien tenga esa exigencia de hacer algo en Japón no sea Olivares, sino quien lo citó allí por su propia conveniencia.”

Colombres asintió. “Cierto. ¿Y qué se hace en Japón mejor que en otra parte?”.

Se contestó a sí mismo. “Se compra electrónica”.

“También en Compumundo”, dudó Ramírez.

“No, no del tipo y nivel de tecnología que se consigue allá. Justo a la salida de la línea de producción, o mejor aún, un equipo hecho a medida, con especificaciones propias, de esos que nunca salen a la venta al público y que no tienen número de serie. Equipos que teóricamente nunca se fabricaron. Tenemos algunos de esos aquí mismo, en el CMC”.

“Vuelta al casillero uno. Debemos saber dónde va Olivares y con quien se encuentra.”

“Señor, lamento ser pesimista, pero no tenemos los recursos. Dependemos en un todo de la colaboración de la embajada y de las otras agencias. De verdad, está más allá de nuestras manos”.

“Es decir que debemos esperar que nuestros colegas se equivoquen y hagan las cosas bien por accidente. ¿Es así?”

“Algo así. Sí.”, dijo el ingeniero, “Esperemos que se despierte y que nos cuenten donde va.”

La espera sería larga, porque Olivares, luego de un viaje de más de un día, dormiría doce horas corridas.

 

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