CAPÍTULO 7

LAUREL Y HARDY

BUENOS AIRES, JUNIO

 

Laurel y Hardy conducían “Contrapunto” desde hacía ya tres años. Desde luego que esos no eran sus nombres, pero sus parecidos físicos con la pareja cinematográfica eran tan obvios que el público los había llamado así desde el principio.

“Contrapunto” era el programa de periodismo político de mayor audiencia de la televisión abierta.

Laurel y Hardy tenían diplomas en periodismo, hablaban como periodistas y habían recibido premios en periodismo. Pero Laurel y Hardy no eran periodistas.  Eran actores.

Y como tales, solo interpretaban un papel.

También eran mercenarios.

El ágil estilo de “Contrapunto” les permitía virajes ideológicos rápidos, dependiendo de quién pagase el guión.

Pero sin importar cuán sinuoso fuese su camino, el programa llevaba firme y decididamente a sus conductores hacia su objetivo irrenunciable. Es decir, a engrosar sus cuentas bancarias.

Fieles a su rol de actores, nunca hacían muchas preguntas respecto del origen del dinero. Mientras el guión fuese aceptablemente coherente y creíble, Laurel y Hardy lo aceptaban.

Discutiendo siempre y muchas veces contradiciéndose entre sí desde posiciones opuestas, ambos hombres machacaban sin embargo el mismo mensaje. El de su dueño de turno.

Esta vez, el premio era jugoso y los conductores se esmeraron en su trabajo.

Estaban listos. Solo esperaban la señal.

 

Carlos Tomás García era un reportero mediocre, y para peor, veterano.

Había llegado al punto en el que ya dudaba de alcanzar el éxito como periodista. Esto era un problema ya que no había otra cosa que supiera hacer.

Trabajaba para un importante canal de televisión, pero había visto frustradas sus ilusiones de conducir un noticiero. García no era elegante, no era atractivo y ni siquiera hablaba bien.

Merced a una presión constante y a un insistente ruego había conseguido ser asignado a la Casa de Gobierno.

No era un trabajo de gran responsabilidad. Las conferencias de prensa eran contadas y siempre cuidadosamente arregladas antes de su puesta en el aire. Los periodistas acreditados en la Casa de Gobierno sabían que debían respetar las reglas o nunca más pisarían el lugar. Si existían periodistas incisivos, éstos no se encontraban en la Casa Rosada, y desde luego, García no era uno de ellos.

Durante varios años, García había sido el corresponsal modelo, preguntando todas las trivialidades que se le indicaban. Como premio a su complacencia había sido beneficiado con tres viajes, acompañando al presidente al exterior.

García necesitaba los viáticos para sobrevivir. Su horizonte profesional y personal era oscuro.

Un mes atrás había sido abordado por un desconocido con una propuesta. Como prueba de buena fe, su magra cuenta bancaria a punto de ser cerrada, había sido salvada y engrosada sustancialmente.

De esta manera, el desconocido se había asegurado que García lo escuchara con atención.

Lo que se le pedía no era complicado ni peligroso, pero significaba el final de su mediocre carrera periodística.

En un destello de lucidez, García había pedido lo suficiente para vivir cómodamente el resto de su vida en el exterior. Para su sorpresa, el desconocido ni siquiera había regateado. Era un trato.

 

García era claramente consciente de que ésta sería su última conferencia de prensa.

El tono de las preguntas era amable y aburrido. El rating de estas reuniones era tan bajo que se tenía la idea que ni siquiera los funcionarios miraban a su presidente. Las conferencias de prensa se trasmitían en vivo y nada importante se decía allí. El periodista de uno de los matutinos más importantes del país cabeceaba, con sus párpados semi cerrados. Su colega, a su lado, ni se molestaba ya en despertarlo con el codo. Dormitar era la mejor manera de aprovechar ese tiempo.

 

El presidente Eduardo Juan Herrero se extendió en su respuesta a una pregunta sobre la reparación de una acequia en un ignoto paraje de San Juan. Era claro que esta obra de tres días, impulsaba a la nación hacia su destino de grandeza.

El presidente terminó su respuesta con ampulosos gestos.

Sonriendo, señaló el turno de García. Este se paró.

“Señor Presidente, ¿es cierto que desde hace dos años usted mantiene una amante en el barrio de Recoleta?”.

En el canal, el director dejó caer su cigarrillo dentro de su café. “¿Qué?”.

En su estupor, el presidente abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella.

“Señor Presidente”, insistió García, “¿es cierto que usted mantiene una amante con fondos de la Presidencia?”.

El codo del colega vecino golpeó el costado del periodista dormido, quien parpadeó, momentáneamente desorientado.

Los periodistas se irguieron en sus asientos, súbitamente alertas.

“Se volvió loco”, dijo el director en el canal.

Los ojos de Herrero se abrieron, “pero, ¿qué barbaridad está diciendo?, ¿se ha vuelto loco?”.

En el canal, el director asintió con la cabeza, anonadado.

“Señor Presidente, ¿tiene usted una amante? ¿Sí o no?”.

Levantó la voz, “¿SÍ O NO?”. Los quince minutos de fama de Carlos Tomás García habían comenzado.

“¡Por supuesto que no!”, vociferó Herrero fuera de sí, mientras las cámaras se centraban en su rostro sofocado por la ira.

“Gracias, Señor Presidente”, concluyó García.

Su retiro en Buzios estaba asegurado.

