CAPÍTULO 4

GRAND PRIX

MÓNACO, MAYO

 

El equipo de tres hombres entró en posición sobre el distrito residencial y comercial de La Condamine. Un observador, un tirador especial, y un hombre de apoyo. Haciendo caso omiso del ruido de los motores de las máquinas de Fórmula 1, se instalaron y esperaron el final de la reunión y la salida de su blanco.

Con su experiencia como tirador especial en las Fuerzas Especiales en Afganistán, Jack Oster era caro, y el mejor de su especialidad. Solo tenía que esperar.

 

“¿Y bien, coronel, que dicen sus amigos?”.

El ruido de los motores de los monocascos hacía difícil la conversación.

El coronel Gustavo Adolfo Olivares amaba la Fórmula 1, pero odiaba lo que el Grand Prix le hacía al bellísimo Principado.

Había recorrido el circuito por la mañana. Las franjas rojas y blancas pintadas en las calles, y la publicidad de cigarrillos afeando toda la ciudad. Los azules de Gauloises Blondes competían con los rojos de Marlboro.

Hasta las calles modificaban su trazado. La Nouvelle Chicane aparecía a la salida del túnel, para obligar a los pilotos, que llegaban a 280 kilómetros por hora, a disminuir la velocidad y evitar que alguno terminara clavado en uno de los yachts que se mecían en el puerto, o peor, tal vez, que jugara al bowling con los espectadores en la Curva de Tabac.

Olivares no podía evitar imaginar lo que sucedía allá abajo. La terraza de la villa tenía una vista panorámica de todo el Principado, desde La Rocher hasta Montecarlo y aunque solo se veían algunos tramos del circuito, el coronel podía visualizar las escenas faltantes a través de los sonidos. El esfuerzo de los motores pasando de sexta a segunda, en la subida hacia el Casino, con sus palmeras, sus torres y sus techos verde pálido. Diseñado por Charles Garnier, el arquitecto de la Ópera de Paris, y construido en 1863, el Casino es el símbolo de Montecarlo.

La bajada hacia el Hotel Loews, para tomar la curva en primera a menos de 50 kilómetros por hora, y el súbito cambio a la frecuencia de los agudos pasando la curva de Portier, dejando el mar a la izquierda y entrando al túnel en un aullido lacerante.

  

                

 “Podemos dejarlo para otro día, si hoy está muy ocupado, coronel”, Lucibello lo miraba con expresión divertida. Un amplio sombrero protegía su rostro del sol de mayo, y también del ojo indiscreto de los satélites. Comía con parsimonia y evidente deleite un coctel de camarones.

“Lo siento, es la diferencia horaria”, Olivares se disculpó por su distracción.

“Coronel, en mi experiencia personal, el jet-lag se sufre viajando de este a oeste, no al revés, aunque las revistas médicas le dirán exactamente lo contrario. En realidad depende de cada organismo. A los fines prácticos, usted solo se ha levantado temprano. ”.

Olivares estaba molesto e incómodo. Era un coronel de paracaidistas, un hombre de acción, y el ajedrez intelectual lo cansaba. Además, rara vez terminaba un vuelo. Tenía muchos más despegues que aterrizajes.

“Señor Lucibello, ¿Por qué nos reunimos acá? Podríamos estar en un lugar más tranquilo”.

“Soy sólo Lucibello, sin ningún título", aclaró, “me gusta Mónaco, y en ningún momento del año hay tanta afluencia de visitantes como durante el Grand Prix. El control es casi imposible. Soy sólo una cara extraña más, aquí, hoy”.

Olivares observó a su interlocutor, Lucibello.

“Pronúncielo Lu-chi-be-lo”, le habían advertido, “aunque no es italiano.”

Delgado y de la misma altura que Olivares, canoso, ojos azul verdosos, entre 50 y 60 años, de rasgos finos, casi cincelados. Un rostro agraciado, con una expresión inusualmente fría.

