CAPÍTULO 8
TRASTORNO
BUENOS AIRES, JUNIO

 

Ordenó su escritorio, apagó las luces y se dirigió al ascensor.

Cada día necesitaba más espacio para sus historias clínicas. En un fichero apartado del resto guardaba la documentación de los pacientes cuya antigüedad superaba los nueve años. Por suerte, en pocos meses y ya cumplidos los diez años, estaría legalmente autorizado a incinerarla.

El doctor Ariel Ríos Maza era un profesional serio, experimentado y responsable.

Podía curar a algunos. A otros, no. Pero todos recibían una excelente atención y su mejor esfuerzo.

Ríos Maza había desarrollado una impecable carrera de veinte años en la especialidad y era respetado por sus pares y admirado por sus colegas más jóvenes.

Los hombres que lo vieron salir del edificio de oficinas no eran sus admiradores.

 

Ni la puerta del edificio, ni la del consultorio ofrecieron resistencia a los hábiles operadores. Una vez dentro, se aseguraron que las persianas estuviesen bajas y encendieron la luz. El hombre de campana les avisó que no se veía luz alguna desde afuera. Si era necesario, trabajarían toda la noche y preferían hacerlo cómodos. Esto no sería un Watergate.

A la hora de haber entrado, el jefe del equipo felicitó mentalmente al doctor Ríos Maza. Debía enviarle una postal desde Bora-Bora. El impecable orden de su consultorio había hecho posible encontrar rápidamente lo que buscaban.

El jefe del equipo fotografió dos veces cada documento y controló que las fotos tuviesen la calidad necesaria. Colocó nuevamente los documentos dentro de la carpeta en el orden original.

Ya estaba listo. Devolvió al archivo la historia clínica que decía “HERRERO, E.J.”, borró toda huella de su presencia e indicó a su cómplice que la tarea estaba concluida. Nunca había hecho un trabajo tan fácil, ni tan bien pago.

 

El ambiente de “Contrapunto” era solemne.

Laurel y Hardy lamentaban tener que informar sobre ciertos temas, pero se debían a su sagrada profesión, y la ciudadanía tenía derecho a saber.

En horario central y con elevado rating pusieron una pantalla en pantalla. La de una computadora conectada con Internet.

Con tono despectivo, manifestaron a su audiencia que consideraban un abuso y una invasión a la privacidad, la aparición en red en un servidor gratuito del historial psiquiátrico del Presidente de la Nación.

Indignados, exigieron a los legisladores la aprobación de normas más severas de control del contenido de las páginas para evitar que en el futuro fuesen posibles bajezas semejantes. Sabían, obviamente, que la naturaleza internacional de la red la hacía imposible de controlar.

Lamentaban que la información ya hubiera tomado estado público. Ahora, Laurel y Hardy solo podían analizar lo que ya todo el país sabía. Eso, no constituía delito alguno.

Diez minutos antes de comenzar, Laurel había comentado, “lo de la amante no funcionó, pero esto tiene que andar. Trastorno paranoide de la personalidad, ¡qué barbaridad! El presidente está cucú”, dijo, tocándose la sien, “quién lo hubiera imaginado. Los argentinos podemos votar a un candidato infiel y mentiroso, pero no votamos a un loco”.

“Cierto”, dijo Hardy,” si el método Hart no funciona, probemos con el método Eagleton”. Se refería al senador Thomas Eagleton, quien tuvo que retirar su candidatura a la vicepresidencia de Estados Unidos en 1972, luego de que su historial psiquiátrico fuera publicado. La fórmula del Partido Demócrata había quedado seriamente afectada. Nixon, en busca de su reelección, había ganado en cuarenta y ocho de los cincuenta estados.

El hecho de que la historia clínica tuviese casi diez años de antigüedad no fue un factor digno de mención. Un loco es siempre un loco, como todo el mundo sabe.

El resto del programa fue dedicado a entrevistar prestigiosos psiquiatras, quienes dieron su opinión sobre el trastorno mental del presidente. Cada uno encaramado sobre la opinión médica del anterior entrevistado, fueron trazando un cuadro psiquiátrico progresivamente aterrador. Nadie mencionó que, de acuerdo a la clasificación del DSM-IV, la patología del magistrado no constituía técnicamente un cuadro de locura. Un loco es un loco, no entremos en detalles.

