CAPÍTULO 6
CENTRO DE MANEJO DE CRISIS (CMC)
BUENOS AIRES, JUNIO
El flamante Centro de Manejo de Crisis (CMC) constituía el último intento del gobierno de quitarle poder a la antigua Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE), de cuestionada actuación en el último año, y luego convertida en un poder dentro del estado. La mala elección de su titular, un hombre dedicado pero pavorosamente ingenuo, había permitido que la otrora eficiente agencia de inteligencia que informaba al Poder Ejecutivo se transformara en una central de corrupción, más dedicada a la extorsión y las escuchas ilegales que al legítimo trabajo de inteligencia. Temida por amigos y enemigos, la SIDE había ido más lejos de lo que era políticamente aceptable y se había ganado la desconfianza de su jefe, el Presidente de la Nación.
El nuevo Presidente, el doctor Eduardo Juan Herrero, llevaba casi tres años en el cargo, al que había llegado mucho más por accidente que por sus propios y limitados méritos.
Tras la aparente calma de la primera década del milenio, una grave crisis energética había provocado el colapso de la economía. Luego de violentos disturbios callejeros el gobierno había caído, dando lugar a un breve interinato y nuevas elecciones. Cuando los más calificados candidatos al cargo, conociendo la gravedad de la situación, rehusaron participar en la carrera presidencial, el nombre de Herrero fue el único que quedó en la lista. Herrero, gobernador de una pequeña y calurosa provincia norteña, era apodado “el Camello” y se jactaba públicamente de su apodo. También era llamado “el presidente por default” o “el presidente del flipper”, porque había llegado al cargo por rebote. De estos apodos, el presidente no se jactaba.
De temperamento indeciso y personalidad desconfiada, Herrero era propenso a confundir astucia con inteligencia. Su mediocre educación no le permitía medir los peligros que habían hecho desistir a otros más capaces aspirantes al cargo. Su soberbia y ambición de poder lo habían embarcado en un camino de confrontación con prácticamente todos los sectores de la actividad nacional. Pero tenía, sí, una importante virtud. Sabía que la mayor parte de sus conciudadanos tenía precio, y que por lo tanto, le alcanzaba con la enorme caja del presupuesto nacional para comprar amigos y aliados transitorios. A aquéllos a quienes no podía comprar, intentaba destruirlos. Empresarios, opositores y uniformados habían sufrido esa política, con tanto éxito aparente, que la había hecho extensiva a la prensa, la Iglesia y a varias importantes colectividades.
El resultado era una situación nacional de temor, tensión y espera. Herrero se sentía complacido por el temor, no le preocupaba la tensión y no registraba la espera. A sus ojos, había Camello para muchos años.
Su último blanco, a fin de consolidar su poder, había sido la rebelde Secretaría, cuyo poder e independencia lo inquietaban.
A la hora de la decisión, los funcionarios de la SIDE se habían quedado sin respaldo político. Gobierno y oposición habían coincidido en la incautación e incineración de sus archivos, y en el retiro y desbande de sus jefes y empleados.
Sus funciones habían sido recortadas y tomadas por otras agencias e instituciones.
La función de estudio, prevención, manejo y asesoramiento de crisis había sido asignada a una nueva agencia, el Centro de Manejo de Crisis, comúnmente llamado CMC.
El CMC estaba ubicado en El Palomar, dentro del perímetro de seguridad de la unidad de combate más poderosa del país, el Colegio Militar de la Nación.
Su edificio de tres pisos con dos subsuelos se hallaba en el campo de instrucción, alejado de los macizos edificios que albergaban a los cadetes, pero en medio del continuo patrullaje de instrucción de los mismos.
El edificio era autosuficiente en todo sentido. Poseía un tanque de agua de 150.000 litros, una cafetería con capacidad para ochenta personas y un depósito con alimentos para tres meses. Una moderna cocina, dormitorios y baños para todo el personal e invitados, y una pequeña, pero muy completa instalación médica, completaban el sistema que permitía al CMC funcionar sin inconvenientes en caso de cualquier crisis.
La energía eléctrica de la red podía ser sustituida por tres generadores diesel y por un sistema de baterías para iluminación de emergencia. El sistema eléctrico aseguraba el suministro continuo y estable de energía para toda la red interna, en especial para los sofisticados, “state-of-the-art”, sistemas electrónicos.
