CAPÍTULO 5
MILE HIGH
AIR FRANCE, MAYO
Gustavo Olivares llegó al aeropuerto de Paris Charles de Gaulle (CDG) con tiempo de sobra para el check-in en el vuelo AF418 de Air France, con destino a Buenos Aires. Llevaba solo un bolso de viaje, por lo que el trámite fue rápido.
Tenía hambre. Buscó un restaurant en la Terminal 2E y se sentó para hacer tiempo y repasar los acontecimientos recientes. Comería solo un sándwich ya que habría cena en el avión.
Olivares no entendía por qué la gente se quejaba de la comida de a bordo. Tal vez por esnobismo. Él siempre comía todo a bordo. Nunca dejaba pasar una comida.
Miró a su alrededor.
Le gustaba el ambiente de los aeropuertos. Entre azafatas, turistas, ejecutivas y profesionales siempre había alguna mujer que valía la pena mirar. Sobre todo en las dos últimas categorías. Maduras, inteligentes e independientes.
Olivares sentía fascinación por las mujeres inteligentes y tenía muy poca paciencia con las que no lo eran. Se había divorciado en forma amigable de una ingeniera química. La dedicación de ambos a sus respectivas carreras había terminado con el matrimonio en solo tres años. Por suerte, no habían tenido hijos que sufrieran el fracaso.
Continuó su recorrida visual.
La mujer que esperaba ver no aparecía.
El golpe de un objeto contra el suelo lo sobresaltó. Un gran cilindro de cartón trataba de escapar de la persecución de su dueña, una joven mujer de cabello oscuro y rulos. Y grandes pechos.
Olivares saltó de alegría al verla.
“Hola, Gustavo”, dijo Morena, abrazándolo afectuosamente.
“¿Y Giselle?”, preguntó Olivares, con evidente ansiedad.
“Podrías abrazarme con más ganas si querés saber algo de ella”, le reprochó Morena. “Giselle ya viene”, agregó.
Morena lo miró inquisitivamente, “¿tenías dudas de que vendría?”.
“Morena, nos vimos solo una vez y luego partimos de viaje. Podría no acordarse de mí”.
Morena soltó una carcajada. “A riesgo de traicionar a mi sexo, sí, claro que se acuerda. Tu llamada la sorprendió agradablemente y demoramos el viaje un día para encontrarte aquí. ¿Por qué no dijiste que venías a Francia?. Habríamos arreglado todo con tiempo”.
“No lo sabía en aquel momento. Mi viaje surgió despues y se me ocurrió que podríamos vernos al volver“, contestó el coronel.
Morena giró la cabeza.
El corazón de Olivares se aceleró.
Vestida con traje de corte clásico y falda bastante corta, Giselle caminaba hacia ellos.
Abrazó brevemente a Olivares y lo besó en la mejilla. Un paso atrás desde la última vez.
Pero sus ojos rebosaban de alegría.
Aún tenían un rato antes del embarque. El habitualmente tedioso tiempo de espera pasó rápidamente.
Morena preguntó a Olivares, “¿cuánto crees que vale mi asiento?”.
A las 2315 horas, el Boeing 777-200 dejó suelo francés rumbo al Atlántico. Olivares disfrutaba el avión pero en este caso estaba cansado. Demasiada excitación para un solo día. El arribo a Ezeiza estaba previsto para las 0750 horas de la mañana. Contando las cinco horas de diferencia de horario, eso le hubiera dado, habitualmente, catorce horas de tranquilidad y descanso. No iba a ser así.
Morena le había cedido ceremoniosamente su asiento, y se había instalado del otro lado del pasillo.
“Me debes una, Gustavo”, le había dicho.
La morocha tenía una manta sobre la falda, se había quitado el saco y tenía la camisa abierta hasta debajo del busto. No llevaba corpiño y la curva de sus senos amenazaba escapar de su envoltorio. Olivares veía ya el borde de una oscura areola y no pudo evitar una sonrisa pensando qué pasaría si cayeran en un pozo de aire. Pero su interés era solo un reflejo de su naturaleza masculina. Morena era una mujer atractiva. Giselle era un sueño.
