El teniente Gustavo Adolfo Olivares se arrastraba.
Se arrastraba con la desesperación de quien quiere vivir un segundo más.
La esquirla en el muslo dolía horriblemente, pero más le dolía la que tenía clavada en la cintura. El tiempo jugaba en su contra. Sabía que estaba perdiendo sangre y que, más temprano que tarde, perdería el conocimiento.
No esperaba ayuda. El combate de encuentro lo había sorprendido en medio de una patrulla de reconocimiento y todos sus hombres estaban muertos. El último de ellos, sobre sus propios hombros. Su radio operador había recibido una esquirla en medio del pecho. Olivares, ya herido, lo había cargado al hombro, estilo bombero, y lo había llevado durante más de una hora en busca de ayuda médica, hasta darse cuenta que el joven soldado ya no respiraba.
Lo había depositado suavemente en el suelo húmedo y, lleno de una profunda angustia, había recitado una breve plegaria.
“¿Qué voy a decirles a sus padres?”, se preguntaba, “¿cómo podré mirar la carita de su novia?”.
Los cañones automáticos de 4.5 pulgadas de las fragatas martillaban el terreno con aburrida regularidad. Olivares sabía que los proyectiles HE de 21 kilogramos podían caer aún más seguido de lo que lo hacían, pero también sabía que a su máxima cadencia de fuego los cañones quedarían fuera de servicio en menos de tres horas. Los ingleses se conformaban con molestar toda la noche.
Sin embargo, no habían sido los cañones navales sino los morteros de los paracaidistas ingleses los que habían segado a su patrulla. Llevaba dos esquirlas de recuerdo.
El teniente ya no tenía fuerzas para caminar, pero su natural determinación lo impulsaba a continuar su movimiento.
Quitó el cargador de su FAL Para, y controló su munición. Menos de medio cargador.
Guardó el cargador semivacío y colocó uno lleno.
El frío del metal le trasmitió una sensación de seguridad. Estaba armado y aún tenía munición.
El fusil era todo su mundo.
Clavó los codos en la grava de Malvinas y se arrastró con dolor.
Con frío, con hambre y con sueño, herido y perdiendo sangre, el teniente Olivares sentía que ése era su lugar. Más que nunca sentía que para eso había nacido.
“Voy a sobrevivir”, pensó. “Cuando todos hayan muerto, yo aún estaré vivo.”
“Voy a vivir,”, se repitió a sí mismo, “y voy a volver a combatir”.
Y con este pensamiento, Gustavo Adolfo Olivares, teniente de paracaidistas, clavó nuevamente sus codos en el terreno frío y húmedo y avanzó un metro más hacia las líneas propias.
En la oscuridad, alcanzó a escuchar unas voces lejanas en castellano. Estaba todavía consciente cuando otra patrulla lo recogió y lo trasladó a un puesto de sanidad.
Recién en el avión que lo llevaba de vuelta al continente, Olivares se relajó y durmió.
Olivares era un guerrero. Y más aún, era un sobreviviente.
CAPÍTULO 1
LA HERMANDAD
VIRGINIA (USA), ABRIL
Los Hermanos reunidos alrededor de la mesa emanaban serenidad y poder, pero la
atmósfera era sombría. No había mujeres entre ellos. Tampoco latinoamericanos.
La igualdad no llegaba hasta allí.
El resplandor tenue de las pantallas de las notebooks, ubicadas frente a cada uno de los presentes, daba a la reunión un aspecto fantasmal.
Algunos de los hombres hablaban en voz baja.
El sonido de una campana, que perteneciera a un acorazado de la Primera Guerra Mundial, acalló las voces.
La Hermandad entraba en sesión.
Si bien su origen era diverso, los hombres no representaban nacionalidades sino corporaciones.
Entre ellos reinaban el honor, la lealtad, la ética y la confianza mutua. Sentían su poder como una carga, más que como un privilegio, y estaban movidos por una implacable racionalidad.
Quien presidía la reunión no lo hacía por una posición de preeminencia, sino más bien por una razón funcional. Era el director de proyecto sólo porque alguien debía coordinar. Hablaba inglés con acento californiano y se había educado en la universidad de arquitectura colonial, de paredes color crema y techos de tejas rojas, que fuera fundada por el constructor de los ferrocarriles, el senador Leland Stanford.
“¿Caballeros, están de acuerdo? ¿Desean proponer alguna modificación al proyecto?”.
El norteamericano de Kansas no tenía objeciones. A la industria de los alimentos la afectaban las sequías, no las guerras.
El francés había hecho su carrera en la industria nuclear y el proyecto le resultaba muy conveniente.
A su lado, huérfano desde los tres años, cuando las bombas cayeron sobre Dresden, el ejecutivo de la industria química estaba de acuerdo.
Tal vez el más preocupado era el hombre de ojos hundidos. Había sido una persona de carácter alegre, hasta que un hombre con la cintura llena de explosivos había subido al ómnibus que llevaba sus hijos a la escuela. Había dejado Haifa, para no volver jamás. La Hermandad era ahora su vida, y siempre se oponía al uso de métodos que se parecieran a los de aquéllos que le habían arrebatado su felicidad. De todos modos, la Hermandad no actuaba por sí misma, sino a través de operadores políticos, económicos y militares.
El hombre más feliz de la mesa era el rubicundo banquero de Zürich. Casado con una médica que le llevaba una cabeza, Herr Bachmeier ganaba siempre, sucediese lo que sucediese. A través de su banco y sus contactos internacionales dirigiría el aspecto financiero de la operación.
Un escocés representaba los intereses de los medios y un holandés, los de la industria electrónica.
El total de miembros presentes en la reunión era de catorce. Otros miembros adicionales serían convocados en caso de ser necesario.
Pensaron su respuesta y uno a uno, lentamente negaron con la cabeza. Eran hombres acostumbrados a ser escuchados, y no hablaban sin una razón.
La única objeción provino del lugar esperado. En el centro de la mesa, el de mayor edad de los presentes levantó la vista y habló.
Vestía de traje, con el típico corte de Milán y su mano lucía un anillo. A diferencia de los demás, esa no era su vestimenta habitual y su anillo era el único que no era admirado sino besado.
“No nos convence el proyecto. Desearíamos que hubiera una alternativa, pero no podemos ofrecer ninguna. Comprendemos que es inevitable y que estamos eligiendo entre males. Sólo deseamos que sean humanos.”.
“Así está previsto, Eminencia, aunque no es razonable pensar que será incruento.”
“¿Quién estará al mando del proyecto?”, preguntó un hombre de tez bronceada y aspecto cansado. Su Learjet 45 había sufrido una demora en el despegue y, si bien había logrado llegar a tiempo, dos horas de sueño con el Stetson sobre sus ojos no eran su idea de una noche plácida.
“Nuestro mejor especialista. Ya conocemos su impecable historial”, contestó el director, y agregó sonriendo por primera vez: “Todo está previsto, Bob. All lights are green, all systems are GO”.
El hombre llegado de Texas respondió con ironía, “Espero que su próxima comunicación no sea, ‘Houston, tenemos un problema’.
“Bien, caballeros, estamos de acuerdo y el proyecto se ejecuta. Su nombre a partir de ahora es Operación Nínive”.
“Muy apropiado”, aprobó Houston.
En otro hemisferio, miles de kilómetros al sur, la gente corría a su trabajo, comía apurada y hacía planes para el fin de semana, sin la menor sospecha de que el rumbo de su vida acababa de ser bruscamente alterado.
En algo estaban en lo cierto. Llegaba el otoño. En más de un sentido.
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