 

Si las conferencias de prensa no tenían rating, el pasaje de un minuto de la pregunta de García fue el segmento más trasmitido del año.

Esa noche, Laurel y Hardy lo pasaron cuatro veces, intercalándolo con imágenes del presidente, entrando y saliendo de un departamento de Recoleta con una mujer desconocida. En una escena en particular, Herrero apoyaba y frotaba su palma contra el trasero de la mujer durante varios segundos.

Las palabras no eran necesarias. Las sonrisas cómplices alcanzaban.

 

Sin embargo, el tono del final del programa fue distinto.

La frivolidad y la picardía dejaron paso a la solemnidad.

Laurel y Hardy debían dejar claro su mensaje.

“No somos quienes para juzgar la vida privada de nadie, ni siquiera de los funcionarios públicos”, declamaron desde su púlpito mediático.

“Pero consideramos que un presidente no debe mentir. Si nos miente en esto, ¿en qué más nos miente?”.

Programa perfecto. Fuera de cámara se dieron la mano. Si García había recibido suficiente dinero como para no tener que trabajar nunca más, Laurel y Hardy lo habían recibido para ellos y sus dos siguientes generaciones.

 

Una semana después, sin embargo, los ánimos no eran tan buenos.

Las encuestas reales no marcaban el esperado descenso de la popularidad del presidente. Su nivel era bajo, pero parecía que el incidente no había afectado significativamente la opinión pública.

La consultora lo explicaba de la siguiente manera.

La infidelidad del presidente no escandalizaba a los hombres, que ya eran en su mayoría infieles, ni tampoco a las mujeres, que habían casi alcanzado el nivel de infidelidad de ellos, sobre todo en los centros urbanos.

“No les molesta”, decía Sofía Zanoni, directora de la consultora, “nadie se salva ni de los cuernos ni de la muerte”.

Pero el as jugado por Laurel y Hardy, tampoco había tenido efecto.

Si los norteamericanos habían enterrado a Gary Hart por mentir sobre su infidelidad, los argentinos estaban acostumbrados a que sus políticos les mintieran todo el tiempo. Era lo que se esperaba de ellos.

En cuanto al hecho, perfectamente documentado, de mantener lujosamente a su amante con dinero del estado, tampoco era algo que asombrara a los argentinos.

“No la va a mantener con su propio dinero, ¿no?”.

A lo largo de décadas, la corrupción se había vuelto tan común en la política nacional que la conciencia pública ya ni siquiera la registraba.

De todos modos, Laurel y Hardy habían cumplido.

Ahora se preparaban para su siguiente trabajo.

En Ezeiza, Carlos Tomás García se acomodó su sombrerito, sacó su camisa floreada fuera del pantalón, y, silbando "Garota de Ipanema", se dirigió al mostrador de Varig para el check-in.

La vida no era tan mala después de todo.

 

 

Aún en invierno el sol de la mañana daba de lleno en el ventanal, calentando el ambiente del tranquilo departamento de Montevideo.

Por indicación de Lucibello, Olivares había abandonado Argentina dos horas despues de su arribo. Si alguien del gobierno estaba detrás del atentado, entonces el país era un lugar poco seguro para el coronel.

Desde Ezeiza y luego de despedirse de Giselle, había reservado tres plazas en un vuelo a Mendoza. Stamp lo había esperado en el estacionamiento para llevarlo a un club náutico de San Isidro.

Al mediodía, el coronel desembarcaba ilegalmente en Montevideo, pero antes del anochecer su situación quedaba regularizada por un oscuro funcionario del gobierno uruguayo.

Dos días despues, Olivares había alquilado una oficina en pleno centro de la ciudad y, por razones de seguridad, en la vecindad de la Jefatura de la Policía.

A partir de ese momento, y salvo en alguna emergencia, las reuniones con el doctor Saldaña y sus colaboradores se realizarían allí. Las funciones del coronel no solo comprendían los transacciones con Lucibello, sino tambien las reuniones semanales con los representantes de los grupos económicos a efectos de informarles y coordinar la estrategia con miras a las elecciones.

Giselle había regresado a la ciudad al día siguiente y había recibido la noticia con enorme alegría. La arquitecta se había mostrado inconmovible en su posición. No dejaría que el coronel alquilara un departamento. El de ella era suficientemente grande para los dos y además, estaba ubicado a dos cuadras de su oficina.

Olivares no iba a discutir algo que, obviamente, ambos deseaban.

 

El coronel volvió de la cocina con dos tazas de café con leche.

Giselle se había dado vuelta y la sábana había caído al suelo.

Dormía desnuda, boca abajo, con una pierna recogida y el pie sobre la otra.

La visión de su espalda, su trasero perfectamente redondeado y sus largas piernas lo hicieron detenerse en silencio en el umbral.

Sintió su piel enrojecer de deseo.

“Otra vez, no. Debo estar enfermo”, pensó.

Apoyó suavemente las tazas en la mesa de luz y tomó su agenda.

Giselle entreabrió los ojos y lo vio.

“Mmmmm..”, ronroneó, “buen día, amor.”

Se dio vuelta perezosamente quedando de espaldas.

Lo miró con una media sonrisa, y, pasando una mano por sus pechos preguntó, “¿Quieres desayunar?

“Por favor, tengo que trabajar”, imploró Olivares.

“Como quieras, amor”, dijo Giselle.

Abrió levemente las piernas y, arqueando su cuerpo se estiró en la cama.

Olivares dejó la agenda en el suelo. De golpe, nada en ella le parecía muy importante.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "Trastorno"