El edificio estaba forrado de una malla metálica que lo hacía impenetrable a las interferencias y la red informática interna contaba con sus propios servidores y equipos de back-up.
El techo del edificio estaba erizado de antenas de distinto tipo, incluidas dos grandes antenas satelitales. Además, el CMC estaba conectado por líneas subterráneas de fibra óptica al resto de las instituciones y agencias de inteligencia del país y del extranjero.
El sistema de aire acondicionado poseía filtros fabricados con especificaciones especiales y secretas, pero se daba como cierto que podía soportar un ataque químico y biológico.
El personal del CMC había pasado por una rigurosa selección e incluía a especialistas en Inteligencia, Informática, Política Interior y Exterior, Energía, Transporte, Comunicaciones, y Defensa Civil, además de un oficial de enlace con otras agencias y fuerzas de seguridad, un abogado y una joven periodista que actuaba como asesora de prensa y vocera del CMC.
Eran competentes, psicológicamente estables y confiables. Trabajaban en oficinas cómodas con amplios ventanales que daban a las arboledas. Las cortinas blindadas que se bajaban automáticamente en caso de alerta no obstruían la visión.
El Puesto de Comando (PC) tenía una cierta similitud con el Centro de Control de Vuelo de la NASA en Houston, aunque su misión era muy distinta. Las reuniones se celebraban en salas de conferencias con gran despliegue de medios audiovisuales.
Una gran biblioteca de textos y revistas rigurosamente actualizadas proveían al personal de la información que no pudieran o no quisieran buscar en Internet.
El CMC parecía un refugio para una guerra nuclear, y lo era. Pero por sobre todo, era un lugar de estudio. Había sido creado para prever y evitar las catástrofes, más aún que para manejarlas.
Los automóviles del personal se estacionaban en el último subsuelo, a fin de evitar delatar la presencia del personal que se encontraba en el edificio. Por indicación de su creador, el CMC contaba con una instalación de refrigeración que permitía enfriar las paredes exteriores del edificio y disipar el calor. A los ojos de los sensores infrarrojos de aviones y satélites, la firma térmica del CMC era la de un edificio abandonado. Se sabía, obviamente, que había gente trabajando, pero nunca se sabía cuántos, ni en qué sector.
El CMC era el logro más importante de la vida de su creador, el comisario mayor Carlos Alejandro Ramírez. Un policía.
Ramírez era el arquetipo de una nueva generación de policías. Típico producto de la familia policial, Ramírez había sido preparado desde su infancia por un abuelo agente, y un padre suboficial. De brillante inteligencia, estudioso, tenaz, y perseverante, Ramírez había hecho su carrera en Inteligencia. Merced a sucesivas becas y comisiones de la institución policial, había obtenido su doctorado en Ciencias Políticas en el exterior, y hablaba cuatro idiomas. El esfuerzo requerido no lo había apartado de la compañía de su esposa y sus tres hijos, uno de ellos también oficial de policía.
En el momento en que el CMC había estado listo para operar, el gobierno había adelantado el nombre de uno de sus confiables partidarios para encabezarlo, relegando a Ramírez a un cargo menor. La honestidad y rectitud de procederes del comisario mayor lo convertían en un elemento poco confiable para un gobierno acostumbrado a la compraventa de funcionarios.
Desilusionado y ofendido, Ramírez había rechazado la oferta y había hecho sus valijas para hacerse cargo de una cátedra en Yale. El desconcierto del gobierno y la incompetencia de sus funcionarios en el área de Inteligencia habían confluido para que Ramírez fuera rápida, pero reticentemente llamado a ocupar el puesto principal. Ramírez había presionado más aún, exigiendo nombrar a su segundo y sus jefes de departamento. Sabía que el gobierno no tenía opción. Sus exigencias habían sido aceptadas y Ramírez, pese a la desconfianza del gobierno, se había hecho cargo como primer Director del CMC.
Su primera acción había sido nombrar como Subdirector al ingeniero Fernando Jorge Colombres, a quien había conocido en Princeton. Habían cursado posgrados distintos. Ramírez, en Ciencias Políticas, y Colombres en Simulaciones y Teoría del Caos, pero habían sido vecinos en el mismo alojamiento.
