CAPÍTULO 3

MARSELLAISE

BUENOS AIRES, ABRIL


El frente del edificio de la embajada de Francia se hallaba iluminado.

La ocasión era la despedida del primer secretario de la embajada que volvía a un puesto en Paris.

El coronel Olivares miró a su alrededor. Se sentía incómodo. Por primera vez concurría a una fiesta de este tipo sin su uniforme. A juzgar por las indisimuladas miradas de algunas damas, el traje azul oscuro no le quedaba mal, pero no era lo mismo.

Conocía a pocos de los invitados, la mayoría agregados militares de otros países que habían visitado la Brigada.

Se acercó a quien lo había invitado a la reunión, el agregado militar francés, el único con quien tenía amistad y además, una afinidad profesional. El coronel Paul Delemazure lucía en su uniforme la insignia con el paracaídas y las alas. Dos meses atrás Olivares había sido su anfitrión en Córdoba, durante un ejercicio de lanzamiento en el campo de la guarnición.

Más tarde, en Buenos Aires, su esposa Claudine, una pelirroja de cabello corto y ojos vivaces y llenos de picardía, había intentado sin éxito conectar al solitario coronel con alguna de sus amigas.

Los acordes de la Marsellaise cortaron la charla.

Olivares, parado al lado del matrimonio francés recorrió con su vista el amplio salón.

 

La morocha era impactante. De físico lleno, pesados rulos que caían sobre sus hombros, y pronunciado escote, estaba parada junto a una rubia de ojos claros y rostro dulce.

“¡Marchons, marchons…!”, el himno nacional francés ya terminaba y el coronel sintió la mirada de Claudine posada en él.

Con el acorde final, la francesa le preguntó, “y bien, ¿cual de las dos, Gustave?”.

“No se le escapa nada, Madame”, dijo sonriendo Olivares.

“No en estas cosas. Je suis française”, contestó Claudine, devolviendo la sonrisa.

“¿Quienes son?, tambien francesas?”, preguntó el coronel.

“No”, contestó Delemazure, “la morocha es argentina y la rubia, uruguaya. Deben ser consultoras o arquitectas. Creo que tienen un contrato para un proyecto de escuelas en Lyon o algo así”.

“¿Casadas?”.

“No sé”, dijo el francés, “¿qué importancia tiene?”.

 

La recepción siguió con música suave y baile.

Olivares charlaba con Claudine, mientras observaban a las parejas moverse en el amplio salón.

La morocha bailaba con un diplomático noruego y Delemazure bailaba con la rubia.

Claudine tomó a Olivares del brazo.

“Gustave, vé a rescatar a mi esposo de los brazos de esa rubia antes de que le clave una brochette”.

“Avec plaisir, Madame”, rió Olivares.

Al coronel le fascinaba el cabello rubio, pero lamentaba que fuese tan difícil encontrar un rostro que armonizara con él. En general, pensaba, las rubias no eran tan bonitas como su cabello prometía.

La rubia giró hacia él y Olivares se encontró frente a unos ojos de un profundo color verde azulado. El corazón del coronel se salteó un latido. De entre todas las rubias, esa era la excepción.

El francés se retiró y volvió con su esposa.

 

“¿Diplomático?”, preguntó la rubia.

“Coronel. Coronel Olivares”, respondió. “Qué bonita es”, pensó, deteniendo la mirada en su rostro. “Y qué tonto soy, sueno como Bond, James Bond”.

“Ah, coronel coronel Olivares”, dijo ella, sonriendo y extendiendo la mano. “Giselle Milou”.

Olivares salió del trance y estrechó su mano. El apretón de la mujer fue breve y firme.

“¿Milou?”, preguntó el coronel para asegurarse de tener la información correcta.

“Sí. Como el perro de Tintin”.

 

Agradable como era bailar con Giselle, el coronel sabía que no era la situación más cómoda para una charla.

Decidió resignar el agradable contacto físico en favor de la obtención de información que le permitiera continuar la relación. Se retiraron de la pista y Olivares fue a buscar dos copas. Si había un lugar en el país donde el champagne debía ser bueno, ese lugar era aquí, pensó.

Giselle tenía la risa facil y musical, y una conversación aguda e inteligente.

Tal como había aventurado el francés, ambas mujeres eran arquitectas y socias de su propio estudio. Verónica, a quien todo el mundo llamaba Morena, era argentina, de San Isidro, y divorciada. Giselle era uruguaya, soltera, de Colonia del Sacramento.

Tenían dos pequeñas oficinas en ambas márgenes del Río de la Plata, y solían viajar al exterior para la ejecución de proyectos internacionales. “Nada muy importante”, aclaro Giselle, “pero nos permite combinar el trabajo con los viajes”.

Al final de la velada, Olivares ya sabía que quería volver a  verla y estaba casi seguro que su sentimiento era compartido.

La invitación para cenar el siguiente fin de semana fue algo natural, pero, para sorpresa y desazón del coronel, Giselle lamentó no poder aceptar.

Antes de poder insistir, el coronel vió acercarse a Morena.

La charla se diluyó en un sinnúmero de inocuas amabilidades, hasta que Morena mencionó el viaje a Lyon. Ambas arquitectas partirían al día siguiente y permanecerían veinte días en Francia trabajando en su proyecto.

 

Ya en la calle, Morena se despidió y caminó rumbo a su auto.

Olivares y Giselle intercambiaron tarjetas. ¿Volverían a verse?. Tal vez. Aunque no pronto.

Se despidieron y el coronel besó a Giselle en la mejilla.

Giselle lo miró a los ojos, sonrió, rozó sus labios en un beso y, antes de que Olivares reaccionara salió con paso rápido detrás de Morena.

“Llamame”, le gritó desde el auto en marcha.

El coronel iba a tener que esperar hasta la vuelta.

 

CAPÍTULO 4 : "Grand Prix"