Lucibello hablaba perfecto castellano, con acento del Río de la Plata.

 

“Estamos de acuerdo con sus términos, incluyendo la cifra. Cuatro pagos de 35 millones de dólares cada uno. El primer depósito ya fue hecho de acuerdo a sus instrucciones”.

“Bien, ya fui informado de eso. Pero hay cosas que quiero dejar en claro”, dijo Lucibello. “A partir de este momento, sólo tendré contacto con usted y con nadie más. Recibirá instrucciones muy detalladas para los depósitos y para los futuros encuentros. Si no las cumple al pie de la letra o si alguien más intenta contactarme, el trato queda anulado y los pagos efectuados no serán devueltos. ¿Está claro?”.

Lucibello enfatizaba sus palabras con precisos movimientos de manos.

Olivares asintió.

 “Está muy claro. Estamos de acuerdo”.

“¿Tiene alguna pregunta respecto del tema?”.

“¿Qué grado de dificultad considera que tiene la operación?”.

“Contrariamente a lo que podría suponerse, la operación es bastante fácil. El suyo es un gobierno débil y en realidad no tengo muy claro por qué no esperan que se caiga solo”.

“No nos parece débil, Lucibello. Manejan el dinero del país a su antojo. Controlan los medios de prensa mediante sobornos o extorsión. Eso impide que se pueda sacar a la luz su monumental nivel de corrupción. Pagan las encuestas para parecer populares.  Tienen al pueblo adormecido por medio de una información controlada, con lo cual es posible que ganen las próximas elecciones. ¿Qué más necesitan?”.

“¿Coronel, desde cuando el pueblo decide nada?”.

“Bueno, es la base del poder”.

La carcajada de Lucibello sorprendió a Olivares. No imaginaba que su interlocutor fuese capaz de reír.

“Justo usted, un militar, dice semejante herejía. ¿No leyó a Mao, coronel? El poder político proviene del cañón del fusil. Ustedes tienen los cañones. Ustedes tienen todo el poder real. ¿Por qué sus amigos empresarios necesitan que alguien de afuera haga lo que pueden hacer ustedes?”.

“Usted está hablando de un golpe, y la época de los golpes es parte del pasado. Contrariamente a lo que pueda alguien pensar, los militares creemos en la democracia. Si funciona o no, ya no es problema nuestro. Ahora es un problema de la sociedad. Por eso mis amigos, como usted los llama, saben que no pueden tentar a las Fuerzas Armadas para que den un golpe. No esta vez. Basta. Porque después terminamos siendo los culpables de todo”.

“Entonces a usted lo eligen no por su profesión, sino por otras cualidades, ¿no es así?”.

“Así es, supongo”.

“¿Como su honestidad?”, preguntó Lucibello, mirando a Olivares como si fuera un raro objeto de curiosidad.

“Muy posiblemente”, contestó Olivares, con sinceridad.

“Ah. Y dígame, coronel. ¿A nadie se le ocurre que usted puede no pagarme y simplemente quedarse con el dinero?".

Olivares frunció el ceño. “Desde luego que no. Me eligieron porque yo no soy un mercenario”, dijo, enfatizando el “yo”.

Lucibello parecía divertirse.

“No me ofende, coronel. Soy un cerebro a sueldo. Y por si aún lo duda, el más rápido de Occidente. La inteligencia tiene el filo de la espada, y es igual de mortal, o más. Además, son ustedes quienes están haciendo un negocio único. Sus amigos, los dueños del poder económico, están comprando un país. Aunque sea el propio. Por ciento cuarenta millones de dólares es un regalo”.

“Esto no lo empezamos nosotros, Lucibello. Alguien ya se apoderó de nuestro país. Nosotros sólo queremos recuperarlo”.