Colombres le proporcionaba el conocimiento de ciencias físicas y matemáticas del que Ramírez carecía. Formaban un equipo excelente.
El ingeniero era un par de años mayor que Ramírez. De baja estatura, poseía una inusual fuerza física y una inagotable energía sexual, que siempre era motivo de bromas por parte de Ramírez, y del tercer miembro del equipo, el Dr. Rubén Lieberman.
Lieberman había nacido en Buenos Aires y obtenido su licenciatura en Química en la UBA. Inquieto e intelectualmente incansable, había conseguido una beca para hacer su doctorado en el Technion, en Haifa.
De regreso a Buenos Aires, Ramírez lo había esperado en Ezeiza para llevárselo al CMC. Lieberman era el Director Científico del Centro.
Cuando no estaban trabajando, Lieberman y Colombres estaban discutiendo. Y su ring preferido era el despacho de su jefe. Allí se instalaban con café y una gran bandeja de facturas. Sus discusiones se referían a temas que Ramírez solo conocía de nombre. Mecánica Cuántica, Teoría del Caos, Fusión Nuclear y fractales, entre otras frivolidades. Ramírez siempre estaba tentado de echarlos de su oficina, pero sabía que aprendía más de las discusiones de sus amigos que en un posgrado en la facultad. Al final, solo les exigía que le borraran el pizarrón antes de irse, y que se llevaran tazas y platos. Últimamente también los hacía limpiar las migas.
Ambos estaban casados, aunque sus mujeres no podían ser más distintas. Profesora de Química en la facultad, la esposa de Lieberman era baja, tímida y callada.
Mónica Colombres en cambio, era toda una historia.
A sus cincuenta y dos años, alta, de anchas espaldas de nadadora, y cabello castaño rojizo, Mónica era una mujer monumental. Bonita por donde se la mirara, no era su belleza lo más llamativo, sino su sensualidad. Donde sus tacos altos se escuchaban, las cabezas se daban vuelta.
Casada muy joven, había soportado veintiséis años de encierro y rutina con resignada fidelidad. Un mes después del casamiento de su hijo, su esposo había dejado la casa para instalarse con una mujer veinte años menor. Mónica había caído en un estado de desorientación. Los antidepresivos la habían salvado de la muerte, y la gimnasia le había devuelto la vida. No comprendía qué había visto su esposo en la otra mujer. Mónica usaba los aparatos del gimnasio para escapar de su realidad.
Diez meses después, con su cuerpo moldeado y endurecido, había sido abordada por uno de sus compañeros de gym. Sorprendida y vagamente halagada por el interés del jóven de la edad de su hijo, había aceptado su invitación a una fiesta, más para escapar del aburrimiento que por genuina atracción. Esa noche había cambiado su vida.
A la mañana siguiente, roja de vergüenza al despertar en un departamento ajeno, pero aún excitada por lo sucedido, había tratado de despertar a su acompañante y reclamarle una última satisfacción. No había podido moverlo.
Sentía su cuerpo agotado por el esfuerzo, y dolorido en lugares habitualmente poco recorridos, pero su ánimo rebosaba de un extraño orgullo.
Se había contemplado en el espejo y, mirando el cuerpo desnudo y extenuado de quien la había poseído varias veces durante la noche, se había preguntado, aún incrédula,” ¿Yo? ¿Yo le hice eso?”.
No había sido la única vez. La madura divorciada se había vuelto súbitamente atractiva para hombres inteligentes que no disfrutaban la vacía frescura de las jovencitas.
Mónica había conocido a Colombres poco después. Tras cuatro años de duelo, el ingeniero aún trataba de salir del profundo hoyo en el que había caído tras la muerte de su esposa. Colombres había aterrizado en los brazos de Mónica, y no había querido moverse de allí. El único pedido de ella había sido, “disfrútame, pero no me pidas fidelidad. Ya pasé por eso y no funcionó.”.
Colombres no quería más que estar con ella, e impulsado por la fuerza y determinación de su flamante esposa había vuelto a su trabajo. Aún cumpliendo con las exigencias de su lecho matrimonial, ahora le sobraba energía.
En ese momento había recibido la llamada y el pedido de Ramírez.