Justo en ese momento reparó en los ojos de Giselle clavados en él. Su boca estaba levemente contraída en un gesto de desaprobación.
“¿Qué?”, dijo burlonamente, “¿mucho tiempo lejos de casa?”.
Atrapado, Olivares se rió.
“Boys will be boys”, bromeó ella.
En ese momento, Morena abrió los ojos y estiró las piernas.
Al ver a Olivares lo saludó con un gesto de la mano.
Luego se paró, tomó su cartera y se dirigió a la parte trasera del avión.
“Estaba pensando…”, comenzó Olivares.
“Creo que ya está claro lo que estabas pensando…”, interrumpió Giselle con tono irónico, “pero el caso es que tendrás que esperar que Morena vuelva del baño”.
“No me interesa Morena”, dijo.
“Ah, pues lo disimulás muy bien.”. Giselle sonreía con malicia.
“Sólo un reflejo primitivo”, dijo, “en realidad me gustan las rubias”.
“mmmmm…..”, dudó ella.
“Y si me gustara ella, ¿qué?”, la desafió Olivares, divertido.
“Bueno, soldado. Puedes tenerme a mí, o tenerla a ella. Y si te portas bien, tal vez a las dos juntas”.
El coronel levantó las cejas y parpadeó asombrado, “¿que?…”.
“Es- una- bro-ma”, dijo Giselle en una carcajada. “deberías verte la cara”.
Dos horas de charla habían cambiado el mundo del coronel Olivares. La mujer que tenía al lado lo envolvía en un velo perfumado. Si el avión hubiese caído en picada al mar, el coronel no lo habría notado.
Los “viajeros frecuentes” saben del microclima que se genera en los vuelos intercontinentales. Hay romances que comienzan en la tenue luz de la cabina y florecen sobre el océano, para terminar con el contacto del avión sobre la pista, y quedar como un dulce y secreto recuerdo.
Olivares no podía creer que podía sentirse así solo a horas de haber sufrido un atentado.
Morena había vuelto y se había instalado a dormir, ahora con la camisa abotonada.
Giselle se quitó el saco. La ausencia de corpiño y el hecho de que su camisa fuese fina y casi transparente no contribuían a la tranquilidad del coronel.
La rubia siguió la trayectoria de su mirada. “¿Tenés un problema, verdad?”, dijo sonriendo, “primero Morena y ahora yo. Decime, ¿tu madre te quitó el pecho demasiado pronto?”.
“¿Sos siempre tan bruja, o sólo en los aviones?”.
Giselle lo miró con expresión fingidamente dolida, dudó un instante, se mojó los labios y se acercó, apoyando sus labios en los de Olivares. Los rotó en un beso suave, sacando apenas la punta de su lengua.
Cuando finalmente se separó, Olivares estaba sin aliento.
“Esto, para que nunca más me digas bruja”. Dijo ella.
El coronel recordaría ese beso, aún mucho tiempo después de la tragedia.
En las horas que siguieron, en la penumbra de la cabina, Giselle y Olivares intercalaron besos y charla. Ella le contó del trabajo presentado en Lyon. Él mintió, inventando una supuesta misión a Francia para compra de armamento. Algo tenían en común. Eran libres y sin hijos. “¡Esto va muy bien!”, pensó Olivares.
A medida que el avión se adentraba en el Atlántico, los besos y caricias superaban a la charla. La risa también.
“Sos divertido para ser un soldado. Y sos capaz de hacerme reír. Antes de bajar voy a tener que regalarte algo para que te acuerdes de mí.”, le dijo Giselle, pensativa.
A su edad, Olivares estaba lejos de ser un principiante, pero se sentía como un adolescente en una fiesta de quince años. El tiempo volaba y se dio cuenta que hacía horas que hablaban y se besaban sin parar.
Olivares giró a Giselle en su asiento hasta que quedó de espaldas a él, y la recostó sobre sus rodillas. Ella enlazó sus brazos en su cintura. Olivares acarició su vientre. En medio de un largo beso subió su mano hasta cubrir sus senos. Disfrutó la suavidad de la seda sobre las formas redondeadas. “Pechos de seda”, pensó. Bajo la fina tela sintió sus pezones endurecerse. La respiración de la joven mujer se hizo entrecortada. Giselle había cerrado los ojos y lo dejaba hacer. Olivares se animó a desprenderle un botón de la camisa. Sin protestas. Todo bien, hasta ahora.
