PRÓLOGO

 

Alguien debe contarlo. Y si nadie más lo hace, debo hacerlo yo.

 

Porque fuimos los responsables de la catástrofe.

 

Porque fuimos los culpables de la muerte de miles.

 

Porque, con las mejores intenciones, desencadenamos la tragedia.

 

Porque no lo pensamos, no lo medimos y no nos dimos cuenta hasta que fue tarde.

 

Porque nosotros lo creamos, lo alimentamos y lo albergamos en nuestros corazones hasta que se convirtió en nosotros.

 

NOSOTROS, EL TERROR.

 

ISLAS MALVINAS

MAYO 1982 

 

El teniente Gustavo Adolfo Olivares se arrastraba.

Se arrastraba con la desesperación de quien quiere vivir un segundo más.

La esquirla en el muslo dolía horriblemente, pero más le dolía la que tenía clavada en la cintura. El tiempo jugaba en su contra. Sabía que estaba perdiendo sangre y que, más temprano que tarde, perdería el conocimiento.

No esperaba ayuda. El combate de encuentro lo había sorprendido en medio de una patrulla de reconocimiento y todos sus hombres estaban muertos. El último de ellos, sobre sus propios hombros. Su radio operador había recibido una esquirla en medio del pecho. Olivares, ya herido, lo había cargado al hombro, estilo bombero, y lo había llevado durante más de una hora en busca de ayuda médica, hasta darse cuenta que el joven soldado ya no respiraba.

Lo había depositado suavemente en el suelo húmedo y, lleno de una profunda angustia, había recitado una breve plegaria.

 

 “¿Qué voy a decirles a sus padres?”, se preguntaba, “¿cómo podré mirar la carita de su novia?”.

Los cañones automáticos de 4.5 pulgadas de las fragatas martillaban el terreno con aburrida regularidad. Olivares sabía que los proyectiles HE de 21 kilogramos podían caer aún más seguido de lo que lo hacían, pero también sabía que a su máxima cadencia de fuego los cañones quedarían fuera de servicio en menos de tres horas. Los ingleses se conformaban con molestar toda la noche.

Sin embargo, no habían sido los cañones navales sino los morteros de los paracaidistas ingleses los que habían segado a su patrulla. Llevaba dos esquirlas de recuerdo.

El teniente ya no tenía fuerzas para caminar, pero su natural determinación lo impulsaba a continuar su movimiento.

Quitó el cargador de su FAL Para, y controló su munición. Menos de medio cargador.

Guardó el cargador semivacío y colocó uno lleno.

El frío del metal le trasmitió una sensación de seguridad. Estaba armado y aún tenía munición.

El fusil era todo su mundo.

Clavó los codos en la grava de Malvinas y se arrastró con dolor.

Con frío, con hambre y con sueño, herido y perdiendo sangre, el teniente Olivares sentía que ése era su lugar. Más que nunca sentía que para eso había nacido.

“Voy a sobrevivir”, pensó. “Cuando todos hayan muerto, yo aún estaré vivo.”

“Voy a vivir,”, se repitió a sí mismo,”y voy a volver a combatir”.

Y con este pensamiento, Gustavo Adolfo Olivares, teniente de paracaidistas, clavó nuevamente sus codos en el terreno frío y húmedo y avanzó un metro más hacia las líneas propias.

 

En la oscuridad, alcanzó a escuchar unas voces lejanas en castellano. Estaba todavía consciente cuando otra patrulla lo recogió y lo trasladó a un puesto de sanidad.

Recién en el avión que lo llevaba de vuelta al continente, Olivares se relajó y durmió.

Olivares era un guerrero. Y más aún, era un sobreviviente.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO: "La Hermandad"