Ramírez estaba muy lejos de compartir la forma de vida del matrimonio Colombres, pero adoraba a Mónica, y sentía para con ella una enorme deuda de gratitud por haber recuperado a su amigo. Ramírez no tenía hermanas. Mónica Colombres era lo más cercano a una.
Estos eran los hombres que dirigían el más joven de los organismos del estado, el Centro de Manejo de Crisis.
El legajo descansaba sobre el escritorio de Ramírez.
En letras negras se leía, “OLIVARES, Gustavo Adolfo”, con un gran sello rojo “CONFIDENCIAL”, al tope y al pie.
El Director quería informar a sus colaboradores y saber su opinión.
“¿Qué estuvo haciendo Olivares en Mónaco?”, preguntó.
“¿Jugando en el Casino?”, bromeó Colombres.
“Claro, con su sueldo de coronel retirado”.
“¿Con quien se reunió? ¿Lo seguimos, verdad?”, preguntó Lieberman.
“Bueno, ése es el problema. Lo perdimos en la confusión del Grand Prix. Alguien lo recogió en Côte d´Azur y lo llevó a Mónaco. Cambiaron de auto en un estacionamiento y lo perdimos. Cuando retomamos la pista ya era tarde. Estaba saliendo. No sabemos con quien estuvo”.
“Pero nuestro hombre vio algo cuando salió. ¿Qué pasó?”.
“Un equipo de al menos dos hombres se instaló para emboscarlo. No, no fuimos nosotros, no te preocupes; pero no sabemos quien fue. Cuando Olivares salió de la villa, le dispararon, pero fallaron. Y luego alguien eliminó a un miembro del equipo. Muy profesional. Tampoco sabemos quién”.
“Bien”, dijo el Subdirector,” no sabemos detalles, pero sí sabemos tres cosas”.
“¿A ver?”, preguntó Ramírez, “¿qué piensa tu cabeza de ingeniero?”
“Primero, Olivares está metido en algo tan serio como para que alguien quiera matarlo.
Segundo, es algo tan serio como para que alguien mate para protegerlo.
Y tercero, y muy interesante, quien quiso matarlo sabe más que nosotros.
Carlos, es evidente que nos quieren fuera del tema”.
“Hasta ahora bien. ¿Y cuál es ese tema?”.
“Olivares tiene contactos con los grandes grupos económicos del país”, continuó su segundo, “a quienes la política económica de este gobierno no favorece. No porque no tengan ganancias hoy, sino porque la economía está frenada y sin horizontes. Todos los indicadores marcan que vamos derecho a la quiebra. Pan para hoy, nada para mañana”.
“¿Entonces?”.
“Entonces buscan desprestigiar al gobierno, mostrar su corrupción, provocar su derrota electoral y reemplazarlo con alguien que tenga dos ideas juntas”.
“Para ser un funcionario del gobierno no parece disgustarte la idea”, ironizó Ramírez.
“El Camello está peleado con todo el mundo. Las empresas, la Iglesia, los bancos, la policía. Es un adolescente rabioso. Así no se puede gobernar. Y menos cuando se odia con las Fuerzas Armadas. Nadie gobierna sin los cañones. Eso hasta los chicos lo saben”.
“Ultima ratio regum”, reflexionó Ramírez. “La razón final de los reyes”.
"Exactamente”.

“Lo que estás diciendo es que la debilidad del gobierno no proviene de tener a los uniformados en contra, sino simplemente de no tenerlos a favor. Sin las Fuerzas Armadas y sin la policía, el gobierno no tiene poder real para controlar nada.”, dijo Ramírez, “Entonces, ¿qué rol cumple Olivares?”.
“Lo dije, está trabajando para grupos económicos”.
“¿Internacionales?”, interrumpió Lieberman.
“No, son todos del país. Los representa el Dr. Saldaña. Aunque las conexiones internacionales nunca se conocen del todo. Se me ocurre que pretenden desprestigiar al gobierno con miras a ganarle las próximas elecciones. Pero ése, Carlos, es tu campo de estudio, no el mío”.