Sin dejar de besarla, logró desprender el segundo botón. Introdujo su mano por dentro de la camisa. Tentado pero aún controlado, llevó su mano al espacio entre sus senos y sintió la piel temblar bajo las yemas de sus dedos. El pecho de la mujer subía y bajaba con una apenas perceptible agitación.
Tentativamente, su mano rodeó uno de sus pechos y sus dedos rozaron el pezón erguido. Giselle contuvo la respiración y luego la liberó en un largo suspiro. Su mano tomó la de Olivares y la retuvo, inmovilizándola. Entreabrió los ojos, e imploró, “Por favor…., espera, por favor…, no me apures…”.
Su respiración era ahora agitada. Olivares retiró lentamente la mano y la abrazó, reteniéndola contra su pecho.
Sintió la mano de Giselle apoyarse en su brazo e instintivamente contrajo sus bíceps. Ella apretó sus músculos apenas un instante y luego lo soltó, como si ya hubiese obtenido información importante.
Durante un largo rato la meció suavemente hasta que la sintió relajarse. Giselle se acurrucó y se aflojó en sus brazos. Dormitaba, como una chica inocente e indefensa.
“Las mujeres”, pensó Olivares, “no tienen idea de cómo nos hacen sentir cuando se muestran indefensas, y hasta qué punto su debilidad nos esclaviza”.
Eran demasiadas sensaciones juntas y él también necesitaba una pausa. Recostó su cabeza en el asiento y se dejó deslizar hacia un merecido sueño.
La cabina estaba casi a oscuras. Había pasado horas casi sin moverse.
A riesgo de romper el hechizo, se inclinó sobre Giselle y le murmuró al oído.
“Disculpame un minuto. Ya vuelvo. No te bajes”.
Giselle sonrió sin abrir los ojos.
Con las piernas acalambradas, el coronel se paró con dificultad. Su excitación era evidente. Giselle abrió los ojos y lo advirtió. Lo miró con expresión divertida, le sonrió y le indicó la parte de atrás del avión.
Olivares se dirigió hacia atrás bamboleándose mientras sus piernas recuperaban la circulación. La película había terminado y la cabina estaba en silencio. Los pasajeros dormían y solo había un par de luces de lectura encendidas. Ya en el baño aprovechó para refrescarse el rostro cansado y respirar más tranquilo. Se humedeció los ojos enrojecidos. En pocos minutos, se sentía más descansado y listo para volver a su asiento y retomar el diálogo, o las caricias.
Abrió la puerta y se encontró con la espalda de Giselle que esperaba frente al otro baño.
Al verlo, ella giró y lo enfrentó.
Señaló el baño. “¿Desocupado?”.
“Te lo dejo”, dijo él, intentando pasar por la estrecha puerta.
Por un instante, sus ojos se encontraron y mantuvieron sus miradas un segundo más de lo prudente. Giselle sonrió, pero no se apartó.
Olivares sintió la palma de Giselle posarse en su pecho y para su sorpresa, se sintió empujado suave pero firmemente otra vez dentro del cubículo.
Giselle entró y trabó la puerta a sus espaldas.
“Pero…”, sólo atinó a decir él, antes que ella lo besara con pasión. Olivares la abrazó y acarició sus muslos. Lo sorprendió la dureza de los músculos de la arquitecta. “¿Deportista, nadadora?”, se preguntó interiormente.
La besó, y volvió a besarla. Los labios de Giselle lo mareaban.
Subió sus manos por dentro de su falda. La acarició y se sorprendió de su humedad.
Giselle dejó escapar un gemido. ”No quiero esperar”, dijo ella, casi sin aliento, desprendiendo rápidamente botones y bajando un cierre.
Como en un acto de magia, la camisa y la falda desaparecieron y Giselle se irguió ante los ojos incrédulos del coronel, completamente desnuda.
