CAPÍTULO 2
AUDAZ Y ALTIVO
CÓRDOBA, ABRIL
“¡Un minuto!”.
El jefe de lanzamiento vociferó por sobre el ruido de las turbinas del C-130 Hércules y levantó el dedo índice indicando el tiempo que faltaba para el salto.
El coronel Gustavo Adolfo Olivares movió la correa que conectaba su paracaídas con el cable de acero para comprobar que corriese sin trabas.
El jefe de lanzamiento le hizo una muda pregunta abriendo y cerrando el pulgar y el índice, “¿Puerta larga o puerta corta?”.
Olivares adoraba la sensación del viento en la cara, en la puerta del avión. Abrió su índice y pulgar en forma exagerada. “Puerta larga”.
El jefe de lanzamiento sonrió, lo miró directo a los ojos y gritó, “¡A la puerta!”.
Olivares avanzó su pie derecho, lanzó la correa hacia delante, giró a la derecha y a trescientos metros de altura y doscientos veinte kilómetros por hora, se aferró de los bordes de la puerta y quedó mirando al vacío. La convexidad del fuselaje del Hércules hacía que el primer paracaidista quedara casi fuera del avión.
El viento enfrió sus manos y deformó su rostro.
Faltaban segundos.
Giró apenas la cabeza mirando de reojo las luces.
Luz roja encendida.
Olivares hacía trampa. Debía mirar al frente y esperar la palmada, pero siempre se tentaba y miraba las luces. Era lo único en lo que Olivares hacía trampa en su vida.
Con las rodillas flexionadas y el cuerpo tenso, el coronel esperó la señal.
Luz roja todavía encendida.
El jefe de lanzamiento le había regalado una puerta larga. Larguísima. Una ocasión especial.
Respiró profundamente el aire frío y disfrutó la sensación de altura y velocidad. Abajo, el terreno pasaba ante sus ojos como en cámara rápida.
De golpe, la luz roja se apagó.
Una fracción de segundo después:
Luz verde.
Inmediatamente la palmada y el grito, “¡Salte!”.
Se impulsó hacia delante con brazos y piernas, pegó el mentón contra su pecho y tomó con sus manos el paracaídas de pecho. El viento lo golpeó con fuerza llevándolo hacia atrás y abajo.
A diferencia de los “Fallschirmjagers” alemanes de la Segunda Guerra que saltaban de cabeza, los paracaidistas de la escuela norteamericana saltaban casi parados, con el cuerpo apenas flexionado.
“¡Treinta y uno!”. Contó Olivares.
El paracaídas ya estaba fuera de su bolsa, la que se alejaba pegada al costado del avión.
“¡Treinta y dos!”.
La tela comenzó a desplegarse.
“¡Treinta y tres!”.
Olivares sintió por centésima vez en su vida el tirón del arnés en la ingle, sus piernas se elevaron hacia un costado quedando casi horizontales, pero enseguida su cuerpo se estabilizó en un suave balanceo.
“¡Control de velamen!”.
Miró hacia arriba. La fina y resistente tela verde oliva tapaba casi todo el cielo. El MC-1 tenía todos sus gajos sanos. Al costado, el cielo parecía cubierto de hongos que caían lentamente hacia la pista de lanzamiento de la Guarnición Córdoba.

Un dejo de tristeza lo invadió.
El coronel de paracaidistas Gustavo Adolfo Olivares caía suavemente en un salto perfecto. El último de su carrera.
Su retiro se haría efectivo en pocos días. Íntimamente, Olivares sentía miedo de caer en una vida de cómoda rutina y aplastante aburrimiento.
Tan distinta de todo lo vivido hasta ese momento.
El tiempo había sido benévolo con el alto y delgado coronel. Las plateadas canas que mechaban su cabello oscuro eran las únicas señales de su paso.
En medio de aplausos, el coronel Olivares descendía suavemente hacia su retiro.
Abajo, la banda ejecutaba la Marcha del Paracaidista.
“Guardián alado de nuestras fronteras. Escuda la Patria tu garra de león”, decía la letra.
Al costado de la zona de lanzamiento, divisó la familiar estructura de la Mezquita, un pequeño edificio coronado con un gran paracaídas.
Foto
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Accionó las muletillas que controlaban la dirección del paracaídas.
Caería cerca, pero por suerte no encima del edificio.
“Audaz y altivo…”, la canción parecía inspirada en el coronel Olivares, “... te impulsa el Pampero”.
Vio un gran número de uniformes verde oliva y boinas rojas, distintivas de los paracaidistas.
Había muchos vehículos militares y civiles. Gran cantidad de público civil presenciaba el lanzamiento.
Un vehículo desentonaba notoriamente del resto. Un enorme Mercedes gris metalizado. “¿Qué hacía allí?”, pensó.
Ya estaba cerca.
Olivares pegó los brazos al cuerpo y chocó los talones un par de veces preparándose para el impacto. Flexionó apenas las piernas y tensó los músculos.
Tocó tierra con violencia, giró los talones a la derecha, cayó sobre su costado, volteó las piernas sobre su cabeza y quedó inmóvil. Perfectamente sano.
“Muy bien para cualquiera de más de cuarenta”, se felicitó.
Olivares enrolló su paracaídas y lo metió en la bolsa.
Se sacudió la tierra del uniforme de combate y se dirigió a la Mezquita.
El hombre que lo interceptó a mitad de camino le era vagamente familiar.
Un ejecutivo, no un militar.
“Coronel,”, dijo, extendiendo la mano,”Soy el doctor Saldaña. ¿Tiene un minuto?”.
Olivares dudó, “Estoy cansado”, se quejó, “y quisiera tomar algo.”
“En el auto puede tomar lo que quiera”, insistió Saldaña, señalando el Mercedes.
“Un S-600?”, preguntó Olivares, asombrado.
“Exactamente. Muy bien, coronel”, aprobó el ejecutivo.
“Tengo tierra hasta en el pelo. ¿Seguro que no puede esperar?”.
“Seguro”, dijo el ejecutivo con firmeza, “En realidad ya estamos atrasados”.
Olivares aún no lo sabía, pero la vida de rutina y aburrimiento que tanto lo asustaba, nunca tendría lugar.