“Te falta algo, me parece. Olivares no da para el papel. Está retirado, no tiene poder alguno, siempre fue un soldado disciplinado y es el tipo más honesto que haya visto. Lo sé porque controlé su estado financiero. Ni un centavo de más. Además, podría vivir en una carpa y ser feliz. Y no tiene idea ni de política, ni de publicidad, ni de marketing político. Entonces, ¿qué hace allí?”.
“Se me acaba de ocurrir. De todo lo que dijiste lo que más me llama la atención es su honestidad. Tal vez lo buscaron por eso. Para ejecutar un contrato sin tener vínculos con el ejecutor”.
“¿Una persona confiable para actuar como nexo financiero? ¿Contratar y pagar? No es mala idea”.
“Pero todavía estamos en cero. ¿Con quien se reunió en Mónaco?”.
“Fernando, Rubén, hay algo que llegó recién. Quince minutos después de la reunión interceptamos una llamada de un celular en esa zona. Escuchen.”
“zzzzzzzzz... say again?...., zzzzzzzzzz”.
La voz era profunda, educada y fría.
“¿Eso es todo?”.
“Sí, alguien desconectó el scrambler durante un par de segundos”.
“Dejame escucharlo otra vez”, pidió Colombres.
“zzzzzzzzz... say again?...., zzzzzzzzzz”.
“Rubén, ¿podemos identificar la voz?”.
“Ni remotamente”, dijo Lieberman, “demasiado corto y con interferencias. ¿Alguna idea?”.
Colombres pensó un momento.
“No puedo estar seguro. Solo me parece. Acento de la costa oeste. California. Aunque no necesariamente nativo de Estados Unidos. Podría ser un extranjero educado allí”.
“Se supone que yo soy el lingüista. ¿Cómo puedes saberlo?”.
“Hice mi secundario en California. Colegio privado. Muy caro.”
Ramírez lamentaba la falta de apoyo del gobierno al que debía aconsejar. Sus medios eran limitados.
“Bueno, resumiendo. No tenemos mucho. Concentrémonos en Olivares. ¿Ya volvió de Europa?
“Llegó de vuelta hace cuatro días”, dijo Colombres, “Suponemos que vino con custodia, pero no sabemos quién”. Y agregó, “Ah, y tuvo sexo en el avión.”
Lieberman enarcó las cejas. “¿En el avión?”.
Colombres soltó una carcajada. “Deberías viajar más. A Mónica y a mí nos encanta el avión”.
Lieberman prefirió no preguntar detalles.
¿Dónde está ahora ?”, preguntó Colombres.
“Desapareció al salir del aeropuerto”, contestó el Director, “no es de extrañarse, dado que ahora sabe el riesgo que corre. Tenía reservas para viajar a Mendoza con otras dos personas. Había una multitud de agentes de civil esperándolo en Aeroparque, pero nunca llegó. Creo que solo fue una maniobra de distracción”.
“¿Nuestro coronel está jugando a James Bond?”, se rió Colombres.
“Y aparentemente lo está haciendo bien”, asintió Ramirez, “ Creo que está aprendiendo muy rápido”.
“Carlos, los agentes que lo esperaban, ¿a quién pertenecen?”.
“Tres servicios distintos. Un denominador común. Dependen del Ministerio del Interior”.
“¿Damián Giacomini?. Es un miserable. Esto no me gusta. ¿Alguien se dignó avisarnos qué está pasando?”.
“Ni una palabra. No existimos, Fernando”.
“Si Olivares no fue a Mendoza, donde fue?”.
“Tenemos indicios de que puede estar en el Uruguay, pero no tenemos confirmación”.
“¿Lo buscamos allí?”.
“No. Solo averigüen discretamente. Lo que sí quiero saber es si se mueve. No creo que vuelva al país, pero tal vez vuelva a viajar. Si lo hace, quiero saber donde va.”
“Pero no es nuestro caso, Carlos. Alguien podría molestarse.”
“Mirá, Fernando, ahora no nos quieren en el tema, pero cuando la situación los supere van a venir corriendo a pedir que les solucionemos el problema. Para ayer. Si cuando llegue ese momento no estamos preparados, la ola va a arrastrarnos junto a todos los demás, responsables e inocentes por igual.”
Ramírez no tenía modo de saber cuán proféticas resultarían sus palabras. El reloj de la Operación Nínive se había puesto en marcha y el tiempo se medía en meses.