De acuerdo al estilo del programa, las entrevistas se intercalaron con fotos y filmaciones del presidente, cuidadosamente elegidas y editadas, en las que aparecía alternadamente eufórico, deprimido, sonriente y enojado.

Al final del programa nadie podía dudar de que el lugar de residencia de la máxima autoridad de la nación no debía ser la Casa de Gobierno, sino algún lugar más tranquilo, de ambiente bucólico y ordenanzas vestidos de blanco.

Si el presidente pensaba buscar su reelección, esa no era una buena semana para contárselo a nadie.

 

Una semana después, el programa denunciaba a un sobrino del primer mandatario, acusándolo de adjudicar obras públicas y ordenar compras directas de elevado monto sin licitación.

El hecho era verdadero, estaba muy bien documentado y constituía un grave caso de corrupción, pero el programa estuvo lejos de ser tan dañino para la imagen presidencial como el anterior.

“Los ladrones son confiables”, reflexionó Hardy, “pero a los locos, vaya uno a saber qué se les puede ocurrir”.

 

Dos semanas más tarde, “Contrapunto” recibió una nominación para un premio en la categoría de Periodismo Político.

Laurel y Hardy lo tenían todo. Fama, poder y dinero.

  

En la Casa de Gobierno, el nerviosismo había alcanzado niveles sin precedente y  los gritos del presidente se escuchaban desde el pasillo.

Las encuestas, es decir, las verdaderas encuestas, mostraban un descenso en picada de la imagen presidencial.

El blanco de las iras de Herrero era su Ministro del Interior, Damián Giacomini.

Las credenciales académicas de Giacomini incluían el haber sido mozo en una pizzería, vendedor en una tienda y empleado en una empresa inmobiliaria. Era en este último puesto en el que había trabado amistad con el actual presidente Herrero, proveyéndolo de información interna sobre el mercado inmobiliario que había permitido a ambos hacer varios negocios que bordeaban la ilegalidad. Despedido de su trabajo por su deslealtad, Giacomini había pasado a trabajar en la gobernación como asesor del entonces gobernador Herrero. Nadie preguntó jamás el campo académico de asesoramiento del ascendente Giacomini. Su amistad con Herrero se había fortalecido con los años, los negocios turbios y los lazos familiares. Giacomini era ahora el consuegro de Herrero y su hombre de confianza. Su nombramiento como Ministro del Interior no había sorprendido a nadie. Era la persona que Herrero necesitaba para vigilar el país y el resto del gabinete.

 

El gobierno necesitaba aliados, de donde pudiese encontrarlos y al costo que fuese.

Algún asesor opinó que el plan no era una buena idea, pero el presidente ya no escuchaba.

Si no tenía aliados en el país, los buscaría afuera.

“Basta, Damián. Tomá contacto con esta gente y hacé los arreglos”.

 

 

 

 En el departamento de Montevideo, Olivares no quería que terminase el día.

Le pasaba algo extraño. A un par de semanas de conocer a Giselle, ya no podía recordar cómo había sido su vida sin ella. “Esto ya es grave “, pensó. Y sonrió.

 “Tu no piensas llevarme, ¿verdad?”. Giselle apuntaba con el dedo y fruncía la boca, irritada.

El cambio del "vos" al "tu", advertía a Olivares que el enojo de la uruguaya era serio.

El coronel había recibido instrucciones. Ya había tenido una muestra de los riesgos de su trabajo y lo último que quería era poner en peligro a Giselle.

La arquitecta había aceptado sus explicaciones respecto de las exigencias de su itinerario, pero no había sido gratuito.

“Está bien, por esta vez. Pero la próxima vez que viajes vamos juntos. Donde sea.

Y más te vale que te portes bien o voy a desear que te agarre una luchadora de sumo”.

¿Había mujeres en sumo? Olivares no quería imaginarse.
“Luchadoras. Lo que me faltaba.", se rió Olivares. "Ojáio gosaimáz, konbanwá, kon-nichiwá”, practicaba el coronel.

 

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