“Lo que quiere decir es que tienen un gobierno populista que los molesta porque ahoga la economía bajo el peso de sus impuestos. Están cansados de las bobadas, necedades y bravuconerías de un presidente adolescente y mediocre que está llevando a su país a la quiebra. Necesitan descubrir su corrupción para impedirle ganar las próximas elecciones y poder cambiar la política económica por otra más afín a su propia visión del país y del mundo. Esto no pueden hacerlo dentro del país porque la prensa está atada. Tienen que hacerlo desde el exterior. Pero al mismo tiempo, por si el siguiente gobierno fracasa, quieren evitar quedar comprometidos. ¿Voy bien?”, preguntó.

“Palabra más, palabra menos, es eso”.

 “Bien. Pues para eso contratan un especialista que le saque la careta a un gobierno corrupto y destruya su imagen. Y también a usted para que haga la conexión sin tener que comprometerse personalmente. Yo no conozco a sus empleadores, aunque sé quiénes son, y ellos nunca me han visto. Solo saben de mi trabajo. Pero usted es algo más de lo que muestra. Por algo lo eligieron para una tarea tan delicada, que además puede volverse peligrosa”.

Miró fijamente a Olivares. "Dígame, coronel, ¿por qué aceptó este trabajo? Si no le interesa el dinero, ¿entonces qué?".

Olivares pensó un momento la respuesta a una pregunta que él mismo aún se hacía.

“Estoy cansado de las agresiones de este dictador que se dice democrático y que coquetea con regímenes totalitarios. Este es mi grano de arena para que se vaya”.

Lucibello sonrió. "Es lo que me imaginé y lo que dicen todos los informes."

Continuó. “Y ya que estamos en tema, quiero ponerlo al tanto de algo. Usted es mi conexión con el dinero. Si a usted le sucede algo, no hay operación. Va a necesitar guardaespaldas. Lo verá al salir de aquí. Puede llamarle Mr. Stamp, ya que no se despegará de usted. Aunque usted no siempre lo verá, él estará cerca. Él coordinará su seguridad con hombres de confianza que rotarán en el puesto. Por favor, no se dirija a él salvo en una emergencia, para no descubrirlo.

Cuando salga de acá, espere que él salga primero en su vehículo, y salga recién diez minutos después.  ¿De acuerdo?”.

 “De acuerdo. Lo haré. No hay problema”.

“Sé lo que está pensando. Usted combatió y sobrevivió. Pero esto no es como el combate que usted conoce. Esto no es guerra convencional, por eso hay algo que debe comprender ya, para poder entender todo lo que va a pasar. La estrategia es destruir la mente del enemigo. Todo lo demás es táctica”.

Muchas cosas habrían de suceder antes de que Olivares comprendiera la profundidad de esas palabras. Y entonces, ya sería tarde.

 

Olivares se despidió.

“Hasta pronto y muy buena suerte, coronel. Créame que va a necesitarla”.

Algo en el tono de Lucibello alertó a Olivares. ¿Había algo que él no sabía?

 

Al pie de la escalera se cruzó con un hombre. Alrededor de cuarenta años, cabello corto entrecano, hombros anchos y mirada alerta. Mr. Stamp.

Stamp se subió a un Alfa Romeo y salió de la villa.

Olivares esperó los diez minutos indicados y siguió el mismo camino.

El coronel condujo su vehículo alquilado por las desiertas calles de La Condamine. Toda la población se encontraba, con amigos o parientes, en alguna parte del circuito.

Se sobresaltó cuando el policía uniformado salió de una calle lateral y colocó una valla en su camino indicándole que debía desviarse.

 

“Blanco aproximándose”, avisó el observador a Oster, desde su puesto elevado, a cuarenta metros de distancia, mirando por sus binoculares.

Jack Oster cargó su fusil M24, y controló el anclaje del alza óptica. La Leupold Ultra era su modelo preferido, aunque para esa distancia cualquier otra hubiese servido. Lo mismo podía decirse del fusil. El SWS (Sniper Weapons System) tenía un alcance de 800 metros con la munición calibre .308 Winchester Magnum, que sería disparada hacia el blanco con una velocidad inicial de mil metros por segundo, en una trayectoria casi recta.