Sus pechos eran un tanto llenos para su delgada figura y tenían una curvatura como diseñada en un tablero de dibujo.
Olivares recordó las palabras de una antigua novia, “Rubias, delgadas y de grandes pechos. Son una pesadilla”.
Pero Olivares no era contorsionista y el cubículo no estaba diseñado para la función que su excitación le reclamaba.
Giselle sonrió con picardía, se dio vuelta, apoyó sus manos en el lavatorio y apretó sus duras nalgas contra Olivares. Las manos del coronel subieron de su cintura hasta cubrir sus pechos. Luego de horas de excitación contenida, el sexo fue breve, apasionado y salvaje. Olivares no recordaba haber tenido una sensación tan intensa, ni tampoco haber escuchado gemidos tan profundos, desde el principio hasta su descarga final.
Sin aliento, con las bocas secas, y súbitamente conscientes del lugar donde estaban se vistieron rápidamente.
Giselle salió primero, casi chocando con una azafata que miró asombrada sus cabellos en desorden. Cuando un pasajero maduro sentado en la última fila les hizo un silencioso gesto de aplauso, el coronel sintió su rostro enrojecer, pero Giselle solo se sonrió, casi con orgullo.
En el pasillo, Olivares cruzó su mirada con un hombre. Lo reconoció, a pesar del bigote falso. Mr. Stamp.
Stamp vio pasar a Giselle, miró nuevamente a Olivares y se encogió levemente de hombros. Todo bien. Solo le hacía saber que mientras Olivares se divertía, él había estado vigilando.
Ya en sus asientos, Olivares murmuró, “Juro que es la primera vez que hago algo así. ¿Hemos entrado en el M.H.C., verdad?”.
Giselle lo miró inquisitiva.
Olivares explicó, “El Mile High Club es el club de los que tienen sexo en un avión, a más de una milla de altura. Nosotros estamos a diez mil metros”.
“Sé lo que es el Mile High Club”, rió Giselle.
Le sonrió, “Te dije que iba a regalarte algo antes de bajar. ¿Qué pensaste que podía regalarte dentro de un avión? ¿Algo del Free Shop?”
El coronel meneó la cabeza. La desinhibida sexualidad de la joven arquitecta lo sorprendía y lo excitaba.
Las primeras luces del día se filtraban por las pocas ventanillas abiertas. Abajo, aún reinaba la oscuridad. Se acercaban a su destino. El sueño terminaba.
Descansaron en silencio hasta que se encendieron las luces.
“Ladies and gentlemen, please, fasten your seatbelts”.
El avión descendía hacia Ezeiza.
Por primera vez no hablaban. El tiempo se les escapaba.
Giselle lo miraba con una expresión algo triste en sus ojos.
“¿Voy a volver a verte? ¿Alguna vez?”, le preguntó.
Olivares se tomó unos segundos para pensar y responder. Pensó en su vida, su carrera, sus fracasos sentimentales y el peligro de su misión.
“Justo ahora”, se lamentó íntimamente, ”de todos los días de mi vida, justo ahora”.
Y de golpe se dio cuenta que no tenía mucho que pensar.
Miró el rostro dulce y preocupado de Giselle.
“Voy a contarte algo”, le dijo, “Por favor, dejame hablar”.
Prosiguió. “Cuando era chico me gustaba leer los clásicos. Homero, “La Ilíada” y “La Odisea”. Quería imaginarme a Helena de Troya. Me preguntaba como una mujer podía ser tan increíblemente bonita como para provocar una guerra que durara diez años. Ahora, no voy a necesitar hacerme esa pregunta nunca más. Ya sé la respuesta”.
Giselle lo miraba con los ojos húmedos.
El avión tocó tierra en Ezeiza.
Con el golpe, las lágrimas de Giselle se deslizaron por sus mejillas.
El vuelo AF418 de Air France carreteó por la pista, aún a gran velocidad.
Olivares escuchó el rugido que indicaba la inversión del flujo de las turbinas. Estaban actuando los frenos del avión.
A diferencia del Boeing 777, el coronel Gustavo Adolfo Olivares y la arquitecta Giselle Milou habían tocado tierra sin frenos.