Apuntó al centro de la callejuela por donde el vehículo de Olivares sería desviado por el falso policía.

El auto apareció en la intersección y dobló, entrando lentamente al estrecho pasaje.

El uniformado siguió al vehículo, cerrando su camino de escape.

Oster apuntaba apenas por encima del volante. Menos de doscientos metros ya. Imposible fallar.

Tomó aire, lo exhaló, volvió a tomar aire y contuvo la respiración.

Cerró suavemente su dedo índice sobre la cola del disparador, milímetro a milímetro, para que el disparo lo sorprendiese.

El sonido que lo sorprendió no provino de su arma. A cuarenta metros escuchó el disparo de una Browning .380, seguido de otro, y luego del grito del observador.

En una fracción de segundo, Jack Oster tomó la decisión y actuó. Su índice recorrió el corto camino que le quedaba, sonó el disparo y su hombro recibió el impacto acolchado del retroceso del fusil.

Instantáneamente supo que el disparo había sido apurado, no perfecto.

El proyectil penetró por el parabrisas, pasó a cuatro centímetros de la cabeza de Olivares, y se estrelló contra el asiento trasero, perforando un gran agujero.

Los reflejos de combatiente del coronel tomaron el control. Sin darse cuenta, abrió la puerta y se arrojó del vehículo en movimiento, rodando por el pavimento.

Necesitaba un arma. Cómo extrañaba su fusil.

Pero ya no había enemigos.

“Abort! Abort!”, gritaba el falso policía en su handie-talkie, mientras arrojaba la gorra y en su paso rápido se deshacía del uniforme.

Jack Oster ya había abandonado la posición y se retiraba de la escena siguiendo la ruta de escape prefijada.

No había sido su mejor día. Pero habría otros. En su profesión, esto era lo único que contaba.

 

Media hora después, Olivares proseguía su camino. Stamp le había dado su auto y lo había sacado de la escena antes de que llegara la policía. Ahora lo seguía en un BMW.

El coronel retomó su camino de 37 kilómetros al aeropuerto internacional de Nice, Côte d'Azur (NCE). Pero en lugar de tomar la autopista, decidió manejar por el serpenteante camino de la costa, mucho más lento pero de una belleza panorámica sin igual. No era el camino que tomaría alguien que acababa de sufrir un atentado. "Estoy empezando a pensar como un espía", se le ocurrió.

La tensión aún no lo abandonaba.

No era la primera vez que le disparaban, pero era la primera vez que dudaba del motivo.

A pocos kilómetros, Olivares detuvo el Alfa Romeo en un mirador. Necesitaba pensar.

¿Quién podía estar detrás del atentado?

¿Era posible que sus flamantes adversarios políticos ya estuvieran al tanto de su misión?

El coronel había imaginado que podían existir presiones y hasta alguna amenaza, pero le sorprendía que lo considerasen un elemento tan peligroso como para llevar la potencial confrontación al último nivel de manera tan rápida.

Olivares comprendió que su vida había cambiado.

Alguien, posiblemente su gobierno o al menos parte de él, lo consideraba un blanco rentable.

Si en un principio el coronel había tenido dudas respecto de los límites éticos de su misión, el atentado las había aclarado de golpe, convirtiéndola en una simple cuestión de supervivencia.

Instintivamente desconfiaba de los métodos de Lucibello, pero su éxito aumentaba sus posibilidades de sobrevivir.

Había algo más. La nueva situación afectaría una incipiente e incierta relación.

¿Cumpliría Giselle con la cita?

“La naturaleza humana es extraña”, pensó, “acaban de dispararme y estoy pensando en una chica. Igual que un soldado en guerra”.

El coronel arrancó el Alfa Romeo y retomó su camino al aeropuerto.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "05 Mile High"